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2 de agosto de 2013

Dame el poder

El otro día compré Gimme the power, documental dirigido por Olallo Rubio que aborda de manera muy rápida la historia contemporánea de México, como pretexto para llegar a la banda de rock sobre la que al final se trata: Molotov. He de admitir que como buen adolescente de los 90, compré el DVD seducido por el título, mismo de una de las más emblemáticas canciones de la banda nacida en aquella época y que para muchos de mi generación fuera bandera de identidad.
Recuerdo aquel 1997. Después de haber pasado gran parte de mi infancia y adolescencia escuchando rap en inglés, el cual retrataba una realidad completamente ajena a mi persona, de repente empezaron a salir a la luz grupos que venían a reconfigurar a una generación demasiado joven para la ola de “rock en tu idioma” auspiciada por Televisa, donde lo mismo nos daban a beber traguitos de Café Tacuba que nauseabundos borbotones de Soda Estéreo. En fin, por esos años (mediados de los 90) surgieron bandas que ya no se conformaban con emular a The Cure o The Police, sino que buscaban un sonido más agresivo, más radical y que vendría a llamarse rap core o rock funk (depende quién escriba), siendo una mezcla de rap y rock con tintes de metal (y lo digo con pinzas porque los metaleros suelen ser bastante sensibles).
Para esas fechas, ya Control Machete nos había tomado por sorpresa con “Comprendes Méndez” y “Andamos armados”, Illya Kuryaki and The Valderramas con “No way Jose” y Resorte con “La mitad más uno”, por poner algunos ejemplos para dar a entender que, después de Caifanes, sí se siguió haciendo rock. Pero de repente, escuchar voz en cuello “Que no te haga bobo Jacobo”, como una de las primeras críticas sin cortapisas a la televisora más importante de México, fue toda una revelación.
¿Dónde jugarán las niñas? es un disco que desde el título brilla por la irreverencia y el desenfado al parodiar ¿Dónde jugarán los niños? (1992), de los ecologistas, revolucionarios (¡) y siempre predecibles de Maná. En ese álbum se condensa lo que ha sido Molotov a lo largo de estos más o menos quince años: duros críticos de las instituciones mediáticas y gubernamentales, anti priistas exacerbados, detractores de toda la clase política mexicana, irreverentes, sin la más mínima autocensura y excelentes músicos.
“Gimme the power”, un grito de odio hacia la clase política, hacia las autoridades y las instituciones que muchas veces no sirven para nada, salvo para enriquecer a quienes viven de la mega ubre gubernamental de los contratos, las licitaciones y las prebendas políticas, hacia los gobernantes que viven inmersos en la corrupción y el tráfico de influencias porque a estas alturas ya no conocen otra forma de hacer las cosas.
“Que no te haga bobo Jacobo”, una denuncia a la forma de proceder de Televisa: idiotizar a la población con basura, autocensura, informar sólo lo que conviene informar y según los intereses de quien proporciona el chayote. Para nadie es nuevo lo que Televisa ha sido a lo largo de las décadas y lo que sigue siendo ahora, con su Rosa de Guadalupe, su Laura y cómo TV Azteca ha imitado a la perfección el modelo de entretenimiento tercermundista diseñado para coeficientes intelectuales de niños de cuatro o cinco años.
“Voto latino”, grito de guerra frente al racismo que han sufrido los latinoamericanos en Estados Unidos, postura que ya en Dance and dense denso, con “Frijolero”, vino a concretarse.
Pero no todo en ¿Dónde jugarán las niñas? es crítica social, pues Molotov no sólo innovó por su postura política o frente a los medios masivos de comunicación. Recuerdo lo reconfortante, liberador y catártico que era, por vez primera, escuchar una mentada de madre a todo volumen y dedicársela a la ex novia, al vecino, al maestro o a quien fuera; gritar “¡puto!” a todo pulmón y saltar mientras lo hacíamos sin que nada más importara, sólo señalar a ese puto que todos conocemos y que de ninguna manera se refiere a homosexualidad, pues como dicen los miembros de la banda en el documental, “puto” se le llama al tranza, al aprovechado “que nos quita la papa”, pero también al cobarde y agachón “que se creyó lo del informe”.
Quizá me estoy comportando como un miembro de la momiza, pero tome en cuenta, querido lector, que eran tiempos en que vivíamos más inundados que nunca de punchis punchis, más artistas de plástico que en los 70 y 80 juntos, que la sociedad comenzaba a hartarse de los malos manejos, de la opresión, de la corrupción. Hablo de la época en que, desde Chiapas, el EZLN marcaba un nuevo sendero, que todos sabíamos quién había matado a Colosio pero nadie hacía nada, que los autores de la matanza de Acteal seguían en la impunidad, que aún no salíamos de la crisis del 94 cuando ya se dejaban venir las demás, que estudiar una carrera ya no era garantía de un buen empleo, que poco a poco el calentamiento global dejaba de ser una profecía para ser una realidad, que vivíamos en pleno neoliberalismo con grandes pregoneros de la globalización, que Internet no era lo que es ahora ni tenía el poder que tiene, que las redes sociales eran algo impensable y que México comenzaba a enfilarse hacia el despeñadero en que ahora está, y lo peor, sin tocar fondo aún.
En todo lo del párrafo anterior encontró su nicho el rock post “en tu idioma”, ese que se consolidó con Molotov, Zurdok, Plastilina Mosh, Resorte, Control Machete, Cabrito Vudú, El Gran Silencio, Flor de Lingo y muchas bandas más. Un rock que no buscaba tanto una identidad folclórica en el concierto de las naciones a la manera de Café Tacuba, sino una identidad generacional ante la decadencia que se venía arrastrando desde la década de los 80, en muchos sentidos la Edad Media del siglo XX en términos ideológicos, demasiadas veces en lo estético y, sobre todo, en lo político. De ahí la marca tan profunda que nos dejó esa oleada de bandas de rock, muchas de ellas de Monterrey, Nuevo León; de ahí también la marcada influencia que sobre mi generación tuvieron el EZLN, el reencuentro con el canto latinoamericano, la revaloración de la canción de protesta como agente de cambio (Manu Chao, por ejemplo, pero también Silvio Rodríguez y Violeta Parra), el hacer menos caso de la televisión en la medida que Internet se volvía accesible, el ver cómo MTV pasó de ser un excelente canal para conocer las nuevas tendencias musicales, a un canal de aguas negras.
En fin, quizá no deba hacerme mucho caso, mi muy apreciable lector, pero el sentido de identidad generacional me invade cada vez que cumplo años y aumenta a medida que mi edad se incrementa.

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