El presidente Peña
Nieto se había comprometido a venir a Michoacán y esta semana por fin lo hizo,
no sin la promesa (que para algunos suena como amenaza) de hacer doce visitas
durante este año a fin de supervisar los trabajos del comisionado Alfredo Castillo.
Claro que, a la usanza del presidencialismo mexicano, lo hizo cobijado por un
fuerte dispositivo propio de quien teme por su seguridad y la de su séquito,
para lo que la vialidad en toda esa zona de la capital michoacana se vio
colapsada. El caso es que de nada sirve la visita de los mandatarios, pues no
ven la realidad de las ciudades o poblados a donde acuden, ya que los responsables
de la logística se encargan de montar toda una escenografía a fin de hacer
confortable y agradable el paso de los convoyes.

Este pasaje
ejemplifica de manera extraordinaria esa idea de mostrar la mejor cara, el
aspecto óptimo y el más perfecto orden cuando de la visita de un gobernante se
trata. Es así que los convidados al festín lucen sus mejores galas y se ponen
la sonrisa más amplia, las calles lucen impecables, totalmente libres de
basura, pedigüeños, limpiaparabrisas y vendedores de chácharas en los cruceros,
y entonces el mandatario exalta la belleza de la ciudad o el pintoresquismo del
pueblo, no se diga si es uno de los que tienen el nombramiento de Mágico. Pero
yo me pregunto qué sucedería si Peña Nieto viniera a Morelia casi de incógnito,
quizá con su chofer y guardaespaldas, pero sin el convoy de soldados y
federales, a lidiar con el tráfico y darle los cinco pesos al limpiaparabrisas
que ni siquiera espera a recibir la respuesta negativa, simplemente arroja el
chorro de agua jabonosa mientras exclama “¡a la vuelta me das si no trais carnal!”. Imaginemos cuál sería su
reacción si de repente llegara a Tierra Caliente, donde la sociedad vive en la
zozobra por no saber en qué momento se dará otro enfrentamiento.
Durante la
administración de Felipe Calderón eran notorias sus visitas a Morelia pues el
Centro Histórico era un búnker, y tenía razón para temer pues, a pesar de ser
oriundo de esta tierra, para un amplio sector de la población era -y lo sigue
siendo- una persona non grata por haber emprendido una guerra
que nadie le pidió y por el Michoacanazo,
que no fue más que un acto de revancha política. Pero Peña Nieto, en un estado
gobernado y legislado en su mayoría por su partido, el PRI, ¿a qué le puede
temer en Michoacán si nos trajo la buena nueva de lo que ya se sabía que
llegaría? Si como dicen sus correligionarios legisladores y demás miembros de
la clase política estatal, Michoacán le agradece el apoyo y respalda las
acciones emprendidas en la entidad, ¿no hubiera sido mejor que transitara por
la ciudad dejándose ver por el pueblo que votó por él para recibir su cariño y
respaldo como todo bien amado líder?, ¿acaso no sería bueno que acudiera a
Tierra Caliente a escuchar de viva voz el clamor de los empresarios que están
al borde de la quiebra, las familias fracturadas por la violencia y los
presidentes municipales cautivos del miedo y la presión social?
Como buen heredero
del priismo, a Enrique Peña Nieto le gusta lucir poderoso; eso lo hemos visto
desde su toma de posesión, cuando en torno a San Lázaro se montó un cerco
infranqueable. Fuera de las vallas las manifestaciones fueron reprimidas con
lujo de violencia aprovechando el caos generado por los grupos de choque que,
hay que decirlo, se han vuelto una constante en casi todas las marchas de la
Ciudad de México. Y mientras en las calles los manifestantes eran golpeados, al
interior de la Cámara de Diputados, los legisladores del PRI también montaron
un cerco en los pasillos para impedir cualquier intento de llegar a la tribuna
por parte de los diputados de oposición, el escenario perfecto para montar un
espectáculo mediático.
Ahora, con la
visita del jefe del Ejecutivo federal a Morelia, también se montó una
escenografía en la que el actor principal se ajustó al libreto de anunciar
recursos que ya estaban en gran parte etiquetados, como cuando su secretario de
Hacienda y Crédito Público, Luis Videgaray, vino a proclamar la inyección de
capital para la entidad, que no era más que lo que ya estaba gestionado con
Banobras por concepto de empréstito y reestructuración de deuda. Y es así como
vimos desfilar a las grandes personalidades haciendo nada, sólo turismo
político en un entorno seguro y con una escenografía bien montada para que los
afortunados de la primera fila intentaran estrechar la mano del dignatario y,
claro, los de plano bendecidos pudieran tomarse la foto del recuerdo. Todo
mientras parecen ignorar que a muchos kilómetros, de ahí los grupos de
autodefensa siguen avanzando, las cabezas continúan apareciendo y las fosas
clandestinas son descubiertas.
Pero usted y yo
somos ajenos a ese sainete, así que no nos queda más que ser cuidadosos ante la
inseguridad, pacientes en el tráfico y eficientes en la relación tan
inequitativa entre la quincena y los precios, eso si queremos salir adelante
pues, créame, ni a usted ni a mí nos escuchará Peña Nieto, ni el “gobernador”
Alfredo Castillo, ni el gobernador honorario Fausto Vallejo, vaya, ni siquiera
el maestro Willy.