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18 de octubre de 2006

Unas manos blancas


A Siberia, por Las Mutaciones.
...de todo aquello no me quedaba más que la impresión
de ser como una especie de idiota,
posiblemente conmovedor, ridículo en cualquier caso.
Georges Bataille.

“Aquí veo unas manos blancas. La persona para ti está en algún lugar del planeta, no te desesperes porque, quien sea, va a llegar”. J. Equis no podía evitar sonreír ante una posible equivocación en las cartas de Superrizos. Había sido una semana de cansancio emocional pues las mujeres de la ciudad estaban en huelga contra el cortejo y eso complicaba cualquier tentativa de donjuanismo.
Fue a esa fiesta sólo por compromiso con Superrizos pero estaba harto de los bufones amantes de pasarla bien. En la sala ya se había formado una rueda de gente con ganas de bailar; en el centro del círculo y como ofreciéndose al mejor postor, bailaba Bellamusa. Sus movimientos justificaban que a J. E quis le gustara desde los diecisiete años. Quería bailar con ella para estar a su lado pero la apatía no lo dejaba. De un momento a otro, la mujer salió del círculo de danzantes, destapó una cerveza y fue a sentarse en la sala. Con la espalda hecha nudos y las manos temblando de nervios, J. Equis se sirvió una cuba y se sentó en el extremo del mismo sillón donde estaba Bellamusa. No pensaba acercarse, ella siempre tenía novio. Al verlo fue la mujer quien, con el semblante triste y el aliento aguardentoso, se acercó a él.
Durante media hora Bellamusa habló de su jodida relación con Joven Político, lamentó no tener a ese hombre varonil, protector, tierno, sensible y buena onda deseado por todas, maldijo la hora en que conoció a su casi dueño y hasta lloró por las ganas de verlo muerto. J. Equis, sin sentirse culpable, en el fondo experimentaba una ligera satisfacción; decidió arriesgarse y le confesó a Bellamusa sus sentimientos. Al escucharlo, ella suspiró y sin voltear a verlo adoptó un aire de padre condescendiente a punto de confesarle a su hijo que es adoptado. Después de recitar una larga lista con todo cuanto hacía de él un gran partido, el lisonjeado, como un hijo reclamando por qué se lo ocultaron hasta los cuarenta años, se quejó de cuando las mujeres, después de alabar su belleza interior, lo mandaban al carajo. Se levantó y algo dijo Bellamusa pero él ya no quiso escucharla. El resto de la fiesta fue insoportable.
Asqueado de los besos entre las parejas recién formadas, repasaba los nombres de las mujeres que lo habían desperdiciado. Entre pretendidas y novias de semana la lista era nutrida y variada: desde la suicida potencial hasta la ridículamente feliz pasando por la drogadicta hasta llegar con la joven catequista. Al final J. Equis llegó a la conclusión de que todas las mujeres, por más especiales, hermosas o inteligentes que sean, siempre tienen algo de la mujer promedio.
Esas manos blancas auguradas por Superrizos quizá no llegarían nunca; decidió no buscarlas. Como todo hombre que ha renunciado a una esperanza imposible de conservar, dejó de salir con mujeres. Por el hueco en su tiempo empezó a frecuentar un café hasta hacerse parroquiano. Una tarde, como todas después de la fiesta, J. Equis estaba frente a la taza de americano mentando madres y burlándose de los transeúntes cuando aparecieron Superrizos y un desconocido. Quería estar solo pero su cortesía los invitó a sentarse. El desconocido era Mejillatersa, amigo de Superrizos.
En lugar de reclamar por la fallida lectura de cartas, se prestó a platicar con ellos. El celular de Superrizos sonó, habló durante dos minutos y se disculpó por tener una emergencia; Mejillatersa decidió quedarse a terminar su capuchino. Mientras hablaban de viejos programas de televisión, J. Equis se sorprendió al ver en las manos de su nuevo conocido una blancura y exquisitez marmóreas. Como un trueno, en su cabeza resonaron las palabras de Superrizos cuando le echó las cartas pero ya no quería pensar en ello. Mientras éste intentaba purgar su memoria, algo dijo Mejillatersa que le llamó la atención; al alzar la vista, J. Equis tuvo una extraña sensación al notar que, además de las manos blancas, ese tipo tenía bonitos ojos.

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