
A últimas fechas, se acaba de publicar un libro tan absurdo como Las listas de Metterling, un libro que corrobora mi idea de que la estupidez y el amarillismo nunca dejarán de sorprenderme, la editorial Koehler & Amelang y con la edición a cargo de la investigadora alemana Christine Fischer-Defoy, acaba de publicar Frida Kahlo, das private adressbuch (Frida Kahlo, agenda privada). Así, este volumen no se trata más que de la agenda personal de Frida Kahlo, finamente rellena con reproducciones de sus obras y comentarios en alemán de la investigadora, con un encuadernado y empastado tan lujosos y bonitos que puedan justificar el insultante precio por el que sólo los grupies de la pintora y algunos snobs tendrán acceso a ella.
Por lo que sé de la investigadora, Christine Fischer-Defoy, se ha dedicado a publicar agendas de otros escritores y artistas, oficio más ocioso que las instalaciones de arte contemporáneo. No estoy diciendo que sea malo, en un país con libertad de expresión podemos hacer un libro hasta con fotografías de los calzoncillos de Octavio Paz y decir que tiene un gran valor para los estudiosos, teóricos y amantes de la poesía y la ropa íntima. No digo que sea malo, digo que es absurdo y eso lo comprobé con el sapientísimo comentario de Mónica Lavín cuando lo presentó en un noticiero: “… algo de resaltar es que Frida usó muchos colores (…) a Mario Moreno lo tiene como Mario Moreno y en la ‘C’ de ‘Cantinflas’…” (Palabras más, palabras menos). Es ahí cuando, en medio del desayuno, mi esposa brinca en su silla por mi intempestivo, sorprendido y elocuente “¡Wow! ¡No-ma-mes!”
No cabe duda de que Frida Kahlo, independientemente de si es buena pintora o no (para mí no lo es) es y será la rock star de la pintura mexicana. Por tal motivo, buitres y chichifos culturales siempre estarán al asecho de nuevas cosas qué explotar de ella por inútiles que sean, digo, puesto que la gente registrada en esa agenda está muerta, de poco o nada sirve tener direcciones o números telefónicos pues la única manera actual de contactarlos es a través de un médium en una sesión de espiritismo o mediante una ouija.