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23 de agosto de 2013

Willylandia

Morelia, La Ciudad de las Canteras Rosas (sarcófago de cantera, le llamaría un buen amigo), Valle de Guayangareo donde se tejió la gloria vallisoletana orgullo de algunos vecinos de la Chapu, la Vasco de Quiroga y familias de añeja historia en la capital del estado. Morelia, otrora ciudad de estudiantes, ahora ciudad de salarios bajos para la mayoría y dos o tres willylandias para la privilegiada minoría.
Alguna vez en Guanajuato, comentaba con mi compañero de viaje lo fácil que resultaría acabar con esa ciudad en caso de una guerra: bastaría volar los túneles y la capital del estado vecino colapsaría. Eso pensábamos omitiendo el hecho de que Morelia no es ningún fuerte, que sólo se necesita cerrar la Avenida Madero o las cuatro salidas para asfixiarla y eso lo hemos presenciado y padecido en múltiples ocasiones.
Llama la atención que de un tiempo para acá, en Morelia se hayan incrementado las marchas, los plantones, los bloqueos de calles y avenidas por grupos de diferente naturaleza, pero con un mismo fin: protestar contra el gobierno, ya sea el municipal o el estatal. En la serie de manifestaciones de esta semana, pudimos ver cómo diferentes grupos de comerciantes apoyados por transportistas de materiales y ex braceros sitiaron Morelia hacia los cuatro puntos cardinales y en el Centro Histórico con las pérdidas económicas y de tiempo que ello implica, eso sin contar el mensaje de advertencia que recibieron los manifestantes de Aquila al ser quemado el camión en que viajaban.
Y es que en Morelia se ha visto un fenómeno que, al menos que yo recuerde, no era tan notorio. Me refiero a la proliferación de asociaciones, frentes y organizaciones que desde diferentes trincheras y por diversas inconformidades han salido a las calles, a fin de protestar contra un gobierno que aparentemente no tiene la capacidad para dirimir conflictos y atender demandas ciudadanas.
Tomado de www.lajornadamichoacan.com.mx
Quienes defienden la Loma de Santa María, pulmón de la ciudad; quienes defienden sus derechos frente a un consorcio transnacional que al parecer tenía al Ayuntamiento comiendo de su mano, los vecinos que sólo han defendido su derecho al agua potable (carísima, por cierto), los que han solicitado, pedido y exigido regulación a las emisiones líquidas y gaseosas de las fábricas de la colonia Industrial, donde no deberían estar pues ya quedaron en medio de la ciudad; los vecinos que bloquearon la Avenida Madero para exigir que no pasara un gasoducto por sus calles, los que se han manifestado para pedir transparencia en la elección de encargados del Orden, el sinnúmero de colonias que se han atrincherado con portones y guardias ante los embates de la delincuencia, la organización de ciclistas que sólo ha pedido respeto a la hora de circular a bordo del medio de transporte que han elegido para no contaminar, los vecinos que aún quedan en el Centro Histórico y que se han cansado de pedir al Ayuntamiento mayor regulación a los bares que a altas horas de la noche no los dejan dormir por la música a todo volumen; los comerciantes, que sólo piden la destitución de un funcionario acusándolo de favorecer a grupos afines. En fin, creo que la inconformidad en esta ciudad sobrepasa los límites de los eslóganes y la publicidad.
En Detrás de nosotros estamos ustedes, dice el subcomandante Marcos que no son las revoluciones lo que genera inconformidades, es la inconformidad lo que genera revoluciones. Traigo esto a cuento porque asusta preguntarse qué pasaría si por fin cayera la gota que derrame el vaso para que, entonces sí, se genere un movimiento revolucionario basado no sólo en marchas y consignas, sino ya haciendo uso de las armas, que en el estado son muchas y de grueso calibre. Y si remotamente eso llegara a suceder, asusta aún más imaginar el papel que jugarían en un movimiento semejante los diferentes grupos que operan en Michoacán, sobre todo si nos remitimos al refrán que dice “a río revuelto, ganancia de pescador”, y más repasando los diferentes señalamientos que han girado en torno a los grupos de autodefensa.
Poco a poco vemos cómo el tejido social se desgarra cada vez más, cómo el hartazgo social hacia la clase política va en aumento; vemos los intentos de vender el patrimonio del Estado (no de los mexicanos) atendiendo a las presiones de organismos internacionales que de esa forma han condicionado al gobierno de México las migajas del primer mundo. Somos testigos (y algunos incluso víctimas) de la violencia encarnizada, del desempleo, de la carestía, del paupérrimo sistema educativo con todo y los 117 errores en los libros de texto, de las tropelías de los políticos, de los abusos de las empresas, de la incapacidad del gobierno, de su ceguera para decir que México no es un Estado fallido. En el mutismo, escuchamos que aunque Osorio Chong admita que la estrategia que se ha seguido en el estado ha fallado, Jesús Reyna salga y diga que todo va viento en popa, que Michoacán ha recuperado la calma y que va a desarmar a estos pero no a aquellos.
Tomado de www.changoonga.com
En Morelia no es distinto, pues aunque haya lugares por donde no se puede transitar (incluso en el Centro) sin ser asaltado, o colonias donde no se puede ni dejar una maceta fuera de la casa porque no amanece, aunque muchas vialidades luzcan un estado deplorable con baches, topes y topes en medio de los baches; aunque con la reciente clausura de algunos centros nocturnos ahora hayan proliferado las prostitutas en diversos puntos de la ciudad; con todo y eso, el presidente municipal no deja de proclamar su Morelia de 10, la Suma de Voluntades y demás letanías que hacen de esta ciudad un espejismo que sólo en el Palacio Municipal se ve, pues en la Morelia de verdad se pueden pagar hasta 400 pesos por un agua potable que quizá caiga cada tres o cuatro días, o bien una colonia se puede inundar por la mala planeación o en otra no se sabe ni quién es su encargado del Orden porque los colonos jamás votaron por él.

Ese es el espejismo vallisoletano al que pocos tienen acceso, a menos que vayamos a turistear por Altozano, pero qué flojera subir hasta la Acrópolis moreliana y luego tener que bajar a nuestras colonias o fraccionamientos después de un baño de oropel para volver a lidiar con las marchas, los limpiaparabrisas que nunca aceptan un “no” por respuesta, los niños que venden dulces, los indigentes, los pedigüeños del Centro, los cantantes callejeros que ante el desempleo tienen que amenizar el panorama urbano, los embotellamientos que causa el tren, los cafres del volante. No, mejor nos quedamos acá abajo, viviendo la realidad que estamos construyendo, que el gobierno se niega a ver y que nosotros, mientras tengamos a Monarcas, la Catedral, la televisión y los partidos, podemos soportar.

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