Sin
duda alguna Michoacán está en la crisis más severa por la que ha atravesado
quizá en toda su historia, es un hecho del que todos nos damos cuenta aunque
haya quienes fingen no entender la magnitud del problema. Lo que actualmente se
vive en el estado es una bomba de tiempo cuyo cronómetro se encendió durante la
administración de Lázaro Cárdenas Batel, pues ya desde aquel entonces se
hablaba de grupos al margen de la ley que ganaban terreno en algunas esferas de
la vida política de la entidad. Con Leonel Godoy el escenario no cambió para
bien, pues mientras la Federación hacía sus ilusorios esfuerzos por combatir al
crimen organizado, la realidad se imponía con trágicos argumentos. Es así que
esta bomba de tiempo al parecer le está tronando a Fausto Vallejo y la onda
expansiva rebasa no sólo al gobierno estatal, sino al mismo Estado mexicano.
El
problema de fondo en esta situación no está en el crimen organizado o en los
grupos de autodefensa, ese fenómeno es únicamente un síntoma de la enfermedad,
una tos en medio de la pulmonía. El problema de fondo está en la debilidad que
con los años se ha ido acentuando en las estructuras gubernamentales por
diversos factores. Rememoremos un poco.
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Al Capone |
En
Estados Unidos, a partir de la década de los 20, entre la prohibición del
alcohol y la recesión económica la mafia italiana aprovechó la coyuntura para hacer
prósperos negocios mediante el contrabando de licor, lo que dio origen a
algunos de los imperios criminales más poderosos de nuestro ilustre país
vecino, los cuales también ofrecían “protección” (de ellos mismos, claro está)
a los comerciantes establecidos en sus áreas de influencia, pero también
comenzaron a controlar el flujo de apuestas, la prostitución y todo cuanto se
comercializara en el mercado negro. Pero para conseguirlo tuvieron que incluir
en su juego a jueces y policías que de otra forma hubieran estorbado a sus
intereses, de tal manera que mediante sobornos o amenazas fueron consiguiendo
favores políticos que les permitían mantener sus operaciones, tiempo después
diversificadas hacia los sindicatos porque entendieron que controlando los gremios,
podían amagar a los empresarios con huelgas si no accedían a sus exigencias.
Hasta
ahí se trataba de negocios vistos como inofensivos, pues no tenían mayor
impacto social, pero durante la guerra de Vietnam, al tener Estados Unidos una
gran cantidad de soldados que por diversas razones se habían vuelto adictos a
más de alguna droga proporcionada por el mismo gobierno en los frentes de
batalla, los miembros de la mafia vieron una gran oportunidad de mercado en el
comercio de estupefacientes, y fue aquí donde entró México al escenario con la
producción de mariguana y goma (heroína)
para el trasiego hacia Estados Unidos. En este punto el gobierno
norteamericano, a través de la CIA, coadyuvaba en el tráfico de enervantes a
cambio de que los capos latinoamericanos, sobre todo mexicanos y colombianos,
hicieran aportaciones económicas a diversos grupos como la contra nicaragüense, cuyo fin era combatir al Frente Sandinista de
Liberación Nacional, pues a los intereses de Estados Unidos no convenía la
presencia de grupos comunistas en América Latina. Así pues, el poder y las grandes
fortunas de Amado Carrillo o de Pablo Escobar son incomprensibles sin la CIA
como factor determinante.
“México,
tan lejos del cielo y tan cerca de Estados Unidos”, dicen que decía Porfirio
Díaz y no es para menos, pues si hago este breve recuento es porque el crimen
organizado en nuestro país no se puede entender sin la influencia del vecino
del norte, en tanto que es el principal destino de la droga que se produce o
que pasa por nuestro territorio, y además constituye el principal proveedor de
armas que los grupos delictivos utilizan en la República Mexicana.
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Amado Carrillo |
En
México, por otro lado, históricamente ha habido poblados o regiones enteras,
sobre todo en Sinaloa, Durango, Guerrero, Michoacán y otros estados donde la
única vía para obtener ingresos es la producción de estupefacientes o el
tráfico de estos; entonces mucha gente desde la infancia sabe que en su camino
sólo habrá dos alternativas: entrar al narcotráfico en cualquiera de sus
facetas o morir de hambre, la decisión es obvia, más si no se conoce otra
realidad.
Pero
igual que en el caso de la mafia italiana en Estados Unidos, el crimen
organizado en México necesitaba la protección de las autoridades en turno, es
por eso que desde sus inicios, los grupos de narcotraficantes comenzaron a
crear a su alrededor redes de complicidad y corrupción con policías, militares,
gobernadores, presidentes municipales y secretarios de Estado a quienes siempre
se han destinado enormes cañonazos de dinero a cambio de encubrimiento,
información y seguridad para sus operaciones. Ese fenómeno trajo consigo el
debilitamiento de las instituciones como garantes de la seguridad, la legalidad
y la procuración de justicia.
Desde
la época dorada de capos como Caro Quintero, Ernesto Fonseca y Amado Carrillo,
el crecimiento de la corrupción ha sido desmesurado, de tal manera que es
inversamente proporcional a la solidez de las instituciones, tan es así que en
la actualidad el Estado mexicano se ha visto rebasado por los poderes fácticos,
y no hablo sólo de la delincuencia organizada como siempre la asumimos, sino
por la otra delincuencia organizada que son las cúpulas políticas del poder y
los grandes consocios nacionales y extranjeros que han hecho del gobierno su
marioneta desde el arribo de la tecnocracia con Miguel de la Madrid.
Es
por eso que a Fausto Vallejo, aunque es el gobernador del estado, no podemos
exigirle un remedio a corto plazo a la situación que se vive en la entidad dado
que tales circunstancias son consecuencia de la histórica debilidad
gubernamental y de la falta de oportunidades de desarrollo y progreso que
padece la ciudadanía. Tampoco podemos soñar y esperar resultados de la Federación,
pues desde hace décadas el gobierno de la República ha tenido enquistada en su
estructura a la delincuencia organizada, y mientras no tengamos un presidente
capaz, decidido, patriota y rodeado de funcionarios honestos y competentes en
todo el aparato gubernamental, los problemas de esta naturaleza seguirán. Y así
como para el calderonismo el talón de Aquiles estuvo entre Chihuahua y
Tamaulipas, y para Peña es la Tierra Caliente de Michoacán, para los siguientes
gobernantes pueden ser otras regiones, otros estados, y el país seguirá
cayéndose a pedazos mientras los grandes empresarios (lícitos e ilícitos)
seguirán repartiéndose el botín.