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11 de enero de 2008

Morelia presenta…

Temporada vacacional, turistas y visitantes que vienen a departir con su familia moreliana. La Marlen y yo en pleno centro, saliendo del café, esperando su taxi. De repente y quién sabe de dónde, el centro se llena de gente. La primera vez pensamos que algo grave ocurría (una manifestación, un golpe de Estado, un motín, la Revolución) pero esta vez nuestras sospechas son acertadas: hay Catedral Extreme Show. Ahora me pregunto quién será la mente maestra detrás de todo ese espectáculo, a quién se le ocurrió la mamarrachada de musicalizar (horrible, por cierto) el rato que tardan en prender las luces de la Catedral. Siempre he sido detractor de las aspiraciones cosmopolitas del Ayuntamiento de Morelia porque la ciudad no es el centro, tampoco es Avenida Camelinas, Tres Marías, Jesús del Monte, Santa María, Avenida Enrique Ramírez Miguel o Café Europa. Morelia no es un altibús o esas vitrinas gigantes donde los turistas pueden sentirse como en un tranvía. Hay una Morelia de verdad, la Morelia de la gente que trabaja todos los días. Por fortuna, el Reinado del Terror Panista ha llegado a su fin.
Tal espectáculo no sólo constituye un gasto innecesario de electricidad y pirotecnia, también es una falta de respeto a la inteligencia de la sociedad. Es un completo absurdo pararse en plena Avenida Madero y perder quince minutos sólo para ver cómo encienden las luces de todos los días (en serio, son las mismas). Por eso no fue de extrañar la cara que la Marlen y yo pusimos cuando nos vimos rodeados de gente que, celulares y cámaras en mano, no perdía detalle de las palabras del narrador, cómo registraban en video y fotografía cada cambio en la tonalidad de las luces, cómo la música servía para distraer a la gente, cómo los fuegos artificiales enmascaraban lo insignificante del espectáculo. Tampoco fue de extrañar la satisfacción que la Marlen y yo sentimos al escuchar que la Catedral de Morelia es lo que hermana a los morelianos (ella de Ario, yo de Copándaro).
El caso es que no sucede nada, absolutamente nada. No se levanta para arrasar con los infieles, no descubrimos que siempre fue un Transformer, no alza el vuelo, no se estremece la tierra, no sucede nada en el cielo. No. La Catedral permanece inmóvil, muda e indiferente hacia lo que el H. Ayuntamiento le cuelgue o haga a su alrededor. Ha estado ahí desde hace siglos y posiblemente ahí permanezca algunos más, eso si no la llevan de gira internacional por que, de ser así, los Morelianos están en apuros: ¿quién los hermanará? ¿Sanborns de los portales? ¿Café Europa? ¿Las Tarascas? ¿Tres Marías acaso? ¿La familia Ramírez? No, nada en Morelia tiene el valor de la Catedral, recordemos nuestra religiosidad, nuestro guadalupanismo y cómo el 12 de diciembre vemos guares en camionetas de cuatrocientos mil pesos.
Las colonias populares sin agua, luz o pavimento no hermanan a Morelia, el caos vial al norte de la ciudad no hermana a Morelia, la inseguridad en algunas zonas no es Morelia, la ofensiva cantidad de pordioseros en el primer cuadro de la ciudad no hermana a Morelia. No, Morelia es derrochar en fuegos artificiales, lámparas, festivales de cine y música; como si eso hiciera de esta una gran ciudad. Cierto, es importante, pero tampoco hay que ver al turista como el Mecías de la economía estatal.
Sigue el espectáculo, el olor a pólvora es nauseabundo, una nube gris se extiende desde el atrio de la Catedral hasta las alturas del cielo moreliano. La Catedral ya brilla en todo su esplendor, la música es estruendosa, el acto está por terminar. Un evento cultural a la altura de Morelia, decía en alguna página de Internet. El punto es que ya para el final de la faramalla, esperamos que lo mejor esté por venir, que el cielo se abra y que el obispo alce el vuelo, que a las mujeres se les levante la falda y a los hombres se nos caigan los pantalones, que por lo menos aparezca el Buki o una muralla se alce a lo largo de la Avenida Madero. Pero sigue sin ocurrir nada, sólo la voz de un tal doctor Padilla Pulso que fue quien al parecer hizo la documentación y narración para esta paparruchada y sin costo alguno (nada más le faltó cobrar). El acto termina y es cuando sucede lo más inconcebible, lo que de verdad nos conmueve a la Marlen y a mí: toda la gente aplaude como si Luís Miguel hubiese cantado, como si la Catedral se hubiera puesto en pie para bailar break dance como robot con alguna canción de Afrika Bambaataa o los Beastie Boys.
Lamentablemente esto no es sólo en temporada vacacional para apapachar al turismo, es algo que se ha repetido semana tras semana hasta convertirse en una tradición del Ayuntamiento que, ojalá, algún día se rompa.

Desde el 12 de marzo de 2009, eres el visitante número...

Clan Amaral

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