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18 de octubre de 2006

El naco estereotipado


Históricamente, el naco ha sido identificado con la gente soez, los léperos, peladitos: gente ignorante, pobre y sin la educación ni los refinamientos propios de las personas respetables. Tras la fragmentación de la clase media en media-baja, media-media y media-fregadona y media como vástagos de la Revolución, fenómeno social aunado al ascenso de los nuevos ricos, la nacada también se diversificó: parcialmente y de forma gradual, la casta y el poder adquisitivo dejaron de ser filtros sociales. Derivada de “chinaco” (otros dicen que de “totonaco”), la palabra “naco”, en la última década ha adquirido un nuevo valor dejando de ser peyorativa para convertirse en la denominación de un conjunto de características que, en medio de la discriminatoria cultura mexicana, constituyen una forma de ser.

El fracaso de la naca cursilería.
Hay una anécdota sobre las clases que un reconocido filosofo impartía: de un lado del aula ponía a los más avanzados y del otro a los peores estudiantes haciéndolos debatir algún problema filosófico. El resultado en pocas palabras: los tontos querían verse listos y terminaban pareciendo más tontos; los listos, en su afán de seguir siendo listos, acababan luciendo más tontos que los tontos. El naco promedio, en su intención de no serlo, lo acentúa aún más; y el fresa, para alejarse de su contraparte, se ridiculiza al máximo. Al final, ambos fracasos son de una hilaridad digna de la más profunda ironía.
El naco es un cursi: de acuerdo con las acepciones que Álvaro Enrigue[1] extrae de la edición de 1869 del Diccionario de la Real Academia[2], donde se define al cursi como “la persona que presume de fina y elegante sin serlo’ y ‘lo que con apariencia de elegancia o riqueza es ridículo y de mal gusto”. Estas acepciones se dan no sólo en el ámbito personal o psicológico, la cursilería se encuentra en la música, en la literatura, el cine y en otras manifestaciones humanas de diversa índole. Siendo exageradamente adornado sin ser consciente de su fallido intento, se entiende que el naco, igual que el cursi, lo es sin querer ni saber: simplemente es exagerado, estrambótico en el vestir, el hablar, en sus gustos y valoraciones estéticas. El naco quiere ser elegante, auténtico y espontáneo pero no sabe dirigir sus pasos y magnifica la elegancia con lo chillante y ostentoso. En oposición a la cursilería involuntaria e inconsciente del naco, encontramos la extravagancia voluntaria y consciente del fresa, quien es estrambótico porque, igual o más que él, los demás lo son: el estar out no es in[3].


La chequera trascendida, descontextualización.
El dinero no lo es todo. La naquedad ya no es exclusiva de los pobres, la fresez tampoco lo es de los ricos. Con algunos de los nuevos ricos que pasan de la vecindad a la residencia, también llega la opulencia que de inmediato quiere dejar atrás su complejo de inferioridad igualándose a quienes siempre estuvieron ahí, aquellos que se incomodan ante la opulencia que se manifiesta en una avalancha de adquisiciones que se sobreponen a la arquitectura o el contexto. Para quienes siempre estuvieron ahí, eso es un insulto al buen gusto; para el advenedizo, es un sueño realizado que poner en tela de juicio sería ocioso pues, si bien es cierto que la sociedad posee una cierta arquitectónica, cada quien hace de la casa en que vive su casa.
Pero también está el pobre que no por ello se resigna a quedar fuera: el fresa de barrio que compra ropa parecida a la de las boutiques más exclusivas, busca la música de moda en los puestos de Discos Apócrifo, come tacos de incógnito o porque “no había de otra”, presume el coche o la casa que un “conocido” (no especifica qué tan lejano) acaba de comprar, con pasión relata que fue al lugar de moda pero con esa misma intensidad omite el detalle de la terrible sed que sufrió pues todo en la carta excedía su límite de gastos. En fin, las similitudes entre ser naco rico y fresa pobre son más fuertes de lo que podría pensarse y radican el algo básico: la descontextualización. Pero en estos tiempos y dada la popularidad de la tolerancia, preguntarse cómo se han de comportar el pobre y el rico puede ser interpretado como discriminatorio y políticamente incorrecto.

El lanzamiento al estrellato del naco.
La mediatización en todos los ámbitos de la sociedad ha sido un factor determinante. Los medios de comunicación, en aras del rating, constantemente buscan ofrecer al espectador un entretenimiento no sólo ameno y actual sino también catártico. “Quienes manipulan la cultura de la pobreza declaran como mejor folclor al recién elaborado y lo ensalzan, desplegando su escasísima imaginación sobre un territorio inerme: la idea que las masas tienen de sus gustos y antecedentes[4]”. Así vemos que un pueblo no sólo tiene al gobierno que se merece, también el entretenimiento es a su justa medida. Y es que el espectador, cuando escucha música, lee una revista, ve la televisión o una película, no sólo busca entretenimiento sino que consciente o inconscientemente se busca a sí mismo. Quiere ver un poco de su realidad pues en el fondo se alegra de no ser el único que vive de tal o cual forma y cuando no busca su realidad busca la imagen de sus esperanzas, sus sueños y las circunstancias en las que le gustaría estar; de ahí el auge de la pornografía, además de los cuentos de hadas llevados a la TV, al cine y a la música. Y tomando en cuenta que México no es un país culto, la mayoría del entretenimiento que funciona es aquel donde somos pobres pero honrados, un mundo en el que los ricos también lloran.
La mediatización del naco empieza en la Época de Oro del cine mexicano, su emblema, Nosotros los pobres, Ustedes los ricos y Pepe El Toro; en la trilogía de Ismael Rodríguez se popularizó aun más la visión del pobre solidario, virtuoso y amable, visión que Buñuel criticaría fuertemente en Los Olvidados. La parodia del naco se dará con las subsecuentes películas, las rutinas de los programas cómicos en la TV. En los noventas, la naquedad cómica cayó un poco en desuso, la burla se había trasladado a la contraparte teniendo al fresa como blanco de mofas y sátiras. Tal cambio de hilos se debió al rencor social acumulado por generaciones clasemedieras que ridiculizaban al yupi cosmopolita que no podían ser.
Históricamente, este no poder ser ha devenido en un intenso sentimiento de inferioridad que, para extirparlo, quien lo padece busca, a partir de su propia identidad, asemejarse a aquellos que cree superiores. Así, para Michael Maccoby, La Malinche fue el origen de estas conductas estableciendo un patrón de “profundización de las heridas de la inferioridad al imitar a los poderosos, primero a los españoles, después a los franceses y más recientemente a los norteamericanos[5]”. Pero al hablar de sentimientos de inferioridad, lo que Maccoby dice no sólo es aplicable al naco; su contraparte, en el afán de ser cosmopolita, un digno hijo de la globalización, pasa la vida imitando modas extranjeras. Más adelante, Maccoby dice que el mexicano está simbolizado por el pelado, el don nadie, cuyo profundo sentimiento de inferioridad se esconde parcialmente tras el alarde[6]. Maccoby incurre en una endeble generalización, el mexicano no es un ser que se pueda englobar bajo una sola categoría, lo recién citado correspondería, más que nada, a una vaga definición de lo naco, una de tantas facetas que lo mexicano puede tener; pero podemos asentir a lo que dice si entendemos que el naco es un ser que alardea, que exagera.

De la naco–filia al naco–estereotipo.
Lo que originalmente era un insulto se convirtió en bandera y el naco se construyó una identidad a partir de lo que sus atacantes consideraban una vergüenza. Aquellos desposeídos se conformaron en sus propios círculos:
Si la nación no los admitía, construirían una identidad con saldos, despojos, expropiaciones visuales. Esta es la primera cultura urbana, el equilibrio entre el triunfo de los menos y la desposesión de los más, los requisitos que desde fuera parecen de un oportunismo inaudito, la miseria que iba adquiriendo miseria y puntos de vista (...) En pleno analfabetismo, en condiciones de máxima insalubridad sin servicios sanitarios, en tugurios inconcebibles, las masas armaron su guía de sentimientos, y su verdadera “identidad nacional” correspondió al barrio, a la región capitalina, al gremio de la actividad lícita o “ilícita”, para de allí expandirse e incorporar símbolos, poemas, modernizaciones[7].
Ya en el alba del celebrado Nuevo Milenio, se vuelve a ver al naco de forma condescendiente: déjalo, es naquito pero buena gente. Más tarde, el naco pasa de ser objeto de condescendencia a símbolo de un estrato sociocultural y de ahí a formar parte del folclor nacional, sobretodo en las ciudades. El naco adquiere una voz, una cara y una indumentaria que lo distinguen de los fresas, los darketos, los cholos, Skatos y demás grupos (incluso los sin-grupo), surge toda una industria musical, textil, mediática, editorial y de servicios de los que el naco dispone para afirmarse. Acentúa su caló (mezcla de un español cómodo y un inglés castellanizado así como la mala pronunciación de las palabras), busca una música sin ripios elevados. Cuando canta, cuando habla, cuando es, lo hace a calzón quitado; no seduce con frases lindas o fragmentos de poemas; seduce con la risa, la simpleza y recitando –casi cantando– piropos que ponen de manifiesto el efecto erotizante que el sexo opuesto tiene sobre él.
Es así como el mexicano promedio, ávido de pertenecer a algo, se proclama solidario con el naco y se une a él en un grito de guerra que amenaza con expresar su identidad nacional: si lo mexicano es naco y lo mexicano es chido, entonces verdad de Dios que todo lo naco es chido[8]. Así pues, aquellos que alguna vez lo atacaron se reivindican gritando “¡Si yo soy rete naco!” y ahora vemos legiones de naquedad por todas partes: desde las colonias populares hasta la Silla Presidencial, desde la cantina de mala muerte hasta el antro de moda, desde Las Chambeadoras hasta los libros aleccionadores de todos los tamaños y precios, desde la estación radiofónica local que transmite música popular hasta los programas de televisión con cobertura internacional. Finalmente, la cuestión es: si la visión que del mexicano se tenía en el extranjero era la del ranchero dormido junto a un cactus, ¿de ahora en adelante el estereotipo nacional será el del hombre de mundo que dice “jelou” cuando entra al “Museo de la Ubre”, donde ni vacas hay?

[1]ENRIGUE, Álvaro, Notas para una historia de lo cursi, Letras Libres, septiembre 2001, año III, Número 53, pág. 45.
[2] Álvaro Enrigue recurre a la edición del Diccionario de 1869 por ser el año en que la Real Academia Española admitió la palabra “cursi”.
[3] Aunque la diferenciación Out e In ya no se utiliza, he decidido recurrir a ellas puesto que este argot cambia constantemente y la expresión que hoy se use en un año será un arcaísmo, estará out... cuestión de modas.
[4] MONSIVÁIS, Carlos. Amor Perdido, Biblioteca Era, México DF, 1977, pp. 94.
[5] MACCOBY, Michael, El carácter nacional del mexicano, Anatomía del mexicano, Ed. Plaza Janés, México DF, 2003, pp. 249.
[6] Maccoby, Op. Cit.
[7] MONSIVÁIS, Carlos, La identidad nacional ante el espejo, Anatomía del Mexicano, Plaza Janés, México DF, 2003, pp 298-299
[8] El guacarock de la Malinche, Botellita de Jerez.

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