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18 de octubre de 2006

Morir a solas

A Danka/Bond: iniquidad y dilema.

Deberíamos morir a solas,
sacar el frasco del odio
y quedarnos en la cocina
hasta fermentar el aliento.
Hay que desocupar los cajones,
subastar el librero,
aventar desde un campanario
los besos añejados en la piel
y los amores claroscuros;
tirar a la basura cualquier despojo
de nuestras torpezas y fracasos.

Sería mejor morir a solas
sin molestar a parientes y amigos.
Pero contra toda sensatez,
devotos nos afanamos
en alzar las hojas del otoño
y desgajar la vida como rayos.
Nos escondemos bajo la sombra
de los viejos sagrados
que supieron pintar la noche.
Queremos ser ellos
y cantar como poseídos
las amargas tonadas
que reservamos para la tristeza.

Nuestra dignidad se nulifica
al recordar unos labios de madera
y tenemos la indecencia
de llamarle “musa” a la maldad
que se nos salió del bolsillo.

En verdad os digo
que deberíamos morir a solas:
debajo de un puente, en un asilo,
en un motel de putas,
en el rojo de un semáforo,
en un café de traileros
lo más lejos de casa que se pueda,
en una barranca del camino,
en una multitud de desconocidos,
en una capilla incendiada
o dejando los pulmones en el cenicero.

En cualquier sitio
se puede morir a solas,
lo difícil es cerrar los ojos.

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