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18 de octubre de 2006

Didáctica del placer


¿Qué si fue placentero? “Placentero” es una buena palabra por hacer referencia a cierto complejo de placenta (mamá, soy Edipo, no haré travesuras), pero no entremos en detalles sobre los juegos del placer.

Todas las noches, a las ocho, me encontraba en la misma calle a la gorda con suerte y al tipo con una fijación hacia las grandes personalidades (¡DESCOMUNAL!). Cada vez que la veía, hacía cálculos sobre la cantidad de comida que ingería, pero eran simples aproximaciones. Una noche los seguí para saber sus rutinas. Desde la esquina donde se encontraron, caminaron tres cuadras hasta un puesto de comida. A medida que avanzaban, más risa me daba ver al tonto rodando a su gorda por toda la banqueta: el Comal y la Olla, un 10 perfecto; el pantalón a la cadera que se hubiera visto mejor de haber existido algún rastro de cintura, lonjas al aire, un prominente escote, estrías por doquier... terrorismo visual.
Mientras me comía los tres tacos que pedí para disimular, pude hacer el recuento: cuatro tacos de chorizo, dos de bistec, tres de tripa, uno de suadero, una tostada de pata, una hamburguesa sencilla pero con mucho picante, una mirinda de mandarina y tres cebollitas de cambray asadas. Esa era la rutina de todas las noches, a excepción de las veces en que además se le antojaban una palomitas de microondas o un elote cocido o unos nachos. Siempre me ha molestado la gente que hace de la alimentación un vicio irresponsable; comer es un placer sin igual, un placer que se disfruta al máximo con los cinco sentidos y esa maldita gorda le faltaba al respeto a la comida devorándola con tal indiscriminación.
Tenía ganas de hacer algo para remediar su desorden alimenticio, alguien debía enseñarle a disfrutar los delicados placeres del paladar de cualquier modo. Durante varios meses estuve meditando la mejor manera de enseñarle a comer hasta que ¡EUREKA! Me tardé otros meses más en decidirme. Una noche, a eso de las diez, tomé la decisión y los seguí. Después de cenar, se fueron caminando hasta llegar a una esquina donde se detuvieron; él intentó rodearla con sus brazos y se besaron durante cinco minutos. Se separaron y tomaron rumbos distintos. La seguí a ella, él no me importaba, podía morir de viejo o podrirse en vida. A la altura de un lote baldío le di alcance, la sujeté por el brazo y la metí al carro. Ella gritaba pero, o nadie la escuchaba o a nadie le importaba. Con todas mis fuerzas le di un puñetazo que la desmayó al instante.
Después de quince minutos llegamos a mi casa. La metí a cuestas –que si pesaba la maldita gorda– la acosté en la mesa del comedor, la amarré de pies y manos y saqué las herramientas de mi padre. Afilé el cuchillo puntiagudo con la vieja chaira, calculé dos pulgadas del lado izquierdo más abajito de la axila y hundí el cuchillo un par de veces. Pensé que iba a ser fácil pero sacar chuleta, diezmillo, agujas, arrachera y todas esas delicias que mi padre sacaba de la res, es más complicado de lo que parece. La mesa se veía hermosa, tanta carne junta y dispuesta para tantas cosas emocionantes.
Fueron dos semanas maravillosas: carne asada para almorzar, caldo de “res” para comer, tacos de tripa y de cabeza para la cena, cecina para gusguear, frijolitos guisados con manteca para las tostadas, birria para los invitados; en fin, fueron dos semanas de festín gastronómico, como cuando mi padre era carnicero. El único problema eran los huesos pues, aunque ella era bestialmente gorda, sus huesos seguían siendo humanos. Confiado en que a mi perro le gustaban las croquetas, fui dejando los huesos en una bolsa que tenía en el patio. Maldito perro, me traicionó: sacó de la bolsa uno de ellos y en un descuido de mi parte se salió a la calle; dos horas después, llegaron dos policías con mi perro encadenado y una quijada dentro de una bolsa de plástico, luego vinieron unos peritos y se llevaron toda la carne que tenía en el refrigerador. Aún así, había logrado mi propósito: enseñarla a disfrutar los alimentos, aunque para eso se lo haya tenido que mostrar directamente.

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