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21 de mayo de 2008

¡Bravo por el barrio!

Antes que otra cosa suceda, debo aclarar que no soy asiduo visitante de los museos, de hecho, mis incursiones a estos lugares son como mis idas a misa: por compromiso, sin querer queriendo, o ya de plano cuando las garrapatas de la conciencia me taladran los oídos. En el caso de Tepito ¡Bravo el barrio!, de Francisco Mata Rosas, fui un poco por morbo y un mucho por mi proclividad hacia la cultura popular.
Puede que antes de entrar, uno tenga la idea de que verá la versión fotográfica de Perfume de violetas o Amores perros o cualquiera de esas películas que con dramatismo sensacionalista (perdón por la tautología implícita) pintan al Distrito Federal como un Sodoma y Gomorra donde las niñas son violadas, los adultos asesinados y los jóvenes son devorados por la inmundicia de la sociedad y la indiferencia del Sistema. Nada más equivocado, quien quiera ver eso, que sintonice Hechos.
Tepito, microcosmos capitalino donde las copias de respaldo (no me gusta decir “piratería”) y algunas mafias han fincado su centro de operaciones; Tepito, llamado “Barrio Bravo” por ser la cuna de excelentes boxeadores; Tepito, nombre que sus oriundos dicen con orgullo, no es ese infierno dentro del caos que desde la ingenua Provincia de supone en la capital del país. Entrar a la exposición de Mata Rosas u hojear el libro que recopiló dicho material, es llegar a una sala llena de rostros comunes, caminar por esta exposición es deambular no entre personajes, sino entre personas que viven y conviven en la entraña de un barrio complejo y, por ende, polémico.
Mata Rosas, durante dos años, instaló un estudio portátil a manera de “puesto de fotografía”; ahí se dedicó a fotografiar a todo aquel que pasaba por enfrente y accedía a ser retratado. Al final de esos dos años, el autor llegó a contar con un archivo de seiscientas fotografías en las que aparecen casi setecientos tepiteños. De ahí, a la selección y edición de las fotografías, el resultado: sesenta fotografías en las que las personas aparecen sobre un fondo blanco, algunas posando, otras con una franca sonrisa y otras con la seriedad del nerviosismo pero todas, todas mirando a la cámara; y junto a cada fotografía, el nombre, edad y ocupación (o desocupación) de cada quien.
Con este procedimiento, Francisco Mata consiguió dos cosas: por un lado, mostrarnos al tepiteño normal, al que ni es narcomenudista, ni traficante de armas, ni líder charro del comercio ambulante; personas normales en las que, por mirar a la cámara, el espectador puede verse a sí mismo como en un espejo, vaya, el espectador viéndose en el otro sin que ninguno de los dos pierda su alteridad. Por otro lado, Mata Rosas, al poner fondo blanco detrás de las personas, consiguió descontextualizar al grado de que perfectamente podrían insertarse en otras realidades y escenarios sin que suceda mayor cosa. Pero dado que especifica el nombre y datos generales de los “modelos”, se evita que sean piezas intercambiables. Vaya, para no dar más vueltas sobre el mismo asunto: chambelanes, franeleros, hojalateros, licuaderas, deportistas, gay y estudiantes hay en todo el país, pero Mata Rosas nos muestra a los de Tepito, personas que día a día viven una vida normal pese a las aristas que su entorno geográfico y social presentan, gente que trabaja, come, ríe y camina sabiendo que todos los días hay que rifársela para vivir. Tepito, barrio bravo; Tepito, ¡Bravo el barrio!; Tepito, ¡bravo por el barrio!

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