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21 de febrero de 2014

La paradoja del exceso

La información es un bien público, pero también es una mercancía, quien la tiene posee el poder para utilizarla con fines empresariales o políticos, de igual forma para desestabilizar a un grupo, a un gobierno o a una sociedad, pero también para hacer una revolución; por eso es sumamente necesario que los entes involucrados en su búsqueda y difusión actúen con responsabilidad y un alto grado de ética periodística. Inicio con esta pequeña obviedad porque actualmente, con la relativa facilidad para acceder a la información, se ha dado un libertinaje tal que por doquier aparecen notas, comentarios y publicaciones que, abusando de la libertad de expresión, sólo confunden a una sociedad que ya no sabe hacia dónde voltear, que no se detiene a verificar si la información emitida es verídica e imparcial o sólo se difunde con fines propagandísticos.
La matanza del 2 de octubre de 1968 tuvo una cobertura mediática a modo del Estado por la fuerte censura a que estaban sujetos los medios informativos de la época, como los periódicos, algunas revistas, radiodifusoras y una televisión aún en pañales y enteramente al servicio del gobierno. Eso permitió que se difundieran las cifras oficiales en un afán de minimizar la masacre, cosa que no logró el gobierno pues una matanza de tales proporciones se volvió imposible de esconder bajo la alfombra, además de los registros fotográficos y fílmicos que han logrado sobrevivir hasta nuestros días. Pero a pesar de que la historia ha juzgado tan lamentable y oscuro acontecimiento en la historia reciente de México, tal dominio sobre los medios de comunicación quitó presiones, lo cual permitió que ningún responsable pisara la cárcel.
Ya 26 años después, cuando se dio el alzamiento zapatista en territorio chiapaneco, a pesar de que el Estado seguía teniendo cierta injerencia en los medios masivos nacionales, sobre todo en las televisoras, la naciente influencia del Internet permitió que el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, a través de Marcos, se comunicara hacia el exterior de la Selva Lacandona por medio de la plataforma digital, lo cual sirvió como presión para que muchos medios nacionales e internacionales dieran la debida cobertura al movimiento armado. De no haber sido por esa cobertura (destacando la de medios nacionales como La Jornada y Proceso), los ojos de México y el mundo no hubieran estado puestos sobre Chiapas y quizá no hablaríamos de un Acteal, sino que estaríamos lamentando diez, quince o 20 sucesos de iguales proporciones en torno a este conflicto.
Con Vicente Fox el panorama fue muy distinto, ya que en su sexenio se dio un cambio de hilos en la relación entre los medios y el gobierno. En alguna entrevista durante el foxismo, Rius dijo que en tiempos de Díaz Ordaz, quien criticara al presidente corría el riesgo de ser fusilado, pero que en tiempos de Fox, quien no criticara al mandatario podía ir al paredón. Con esta vuelta de tuerca la labor informativa tuvo mayor soltura dado que se abrieron más canales para los cuestionamientos, el análisis y hasta para la mofa, y entonces se pudo acariciar más de cerca el sueño de una sociedad más informada, más crítica y hasta más politizada.
Desde Fox han pasado dos sexenios y fracción. Ahora hay muchos más canales para la generación y difusión de información ya que ésta viaja más rápido y puede ser dada a conocer en cuanto se genera. Pero sucede algo curioso: a pesar de contar con un sinnúmero de medios informativos, no somos una sociedad más informada, me explico.
Tenemos medios digitales e impresos, radiodifusoras públicas y comerciales, así como canales de televisión dedicados exclusivamente a transmitir noticias; sin embargo, el ejercicio ciudadano de ponerse al tanto de lo que ocurre, por la velocidad a la que se vive, cada vez demanda información más exprés, con notas más cortas y concisas sin ahondar demasiado, simplemente decir qué pasó, dónde y qué dijeron los involucrados. Esa premura hace al lector buscar la forma más rápida de acceder a una noticia, y es aquí donde entra el Internet.
Navegar en la red implica recibir indiscriminadamente información de todos lados, tanto fidedigna como sensacionalista, pero como el mexicano promedio no tiene la cultura de informarse, no sabe discernir entre una nota imparcial y una tendenciosa, de lo contrario nadie vería López Dóriga ni escucharía a Ciro Gómez Leyva. Entonces sucede que un ciudadano promedio, si no tiene la cultura de la información periodística, al acceder a las plataformas digitales y verse bombardeado por imágenes, videos y declaraciones de toda naturaleza y tendencia, no sabe qué hacer con tantos datos que llegan a cruzarse y hasta a contradecirse, por lo cual se ve confundido y desorientado en un mar de versiones que se contraponen. El ejemplo actual lo tenemos en lo referente a la lucha contra el narcotráfico.
Durante el calderonismo proliferaron las imágenes, videos y testimonios de todas las atrocidades que mostraron la cara más sangrienta de la guerra emprendida desde la Federación y las pugnas entre cárteles, lo cual permitió tener una visión muy amplia de este fenómeno y ver a la delincuencia organizada en su justa medida. Si ponemos por un lado el terrible recuerdo del sexenio de Felipe Calderón y lo contrastamos con el surgimiento de los grupos de autodefensa, ya en este sexenio, es incluso normal que la ciudadanía aplauda la iniciativa de un sector de la sociedad civil por hacer frente a quienes han venido lacerando el tejido social, lo malo es que se puede incurrir en ver a Mireles, a Estanislao Beltrán o a Hipólito Mora con un romanticismo tal que casi nadie cuestione la legalidad de su actuación o de los recursos materiales con que cuentan los grupos que comandan.
Puede suceder que entre toda la información que nos llega a través del monitor de la computadora nos sintamos confundidos al escuchar, por un lado, las declaraciones de La Tuta a quienes lo han entrevistado, y por otro, los señalamientos de los líderes de los grupos de autodefensa, ambos en contraste con el discurso de las autoridades. Si a todo ello le sumamos el bombardeo de dimes y diretes que se da en las redes sociales, más que nada en el entendido de que es para lo único que mucha gente se conecta, tenemos por resultado a una ciudadanía que ya no sabe ni qué y a quién creer, víctima de la desinformación provocada por el exceso de datos mal administrados.
Ante este panorama de incertidumbre es imprescindible que los periodistas serios luchen contra la desinformación con objetividad e imparcialidad y que el Estado realmente garantice un clima de seguridad para tan noble labor y que los atropellos y violencia contra los periodistas no queden impunes, pero eso sólo es posible si todos los miembros de la sociedad luchamos al lado de los comunicadores por nuestro derecho a estar bien informados y el de ellos a ejercer su profesión con libertad de expresión y seguridad.

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