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16 de agosto de 2013

La sagrada investidura

El presidencialismo mexicano tiene una historia rica en excesos, equivocaciones, devaneos entre una ideología y otra, la defensa de los más altos valores cívicos que han encumbrado a la patria, pero también crisis financieras y políticas que han sido producto de la miopía, la estupidez y la sujeción a los intereses extranjeros.
Los que han repartido la tierra, los que han pretendido “defender el peso como un perro”, los que han expropiado los bienes de la nación, los que han salido al extranjero a poner su puestecito como si de baratijas se tratara, los globalizadores, los que han democratizado la violencia, los hijos del dedazo, los represores, los que se han enriquecido con y a través de sus hermanos; en fin, el presidencialismo está lleno de joyas.
 López Portillo,  de http://www.diariomarca.com.mx/?p=75144
Esta semana, en la televisión apareció el gabinete del gobierno de la República para anunciar con bombo y platillo la tan denostada y cacareada iniciativa de reforma energética. En lo que parecía un acto protocolario sólo comparable con el acceso al balcón presidencial para el Grito de Independencia, la melodiosa voz de la maestra de ceremonias llamaba a la compostura y a esconder las garras a fin de entonar el sacrosanto Himno Nacional lo que, dada la naturaleza del evento, era igual que cantarle a un moribundo su canción favorita.
Sin ser un experto en asuntos petroleros (y dudo que los golden boys del gabinete lo sean), me enfoco hacia el significado del evento en sí. Enrique Peña Nieto es una imagen pública, un producto vendido y consumido. Para ejemplificarlo, veamos algunas minucias de los tres últimos presidentes de México.
Vicente Fox, el pregonero del cambio, del “¡Ya!”, de la V de la victoria para sus correligionarios y el dedo medio erguido para Francisco Labastida, fue un candidato populista, demagogo y sensacionalista. Dicharachero, ocurrente y sumamente rústico, se posicionó en el gusto del consumidor electoral lidiando con las críticas de los detractores con un recurso irrefutable: la avalancha de gente que quería al PRI fuera de Los Pinos. Con todo ese aparato mercadotécnico, en contraste con el poco carisma (aunque más discurso) de sus contrincantes, Vicente Fox arrasó. Lo malo con el señor de la botas de charol es que nunca dejó de ser candidato, jamás gobernó a este país. Todo su sexenio se puede resumir en frases lapidarias que se volvieron chuscas y chuscas que se volvieron lapidarias, los excesos del poder que detentaba la entonces primera dama, la piadosa frivolidad (recordemos aquel crucifijo regalado por su hija en plena toma de posesión al grito de “¡Juárez, Juárez!”) y el afán de hacer de México una potencia mundial sin saber cómo. Ese fue Vicente Fox, el mismo que dijo que resolvería el conflicto en Chiapas en quince minutos, el mismo que dijo que se encargaría de que López Obrador no ganara en 2006 y actual promotor de la legalización de la mariguana. Como presidente de la República, Vicente Fox fue la caricatura de cualquier presidente municipal de pueblo en cualquier película del Piporro.
Contrario a esa chispa comercial y farandulera de Fox, Felipe Calderón estaba condenado al descrédito. Candidato acartonado, sin la capacidad discursiva de Diego Fernández de Cevallos ni el carisma de Vicente Fox, llegó a la Presidencia por medio del fraude electoral y con algunas promesas bajo el brazo. A diferencia de su antecesor, Calderón no fue candidato ni siquiera durante la campaña, pues lo que hubo fue una grosera saturación de su imagen en todos los medios, en todos los postes, en los coches, en las bardas, en cualquier superficie permitida. En medio del descrédito por la turbia manera de ganar las elecciones, Calderón inició el baño de sangre que a la fecha padece el país como un intento de legitimar su investidura presidencial. Lo malo es que esa guerra se dio a tontas y a locas y los únicos resultados fueron las decenas de miles de muertos y desaparecidos.
El presidente del empleo y el desarrollismo quedó como el presidente de la “lucha” contra el narco, lucha entrecomillada porque no fue tal, más bien constituyó un ejercicio en que el perro trata de morderse la cola, una guerra basada en palos de ciego pues su estrategia se basó en saturar las calles y las carreteras con militares y federales, sólo para que muchos de estos afianzaran su colusión con diversos capos, siempre con la cuota mínima de algún detenido cada cierto tiempo y lucirlo a las cámaras y los flashes de los medios mientras México se sumía en la barbarie, las matanzas, el miedo y la zozobra, y así seguimos.
Pero volviendo a la reciente presentación de la iniciativa de la reforma energética, fue como un viaje en el tiempo. Ese evento fue la contemplación de la figura presidencial en todo su esplendor, fue escribir la palabra “presidente” con mayúsculas y no es de extrañar, pues Peña Nieto siempre fue un producto elaborado con la receta secreta del Grupo Atracomulco, enlatado en Televisa y ofrecido en forma de galán de telenovela. Fue la historia del joven aristócrata que convierte en primera dama a la plebeya para llevarla a vivir al palacio de Los Pinos, donde con sus hijos (la prole somos nosotros) vivirá un cuento de hadas de seis años que se avizoran eternos.
Desde su toma de posesión se dejó ver lo que sería el sexenio: todo girando alrededor no sólo del presidente, también en torno a la imagen que de éste se proyecta. El cierre de avenidas, las barricadas, el insultante cerco de seguridad, las camionetas blindadas en caravana, los atropellos, las vejaciones hacia los manifestantes, la represión, todo, todo fue para dar la imagen de un gobernante que entraba pisando fuerte, un presidente sobre el que nadie iba a pasar pues estaba decidido a ser “el presidente”.
El siguiente paso fue el Pacto por México. Mejor estrategia no se pudo instrumentar para gobernar sin trabas, al grado de que hay legisladores que no se consideran de oposición, sólo de partidos distintos. Y ahí, en un acto similar, estaba la plana mayor de los principales partidos políticos y sus respectivos líderes de bancada en ambas cámaras, gobernadores, dizque intelectuales, empresarios, todos juntos y decididos a dejar hacer, dejar pasar.
En La tragicomedia mexicana, José Agustín cuenta que cuando Díaz Ordaz decía alguna palabra altisonante, de inmediato rectificaba con la frase “perdón, investidura”. Así vivimos el presidencialismo actual: el gobernante al que no se le mueve un cabello, el gobernante del discurso preparado, recitado e invariable. Estamos frente a un discurso presidencial basado en los eslóganes, con palabras que parecen mantras (mover a México, reformas estructurales, sin hambre, por citar ejemplos). Tenemos un presidente amigo de sus amigos (aunque estén presos pero no por mucho tiempo) pero implacable con quienes le estorban, un jefe de Estado al que los gobernadores emanados de su partido vuelven a ver como patrón, al que las principales televisoras se rinden y ante quien los líderes sindicales y políticos se arrodillan, pues ha recobrado vigencia aquello de que “vivir fuera del presupuesto es vivir en el error”, sin pasar por alto que lamentablemente no hemos dejado de estar “tan lejos del cielo y tan cerca de Estados Unidos”. En fin, presidente, he ahí a tu pueblo; pueblo, he ahí a tu presidente.

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