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19 de mayo de 2007

Apunte desde la ciudad donde no pasa nada.

En México no hay pobres, yo fui a Egipto

y ahí SÍ que hay pobreza.

Una estudiante de la UNLA, ya egresada.

Morelia es una ciudad ya tan acostumbrada a la presencia de indigentes y pordioseros, que uno más sobre la acera no llama la atención (a menos que sea el que huele terrible veinte metros a la redonda). ¿Qué sucede en esta ciudad que el Centro es un imán para el mercado de la mano estirada? Y es que el Centro está saturado de músicos callejeros, chicleros, minusválidos (unos reales, otros ficticios), ancianos, indigentes, “pediches” recién salidos del CERESO o de algún centro de rehabilitación pidiendo dinero para regresar a sus lugares de origen (por lo regulare son de Uruapan), gente que con una supuesta receta médica pide “cooperación”, etc., al grado de ser tan típicos como la Catedral.

Sábado, 7:45 a.m., Zona Centro en las inmediaciones de la Plaza de San Francisco. Hace frío, el viento es helado. Camino por la acera a fin de comprar un café antes de mis ocupaciones sabatinas. Voy con prisa y frío cuando, en la calle posterior al Templo de San Francisco, veo una imagen que ningún fotógrafo desperdiciaría: una mujer de entre treinta y cinco años y cuarenta años de edad, evidentemente perturbada, va por la banqueta con los hombros encogidos y los brazos sobre el pecho. Eso no es lo peculiar, lo que en verdad llama mi atención es que está en ropa interior: sostén y bóxer; además, la suciedad que presenta en brazos y piernas me asusta al pensar dónde y cómo pudo perder la ropa. Quiero ser optimista y creer que extravió la vestimenta por ser una de esas personas a las que, en medio de su desorden mental, les da por desnudarse sin importar el lugar y la hora… pero, ¿y si no? ¿Y si la atacaron para robarle la ropa a manera de “travesura”? ¿Y si durante el ataque fue violada? Digo, hijos de puta hay en todas partes y no tienen horario para ejercer la hijoputez.

Contrario a lo que Liz y Betty piensen de mí, aun tengo sensibilidad y confieso que en verdad me duele no tener con qué cubrir a esa mujer; si trajera dinero le compraría un pantalón, una playera y unas sandalias pero no, no traigo y no me queda otro remedio que llamar a Seguridad Pública para que la recojan y averigüen qué le pasó. Así, mientras creo que la operadora me tomó por un simple mocho escandalizado, debo seguir mi camino (voy retrasado) con una deshonrosa contribución al “no pasa nada”.

Claro, Morelia es una ciudad snob en la que los gobiernos estatal y municipal gastan enormes recursos financieros y humanos en aniversarios, restauraciones, conciertos, festivales de cine, ajedrez, música, órgano, cumbres de Centros Históricos (paradójico) y demás eventos de psudocultura en los que a los visitantes se les lame el culo y muchos asistentes locales pueden jactarse de ser gente culta e ilustrada. Pero, frente a esta situación, hay cosas urgentes que por obra y gracia de la indiferencia pasan a segundo, tercer o cuarto plano: indigencia, drogadicción, inseguridad, educación, vialidad, empleo digno (la lista es larga).

Señores López Orduña, Cárdenas Batel, subordinados y sucesores: dejen el snobismo para las universidades privadas y el Club Rotario que son quienes, a final de cuentas, de eso viven.

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