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20 de septiembre de 2013

En México, que no mexicano

Esta semana murió Johnny Laboriel, uno de los iconos del rock and roll hecho en México durante la década de los 60, pero ¿qué tanto le debe el rock mexicano a Johnny Laboriel?, sobre todo si ponemos en la balanza que el pasado 11 de septiembre se cumplieron 42 años del Festival de Avándaro.
La generación de cantantes a la que pertenecía Laboriel representó la preconfiguración de una juventud que mientras en Estados Unidos despertaba del american dream, en México se mantenía aún muy sujeta a los valores de la clase adulta: estudiar o aprender algún oficio, llegar virgen al matrimonio (sobre todo en el caso de las mujeres) y casarse para tener los hijos que el país necesitaba. Si bien es cierto que ese despertar se gestó de aquel lado del Río Bravo, en México se dio de distinta manera. Mientras en Estados Unidos aparecieron cantantes y actores como Chuck Berry, Bill Halley, Elvis Presley o James Dean, que representaban esa noción de rebeldía frente a la acartonada moral de la posguerra, en México, sus similares no fueron más que símiles para quienes adaptaban las canciones originales del inglés al español, resultando que, por ejemplo, César Costa fuera el Paul Anka nopalero.
A partir de esa década empezaría la accidentada historia del rock hecho en México. En Estados Unidos, los padres fundadores de la nación rocanrolera realmente cimbraron las estructuras morales de la sociedad, pues fueron estandarte de la rebeldía que se traducía en pandillas de delincuentes juveniles, pero también artistas que querían hacer su propia música tomando elementos de la balada irlandesa y el blues, de ahí el virtuosismo de Chuck Berry o la negra voz de Elvis Presley. En México, aunque hubo grupos de buena calidad como Los Teen Tops, Los Rebeldes del Rock, Los Locos del Ritmo o Los Hooligans, más temprano que tarde fueron cooptados por los escasos medios de comunicación como la XEW o el Telesistema Mexicano, que los pusieron al aire y los contrataron para películas bajo la consigna de todos derechitos, letras inocentes y a pasarla bien. Esto se debió a que las añoranzas cinematográficas campiranas ya estaban en decadencia, pues el sector urbano juvenil no se sentía tan atraído por revivir lo que se vivía allá en el rancho grande; querían algo con lo cual sentirse identificados, algo que sintieran propio aunque sólo fuera superficialmente.
Años después todo se volvió a gogó, había programas de televisión y películas que usaban el término para dar a entender que estaban en onda, que eran muy acá. Pero por fortuna, a la par de las grandes figuras de cine, radio y televisión como César Costa, Angélica María o Enrique Guzmán, había músicos que desde lo más underground de la época venían haciendo música más propia, y un ejemplo de ello es Javier Bátiz, quien llegó desde Tijuana parta dar un toque de virtuosismo al incipiente rock hecho en México.
Ya para 1971, con un país convulsionado por lo sucedido en Tlatelolco o el Halconazo, se organizó el festival más importante en la historia del rock en nuestro país: El Festival de Rock y Ruedas de Avándaro. Este Festival, pensado originalmente para celebrar la apertura de un fraccionamiento en Valle de Bravo, se concibió como un día de conciertos el 11 de septiembre, para culminar el 12 con una carrera. Se lanzó la convocatoria, los boletos se vendieron en 25 pesos y lo que estaba contemplado para algunos miles de espectadores se convirtió en una concentración de más de 200 mil almas que vivieron el festival en paz y armonía.
Es destacar que en Avándaro estuvo lo mejor del rock en México, bandas que venían haciendo música más original, que no propia: Los Dug Dug’s, El Epílogo, La División del Norte, Tequila, Peace & Love, El Ritual, Los Yaki, Bandido, Tinta Blanca, El Amor y Three Souls in My Mind.
Este rock ya no representaba una rebeldía a gogó ni hablaba de la colección de suéteres de “Eddie Eddie”, se trataba más bien de un movimiento más politizado -con el Che Guevara como estandarte-, más crítico hacia la sociedad y hacia el gobierno, pues el 2 de octubre de 1968 aún sangraba en estos jóvenes que buscaban ampliar el horizonte mediante otras lecturas, otra música y otra forma de ver la realidad.
Lo que Avándaro significó no ha vuelto a repetirse ni siquiera con el Festival Vive Latino, quizá porque el contexto de aquella época resulta impensable para las nuevas generaciones, acostumbradas a acceder a cuanta música nos gusta y de las maneras más sencillas, pues en la actualidad basta un clic para descargar el disco que nos interesa. Avándaro significó el grito de una generación, grito que fue sofocado durante casi 20 años por el gobierno, Televisa y las radiodifusoras, que siempre han sabido lo peligrosa que puede ser una masa juvenil.
Por lo que apenas esbocé, se infiere que el rock en México se divide en dos: antes y después de Avándaro. Pero desde sus inicios y hasta hace apenas unos lustros, no se puede hablar de rock mexicano pues no había tal, había bandas de rock, canciones de rock y ya. Por un lado, la generación a gogó de Johnny Laboriel sólo adaptó canciones ya hechas en Estados Unidos y las cantó para una pléyade de quinceañeras que necesitaban ídolos urbanos; por el otro, la generación Avándaro, aunque hizo muy buena música, no era algo propio, era rock en inglés, muy psicodélico y no tan alejado de lo que ya se hacía en San Francisco, California.
Creo que quizá fue hasta finales de los 80 y principios de los 90, con la aparición de bandas como Caifanes, La Maldita Vecindad, Café Tacuba o Botellita de Jerez, que se pudo hablar de un rock mexicano, un rock nacional, pues ante la importación mediática de bandas argentinas, españolas y chilenas en lo que Televisa dio en llamar “rock en tu idioma”, esos grupos plantearon una identidad nacional para el rock. Sí, ser bien oscuros como The Cure pero bailar “La negra Tomasa”; sí, quizá muy conceptuales pero al cantar “La ingrata” o “Me enamoré de una chica banda”, brincas porque brincas, y ni qué decir de toda la mexicanidad vertida en “El guacarock de La Malinche” o “El Charro Canroll”.
Por lo anterior, sí, es lamentable el fallecimiento de Johnny Laboriel y el rock and roll hecho en México está en deuda eterna, pero el rock mexicano como tal no pierde nada, pues es demasiado joven para deberle algo; en todo caso, pongámonos nostálgicos y cantemos una de mis favoritas, “La hiedra venenosa”.

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