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13 de diciembre de 2013

La crisis moral

Hace tiempo tuve un sueño, lo cuento de manera breve. Vivía con mi familia en el fraccionamiento donde actualmente habito, pero mi casa estaba situada en un extremo del desarrollo habitacional, el cual, apenas separado por una barda, colindaba colina abajo con un cinturón de miseria. En mi sueño acabábamos de llegar a vivir ahí y le dije a mi esposa que iba a conocer el rumbo, entonces agarré una bicicleta y me interné en esa colonia. Todo ese arrabal estaba lleno de casuchas de cartón, otras estaban construidas con tablas costeras y las que eran de ladrillo parecían haber sido bombardeadas. En las calles de terracería había algunos niños panzones de lombrices, semidesnudos, sucios y desnutridos que me miraban con desconfianza mientras jugaban con pedazos de juguete entre la basura y las polvaredas de la calle, los hombres y mujeres me observaban como con intenciones de algo. Mientras hacía una pausa para descansar sonó mi teléfono, era mi esposa para decirme que Juanita (la mejor regidora que ha tenido el Ayuntamiento de Copándaro) había ido a visitarnos, entonces pedalee aprisa hasta llegar a la casa.
Al entrar, visiblemente irritada Juanita me preguntó por qué había ido a ese asentamiento; “para conocer”, respondí yo y ella me increpó: “De suerte que no te mataron, esa colonia está dividida entre Zetas y Templarios y cada rato hay balaceras”. De repente se escucharon sirenas, muchas sirenas, y a zancadas subí las escaleras para asomarme por la ventana del cuarto de mi hija, que tenía vista justo hacia ese arrabal. De pronto constaté lo que Juanita me había dicho cuando una cruenta balacera se desató a 100 metros de mi casa, en tanto mi hija dormía en su cama. Recuerdo que mi esposa me dijo: “Ojalá no se meta una bala, le puede dar a Fer”, a lo que yo reaccioné acostándome entre la niña y la pared, cubriéndola con mi cuerpo para en dado caso de que una bala perdida entrara a la habitación, ser yo quien recibiera el eventual disparo.
Desperté agitado, asustado y sudando, entonces me levanté y fui a cerciorarme de que mi hija estuviera bien. Al sentir el movimiento, mi esposa despertó y me preguntó qué pasaba, le conté mi sueño con lujo de detalles, pasaba de las 03:00 horas y ella apenas si me escuchó para enseguida volver a dormirse, yo ya no pude conciliar el sueño en toda la madrugada hasta casi llegado el amanecer.
Hago este relato porque a raíz de ese sueño constantemente me pregunto qué futuro nos espera. Crecí en el campo, en un pueblo que de tan tranquilo se torna aburrido, pero el Lago de Cuitzeo era mi piscina y las parcelas y cerros de Copándaro de Galena eran mi campo de juegos. Años después aprendí lo que todos debemos saber: no usar alhajas pues son una tentación para los asaltantes, no sacar el dinero frente a desconocidos en la calle y traer sólo el necesario, no recibir una cerveza si no veo cuando la destapan, no recibir cigarros de extraños, no aceptar nada de comer en los camiones, caminar por una ciudad desconocida con la actitud de quien la conoce como la palma de su mano, no abordar taxis sin placas, no mirar fijamente a quien no conozco y toda una serie de medidas precautorias que debemos tomar en cuenta para no exponernos. Y en ese sentido es que me pregunto: ¿A qué tendrán que acostumbrarse las nuevas generaciones?, ¿de qué tendrán que aprender a cuidarse mientras crecen y cuando sean adultos?, ¿qué riesgos acecharán a nuestros hijos?
Es sumamente preocupante, por ejemplo, la información que varios medios estatales difundieron sobre una supuesta red de tráfico y prostitución de menores cuyo centro de operaciones se ubica en Morelia, eso nos demuestra que no es una ciudad segura porque no sabemos en qué momento un extraño puede estar fotografiando a nuestros niños o el destino de muchos menores que desaparecen sin que haya rastro alguno de su paradero. No me quiero imaginar el horror, la angustia, la muerte en vida de quien tiene un familiar desaparecido, sobre todo si es su hijo y peor si es un niño.
El crimen organizado no se va a detener por algunas simples y sencillas razones: mientras haya drogadictos habrá narcotraficantes, mientras haya quienes paguen por sexo habrá proxenetas, mientras existan los negocios ilícitos existirán personas dispuestas a sacar partido de ello, mientras haya políticos corruptos abundarán quienes lo aprovechen para beneficiarse económicamente; esos son hechos que se avizoran irremediables e irreversibles, al menos a corto y mediano plazos, y es que vivimos en un entorno tan hostil, tan lleno de odio y rencor que a veces pareciera que estamos todos contra todos en la absurda competencia por ser más y mejor que el otro, y por eso mucha gente se olvida de inculcar en sus hijos los valores que los hagan, más que buenos ciudadanos, buenas personas.
La sociedad atraviesa por una crisis moral en la que el mercado parece determinar el valor de las personas con base en la marcada brecha económica que divide a los diferentes estratos sociales; esa es la razón por la que la delincuencia organizada y otros males del México contemporáneo son tan difíciles de erradicar. Para muchas personas la senda delictiva es el único camino a seguir si quieren salir de la pobreza y la marginación, ya que con una preparación académica trunca y deficiente por factores que pueden ser económicos o geográficos, las oportunidades de conseguir un empleo digno, si ya de por sí son escasas para un amplio espectro de la población, para los sectores más vulnerables se nulifican, y entonces, si en el entorno familiar no se inculcaron los principios éticos apropiados (y a veces a pesar de ello), tendremos individuos que por algo de dinero estarán dispuestos a asaltar, robar, vender drogas o asesinar, y no hay corporación policiaca o fuerzas militares suficientes para erradicar la violencia pues el sistema, entendido como un todo, está podrido desde el tuétano.

Tenemos mucho trabajo pendiente y destacan dos labores fundamentales: por un lado, ser mejores nosotros, los ciudadanos de hoy, a fin de construir un entorno social y natural más benéfico basando nuestra conducta en los más altos preceptos; sólo así dejaremos un futuro mejor a nuestros hijos. Por otro lado, debemos educar a nuestros niños para que sean buenos ciudadanos, éticos, responsables y respetuosos de la ley y de sus semejantes, con conciencia social y ecológica, eso es lo que heredaremos al mundo. Sin estas dos acciones juntas todo intento será en vano, pues de nada sirve preocuparnos por dejar un mejor futuro a nuestros hijos si no nos ocupamos en dejar mejores ciudadanos para el futuro.

6 de diciembre de 2013

Real de Catorce: poesía y blues

Creo en tu belleza desvergonzada,
creo en la promesa de tus labios.
José Cruz
Hace ya varios ayeres, un amigo publicó en el suplemento de otro periódico un poema sobre el cual hice una crítica pretenciosa y cargada de recursos gratuitos; entonces, Neftalí Coria, quien coordinaba el suplemento en el que yo también colaboraba, después de recibir mi texto me citó en un café a fin de aclarar ciertos puntos sobre el escrito. Toda la charla que sostuvimos se puede resumir con lo que me dijo al despedirnos: “Como tu maestro y tu amigo, te digo que está bien que critiques lo que no te gusta, pero antes de eso te aconsejo que aprendas a escribir sobre lo que sí te gusta”. Inicio con esta anécdota porque en lo que va de la semana he leído y escuchado tantas sandeces por parte de los políticos estatales y nacionales, que hoy, la verdad, me da flojera hablar de ello, así que he decidido tomarme un receso y escribir sobre algo que sí me agrada. Entonces prendo la computadora, me sirvo un escocés, pongo a reproducir los discos de Real de Catorce y empiezo a teclear.
Como escritor soy buen melómano, como melómano soy ecléctico y como poeta he sido amante del blues desde hace muchos años, es por eso que recuerdo un homenaje pendiente, una deuda que tengo con José Cruz Camargo, virtuoso de la harmónica y maestro del slide en la guitarra, pero también un poeta maldito que ha llegado a las fibras más sensibles de sus escuchas con poemas de oscura belleza.
A finales de los 80 y principios de los 90 se dio el boom llamado “Rock en tu idioma” con bandas que saltaron a la fama, sobre todo aquellas bendecidas por Televisa, pero hubo grupos que permanecieron fieles a su música y ajenos a los circuitos del mainstream, y en virtud de ello cultivaron un público cautivo, seguidores que buscan sus discos y van a sus presentaciones sabiendo lo que van a escuchar, tal como desde los 60 lo ha venido haciendo Javier Bátiz o como desde los 70 ha procurado permanecer la parte auténtica de La Revolución de Emiliano Zapata, no los de “Mi forma de sentir”, sino los que a la fecha, en cualquier bar de Guadalajara donde se presentan, siguen tocando y cantando “Nasty sex” con la misma maestría con que grabaron el tema alrededor de 1970. A esos grupos pertenece Real de Catorce, nombre en honor a ese mágico pueblo otrora minero enclavado en tierras de los huicholes, donde el híkuri ilumina a quienes buscan la trascendencia espiritual y provoca alucinaciones a los que sólo van por el lado divertido del peyote.
Cierto es que músicos de blues en México hay muchos, pero si algo ha distinguido a lo largo de todos estos años a Real de Catorce es, además de los excelentes músicos que han pasado por sus filas, el contenido de sus canciones porque más que letras a las que se les han hecho los arreglos musicales, se trata de poemas musicalizados.
Las canciones de esta banda de blues, escritas por José Cruz en su totalidad, están cargadas de atmósferas que bien pueden transportarnos a un bar nublado por el humo de longevos cigarrillos, a lo sombrío de una despedida, a lo sórdida que puede ser una urbe como la Ciudad de México con todos los personajes que la habitan, al deseo carnal más puro, al amor más sublime, a la pérdida de la fe en cualquier dios ante los embates de la vida, al desconsuelo de la orfandad o a la noche y todos los demonios que la recorren.
Explorando todos los sonidos del género como el Mississippi blues, el Chicago blues, el boogie-woogie o el rag time, José Cruz ha cantado y recitado poemas que se han vuelto clásicos de esta banda.
En el disco Voces interiores apareció “Pago mi renta con un poco de blues”, uno de sus temas emblemáticos cuya su fuerza me recuerda lo que Alaín Derbez escribiera alguna vez para Letras libres en un artículo sobre John Lee Hooker: “En el blues como en el coito, más allá de la acrobática virguería, es la rítmica continuidad, la continuidad rítmica, el pulso, la respiración, lo que deviene clímax”. Esta pieza, que ya de por sí en su versión original es exquisita, en el disco en vivo titulado Azul se vuelve un tema casi instrumental al más puro estilo Chicago blues (que no le pide nada a cualquier canción de Buddy Guy), donde José Cruz hace gala de su virtuosismo con la harmónica pero también se pone de manifiesto la intensidad del poeta que se desgarra para mostrar las entrañas al mundo, el poeta que se desnuda para invitar a la musa a derrumbarlo todo al fin y al cabo no hay nada que lo ate al mundo, ya que “pago mi renta con monedas de mi alma abaratada, recargada en los muros de un sueño, de mi alma de música hambrienta perdida en el corazón de taciturnos bebedores”, por eso la invita a estar “sentados en la antesala del Infierno, fumando y riéndonos, bebiendo colillas de entusiasmo” y no dejarle “nada al Señor”.
Su último disco de estudio, Voy a morir, es por mucho el más oscuro de todos. En él encontramos a un Real de Catorce más diversificado en cuanto a ritmos pues no se limitan al blues, sino que exploran distintos ritmos del rock, del jazz, incluso hay un rap casi al final de “El Virrey”, tema que describe la rutina de un vendedor de drogas. Pero también nos topamos con un José Cruz más maduro como poeta, con letras quizá menos grandilocuentes pero por lo mismo más francas y desgarradoras. Este disco es una obra por muchos momentos desoladora porque ya desde el primer corte, “Crecimiento cero”, se hace patente un sentimiento de soledad que llega como una noche que lo devora todo: la esperanza, el amor, la calma, la vida misma y un amor que simplemente no acaba de llegar. Pero también destacan temas como “El boxeador”, un bebop muy influenciado por Gillespie y que sirve como marco musical para un poema en el que el protagonista vive una relación destructiva en la que constantemente sale golpeado pero que, a final de cuentas, siempre termina regresando al ring sin importar quedar completamente derrotado.
Podría hablar de cada canción contenida en este álbum pero el espacio me lo impide, es por eso que te invito, apreciable lector, a escuchar esta banda que, a pesar de la esclerosis múltiple que ha aquejado al maestro José Cruz en los últimos años, no ha dejado de trabajar, de hacer música, de recorrer el país y Estados Unidos llevando, como buenos apóstoles, la palabra hecha blues.

1 de diciembre de 2013

México, ¿aún surrealista?

A mediados del siglo pasado se decía que México era un país surrealista, y es que André Bretón veía surrealismo hasta en los nopales, pero eso es un decir. Lo cierto es que México era surrealista desde antes del surrealismo como corriente estética.
En términos sociales, el surrealismo implica una realidad subyacente a la conocida, entendida y asumida por el consciente colectivo. Es así que hay una realidad bajo la otra realidad, como la que vio John Kenneth Turner en su viaje a México, a partir del cual escribió esa joya de denuncia y actual referente del Porfiriato titulada México bárbaro. El dictador presentaba a la opinión pública empresarial e internacional una realidad superficial, un México en pleno desarrollo, crecimiento económico y modernidad industrial, un campo productivo, la creciente infraestructura ferroviaria, una Ciudad de México empapada de las más vanguardistas corrientes artísticas europeas, un Ejército fuerte y disciplinado y un Estado sólido con una sociedad preparada para ejercer la democracia. Pero esa era la superficie.
Bajo el manto del Porfiriato y todo lo que lo ensalzaba se escondía otra realidad, una que sólo los que vivían ahí veían y que quienes la explotaban justificaban sin los menores escrúpulos. Esa realidad era la de los esclavos en las haciendas de todo el país, especialmente las del sureste mexicano y hasta Veracruz, a donde muchos fueron a dar pero de donde nadie, o casi nadie, salía con vida. También, y además escondidos en la clandestinidad, estaban quienes se inconformaban por el régimen dictatorial de Díaz, esos que en secreto imprimían libros, panfletos, folletos, boletines, gacetas y periódicos con el único fin de mover consciencias hacia un despertar ciudadano. Ardua tarea en un país lleno de analfabetas, oprimido y temeroso del Estado. Todos esos hombres y mujeres que decidieron no vivir más bajo la realidad porfirista terminaron muertos, otros en la cárcel (donde al fin murieron) y muchos más exiliados en Estados Unidos, de los cuales, un gran número de ellos fue aprehendido en aquel país y entregados a las autoridades mexicanas, quienes, igual que a los que no se habían ido, confinaron en cárceles o los asesinaron.
Pasadas las décadas después de la Revolución hasta llegar a la mitad del siglo XX, México se erigió como un referente en la vida cultural e intelectual de América Latina, es así que muchos pensadores y artistas confluyeron aquí, unos en busca de asilo político, otros movidos por una suerte de turismo intelectual y cultural. Para ellos México era una realidad muy distinta a la de los mexicanos de abajo, los de las vecindades, de las ciudades de provincia y, sobre todo, del medio rural. En este sentido, me gusta mucho el ejemplo que se puede plantear con esa dicotomía cinematográfica entre Nosotros los pobres, de Ismael Rodríguez, y Los olvidados¸ del –por cierto– surrealista Luis Buñuel. La misma época, el mismo estrato social, la misma sociedad, la misma ciudad, los mismos problemas y las mismas carencias, incluso el mismo Miguel Inclán, pero bajo diferentes realidades: los pobres pero honrados, los pobres pero felices y los pobres pero unidos, todo un éxito de taquilla y consagración de Pedro (¡Pedrito!) Infante; y el surrealismo como la realidad subyacente, los pobres entre los que ha de haber alguno que sea bueno entre los buenos pero que rodeado de parias, delincuentes e hijos de puta, ni siquiera se nota pues en ese ambiente no sobrevive más de una semana. Ahí radica el surrealismo en Los olvidados, que no fue éxito de taquilla ni mucho menos ya que estuvo enlatada durante varios años. Así, a lo largo del siglo XX, México vivió dos realidades, la de Allá en el rancho grande y la de “Y nos dieron la tierra” (El llano en llamas, de Juan Rulfo).
Pero en los últimos lustros, el surrealismo social mexicano se ha tornado en una realidad predominante por innegable, y es que el Estado mexicano ya no puede esconder bajo la alfombra la pobreza de un amplio porcentaje de los ciudadanos cuando la marginación, la miseria, el rezago educativo, la violencia y todo lo que se suponía como el México profundo, ahora es el México ineludible. En este sentido, considero que lo que en México se asumía como surrealismo, desde hace tiempo se volvió hiperrealismo en todas sus facetas.
Desde que la clase media se declaró en peligro de extinción, la clase baja ha aumentado sus filas, mientras la clase alta se refugia en una zona de confort que parece otro México como una negativa a reconocer que el país se desmorona.
La prueba más cruda de este hiperrealismo social se vive día a día en la inseguridad desde hace más de siete años. Durante el siglo pasado hubo sucesos escabrosos e increíbles con que la nota roja conmocionó al país
ya que parecían improbables, pero que en ese plano de la realidad social llamado el bajo mundo fueron posibles, y cuando brotaron a la superficie, parecían incompatibles con la realidad desarrollista que el Estado había venido construyendo a lo largo de la historia. Ejemplos de ello son los casos de Las Poquianchis y los Narcosatánicos, acontecimientos que por la inverosimilitud de su naturaleza movieron, en el primer caso, a la escritura de la excelente novela de Jorge Ibargüengoitia, Las muertas; y en el segundo, a la filmación de algunas pésimas películas de bajo presupuesto pero la redacción de un buen ensayo por Carlos Monsiváis en Los mil y un velorios; con todo y eso, esos hechos surrealistas, si se repitieran en la actualidad, se puede decir que pasarían prácticamente inadvertidos pues en los últimos años han proliferado las fosas clandestinas, los feminicidios, la trata de personas y el narcotráfico con toda la violencia que implica y que ha dotado a este fenómeno de la categoría de hiperrealista, prácticamente snuff y más allá del gore, pues para nada es un simulacro.

Por lo anterior y dados los alcances que ha tenido eso que antes permanecía subyacente, podemos despedirnos de México como “el lugar surrealista por excelencia” y comenzar a asumirnos, aún con los matices kafkianos que aún remiten a El proceso, como un país hiperrealista lleno de contradicciones pero con muchas más realidades que tarde o temprano también saldrán a la superficie para terminar de convencer a los escépticos de que no vivimos en “la región más transparente”.



29 de noviembre de 2013

La pertinencia de las marchas

El Centro Histérico de Morelia, el más alcohólico vallisoletano pues constantemente está tomado por cuanta razón y grupo nos podamos imaginar: normalistas, antorchistas, magisterio, trasportistas de pasaje y de carga, recolectores de basura, organizaciones de izquierda, la CUL, cualquier Casa del Estudiante con sus albergues hermanos, sindicatos de aquí y de allá, comuneros, en fin, cualquier organización capaz de mover a más de 100 personas se puede inconformar, legítimamente o no, para de ahí marchar hacia el Centro con el caos vial que ello implica. Cuando tal cosa sucede, de inmediato las voces se levantan para esgrimir las más encarnizadas críticas y vituperios hacia los manifestantes por hacerlos llegar tarde, por no encontrar estacionamiento, por arruinarles las ventas o por echarles a perder una linda tarde de ocio en cualquier café-cantina del primer cuadro de La Ciudad de las Canteras Rosas.
Pero más allá de las razones para protestar pacíficamente, salir con pancarta en mano y consignas a voz en cuello, tomar las calles, las plazas y desquiciar una ciudad, yo me pregunto qué caso real tiene manifestarse por esa vía. No soy pesimista, tampoco se me confunda con un Alejandro Vázquez cualquiera, pero en vista de la situación actual, en vista de que al gobierno y a los tres partidos mayoritarios y dos o tres de la chiquitada les importan un soberano cacahuate el descontento social y las afectaciones a la población, ¿realmente tiene sentido hacer manifestaciones pacíficas?, ¿qué caso tiene salir a las calles a poner de manifiesto que no estamos de acuerdo, que no queremos, que nos afectaría como sociedad, si de todos modos la partidocracia avala las decisiones del Ejecutivo y algunas cúpulas con prostibularia mansedumbre?
En lo que va de este sexenio se han contabilizado más de 17 mil asesinatos, que multiplicados por seis arrojan un promedio de 102 mil muertos al final del peñismo de seguir esta tendencia; el salario mínimo en México que apenas si alcanza para sólo una parte de lo más elemental de la canasta básica, el crimen organizado que controla casi todo el país, los grupos de autodefensa que toman municipios como buenos paramilitares, los feminicidios que no han cesado, los presupuestos que resultan raquíticos para municipios como Copándaro en contraste con lo que de aguinaldo se llevarán los funcionarios de primer nivel de la Federación y los legisladores de ambas cámaras, una clase política que no representa a la ciudadanía. Frente a todo eso, ¿bastan las manifestaciones pacíficas?
Sucede que las actuales manifestaciones en México, igual que los gobiernos que las provocan, tienen una cortedad de miras y objetivos tal, que por lo regular sólo quedan en lo que popularmente se conoce como llamarada de petate; es decir, se convoca a la movilización simple y sencillamente para decir que no están de acuerdo, que no quieren y que no les conviene tal o cual acción gubernamental, pero Papá Gobierno, siempre en su papel, dirá: “Es que no te pregunté si quieres o no, se va a hacer y punto”. Y por eso, pese a las manifestaciones por todo el país, las tomas, los bloqueos y los paros, el Estado deja que el pueblo haga su coraje, su berrinche, pero no se detiene en la implementación de las tonterías que se le ocurren.
A lo anterior hay que sumar que los partidos políticos han fallado pues no constituyen la representación popular que en sus estatutos se supone que son; no, los partidos políticos mexicanos son agencias de colocación, de ahí que las campañas sean grandes ferias del empleo, y por eso casi nunca se ven militantes comprometidos con un ideal, con una causa social justa; no, lo que más abunda son los militantes comprometidos con el candidato que habrá de darles trabajo (tengan o no perfil para la función pública).
Recuerdo que en 2011, a punto de concluir el proceso electoral, un allegado al candidato panista a la Presidencia Municipal de Copándaro me preguntó el funcionamiento de cada área de la administración, dado que en aquel entonces su servidor trabajaba ahí. Me cuestionó área por área, desde Codecos hasta la Secretaría Municipal pues le habían prometido empleo de ganar las elecciones; lo curioso es que no me preguntaba por salarios o importancia administrativa o política de cada puesto, lo que a mi conocido le interesaba saber era dónde se usaba menos la computadora pues él desconocía casi todo lo referente al uso de la PC. Sonrió cuando le dije “no te preocupes, ya estando ahí que te pongan una buena-secretaria-buena y tú nada más firmas”, pensando que se lo decía de corazón y no haciendo gala de mi habilidad para burlarme de cierto tipo de personas.
La anécdota anterior me sirve para ejemplificar de qué manera los partidos políticos no son más instrumentos de la democracia ni portavoces del pueblo al que se supone representan. Por eso la plana mayor del PRD en el Congreso de la Unión y desde la dirigencia nacional han prostituido los estatutos, los documentos básicos y la ideología del partido diciendo que no son una izquierda radical, que son una izquierda que dialoga, que es progresista y que busca consenso a la hora de hacer acuerdos que lesionan a la ciudadanía, a la clase trabajadora, a los obreros y a los campesinos. Entonces, si usted organiza una movilización de protesta pero no habrá representación política que recoja sus demandas y las lleve a donde se legisla, a donde se decide, ¿qué caso tiene acabarse los zapatos en marchas y desgañitarse en consignas?

Quizás ha llegado la hora, estimado lector, de salir a las calles, pero en lugar de llevar consignas y pancartas, salir con mazo en mano para demoler esas instituciones que sólo han servido para enriquecer a unos cuantos y menoscabar la economía de los mexicanos; quizá llegó el momento de derribar el aparato gubernamental, desaparecer poderes y disolver congresos para, a partir de la deconstrucción del Estado mexicano, emprender la construcción de un país más justo, más equitativo, donde a las nuevas generaciones se les inculquen valores, más que cívicos, éticos; un país con leyes más justas y menos a modo de intereses cupulares, una nación donde el humanismo predomine sobre la tecnocracia, una nación que voltee más hacia América Latina que hacia Estados Unidos, donde la distribución de la riqueza se base en principios de igualdad y bienestar social y no en intereses macroeconómicos. Pero mientras eso no suceda, las marchas, mítines y plantones sólo serán rabietas de una sociedad cuyos gobernantes simplemente seguirán haciendo lo que les venga en gana, al fin que una valla y cientos de granaderos los protegen.

22 de noviembre de 2013

El Ponchis, kafkiana incertidumbre

Hacia finales de 2010 causaba revuelo mediático la detención de quien desde el primer momento fue apodado por la prensa como El Niño Sicario. Recordemos el aire triunfal que la pasada administración federal daba a las detenciones, mostrando ante las cámaras lo incautado y presentando a los flashes y reporteros a los detenidos, fueran peces gordos, meros sicarios o simples halcones. Así fue la detención, el 3 de diciembre de 2010, de Édgar Jiménez Lugo, también conocido como El Ponchis, quien desde ese momento se volvió carne publicitaria de cañón para el gobierno federal, que celebraba la detención de un desalmado y sanguinario asesino que, por las lagunas en la legislación en la materia, está por salir libre el mes próximo luego de cumplir la pena máxima que puede purgar un menor de edad, sea cual sea la magnitud del delito cometido: tres años.
Cierto, El Ponchis es un delincuente, y en esa carrera criminal iniciada a los doce años de edad y terminada a los catorce, justo con su aprehensión, cometió actos sanguinarios (o espeluznantes si se quiere ser dramático) como matar a una persona para luego extraerle el cerebro y rellenar el cráneo con carne molida (sólo dos meses antes de su detención) y degollar a otras cuatro después de torturarlas; eso sin contar los secuestros, asaltos, levantones y venta de drogas en que participó. Sí, es un criminal consumado, muy distante de cualquier adolescente que asalta a un transeúnte o que roba en un negocio. Los delitos cometidos por Édgar Jiménez no sólo llaman la atención por la atrocidad que lamentablemente se ha vuelto frecuente en nuestro país; los crímenes de este adolescente saltan a la vista por todo el contexto en que sucedieron.
De padres separados que radican en Estados Unidos, donde él nació, y con los que desde los cinco años no tuvo cercanía por haber sido criado en México por su abuela, Édgar Jiménez creció en las calles, sólo estudió hasta el tercer grado de primaria y a los once años de edad se volvió asaltante de negocios, para a los doce ser reclutado por el Cártel del Pacífico Sur, una escisión del Cártel de los Beltrán Leyva que además se disputaba el control de Morelos, con lo que en aquel entonces era La Familia Michoacana y el grupo que comandaba Édgar Valdez Villarreal, La Barbie. En este contexto, dos años de la vida de Édgar Jiménez transcurrieron entre casas de seguridad, armas de grueso calibre, torturas, narcotráfico, amenazas de muerte que lo obligaban a delinquir, drogadicción, ejecuciones y el constante peligro de ser asesinado por grupos delictivos antagónicos en medio de la guerra que el gobierno federal sostenía con el crimen organizado.
Lo descrito en el párrafo anterior abre la interrogante sobre cuántos Ponchis habrá en el país, cuántos niños de la calle o de bajo estrato social, sin oportunidades educativas ni una familia integrada e integradora son presa fácil para los grupos delictivos por ser, aunque no se quiera reconocer en estos términos, carne de cañón fácilmente reemplazable en caso de muerte o detención. Y es que a los niños y adolescentes es más fácil adiestrarlos por ser mentes moldeables, basta extirparles el sentido de los escrúpulos y maleducarlos en la violencia y la agresividad para que vean el asesinato como algo normal, y entonces tendrán al matón perfecto, ese que, igual que Édgar Jiménez, simplemente tendrá que drogarse para cometer las peores brutalidades. Si a eso le sumamos la posibilidad de ganar cantidades de dinero que limpiando parabrisas o vendiendo chácharas en los cruceros jamás tendrán (El Ponchis llegaba a ganar hasta tres mil dólares), el panorama es verdaderamente desolador en materia de prevención del delito entre jóvenes y menores de edad.
Alguna vez, Felipe Calderón utilizó la categoría de “daños colaterales” al referirse a los adultos inocentes y niños muertos en enfrentamientos, esos que habían estado en el lugar equivocado a la hora equivocada, muriendo por una bala perdida, una esquirla de granada o en medio del fuego cruzado, situación que la revista Proceso criticó fuertemente titulando un número “Dañitos colaterales”, para hacer un recuento de los menores de edad muertos en esas circunstancias. Pero entre los daños colaterales de las pugnas entre cárteles y los enfrentamientos de estos con las Fuerzas Armadas no sólo están quienes han perdido la vida de esa manera durante estos siete años, también hay que contar a las víctimas sociales, esos menores de edad que de una u otra forma han terminado enrolados en la delincuencia, historias con dos finales posibles: la muerte a manos de grupos rivales o caer en manos de un fallido sistema de reinserción social que, de entrada, está mal planteado, pues estos adolescentes no pueden ser reinsertados a la sociedad por la simple y sencilla razón de que nunca han sido reconocidos por ella.
Y es que para los corporativos criminales es realmente fácil reclutar a un adolescente, digámoslo en términos conservadores, del arrabal. Sin dinero, sin educación y viviendo en la precariedad familiar, espiritual y económica, de repente tener dinero, carro, celular caro, ropa de marca, mujeres y, sobre todo, poder sobre los demás, luce tentador para quien siempre ha sido negado y vilipendiado por la sociedad, relegado por el sistema educativo y de salud y denigrado e ignorado por el Estado y sus instituciones. Así que con dinero y poder los escrúpulos pasan a importar un comino pues no es posible sentir respeto hacia una sociedad que siempre los escupió y los marginó, así de fácil y así de complejo es el problema.
Tres años después, a los 17 de edad y como una broma de nuestro muy kafkiano Código Penal, a principios de diciembre Édgar Jiménez saldrá del Tutelar para Menores y el panorama es sumamente negro para él, porque además de que, a decir de los especialistas que lo han atendido, no está psicológicamente preparado para integrarse a la sociedad, corre dos riesgos: ser asesinado en venganza por los brutales crímenes que cometió o reintegrarse a las filas de la delincuencia organizada. Y aunque ha pedido ser acogido en Estados Unidos para continuar con su tratamiento en tanto que nacido en aquel país, las autoridades norteamericanas simplemente no lo quieren en su territorio, pero como no cuenta con un acta de nacimiento mexicana, las autoridades de aquí tampoco saben qué hacer con él, sólo que el 10 de diciembre próximo debe salir, y como no se trata de ningún Caro Quintero que puede hacerse ojo de hormiga aprovechando las lagunas constitucionales del Estado mexicano y las mentales de quienes lo dirigen, el final de esta historia es de pronóstico reservado.

8 de noviembre de 2013

El taco argentino

Los mexicanos, en tanto que hijos del maíz y otros tantos “jijos del maiz”, somos, como diría Botellita de Jerez en “La balona de la Conquista”, una patria bien taquera. Y es que en la gran mayoría de los hogares mexicanos, cualquier comida, salvo los caldos y platillos de características similares, es susceptible de volverse taquiza, de ahí que nuestra fast food por excelencia sean los tacos de diversa índole y con toda una gama de salsas y ensaladas para acompañar tan sacrosanto alimento.
Inicio con esa breve disertación sobre la idiosincrasia taquera de los mexicanos por lo que encontré mientras buscaba la información necesaria para el tema que quería tratar en esta colaboración. Ya tenía datos duros, declaraciones, cifras y cuanta sandez dijeron los diputados priistas en la sesión del jueves en el Congreso local; ya estaba afilando la navaja y apuntando los misiles cuando recordé que tenía que buscar la receta de un platillo que quiero probar. Estaba en esa búsqueda cuando de repente encontré un link que decía “Cocinera argentina causapolémica con falsa receta de tacos”, eso despertó mi sentido del olfato cibernauta y me hizo darle clic al vínculo.

Una chef de nombre Maru Botana (verídico), tan mediática como el chef Oropeza de Televisa, pero argentina, quien además tiene una página de Internet donde las amas de casa y los cocineros amateurs podemos ver los videos tutoriales de sus recetas, tuvo la osadía de enseñar a su público cómo preparar tacos, sí, tacos mexicanos.
Ahora le describo el procedimiento que la señora Botana siguió para emular la base de nuestra alimentación. Primero rayó zanahorias, papas y demás vegetales; una vez que tuvo todos los ingredientes finamente rayados, los vertió en un wok (sartén más apropiada para la comida oriental) y salteó los vegetales hasta que adquirieron ese color dorado que cualquier guarnición decente debe tener. Hasta ahí me dio la impresión de que serían unos tacos bastante alternativos pues no vi la carne, ni siquiera las tres tiritas que ponen en la modalidad al pastor de dos pesos.
Las tortillas según Maru Botana
Pero si usted quiere hacer tacos, el ingrediente primigenio no es la carne, la salsa o el limón, ni mucho menos el cilantro; lo que usted necesita, antes que nada, son las tortillas. De pronto me pregunté que si no tenía tortillas ¿cómo haría tacos?, y para salvar ese obstáculo, la chef Botana recurrió a lo mejor de su ingenio y elaboró las tortillas más sui géneris que he visto en mi vida. En un tazón de plástico puso harina de trigo, una parte igual de harina de maíz, diez cucharadas de aceite para cocina y agua caliente. ¡Qué muestra de mestizaje desde tierras gauchas nos mandó la chef Botana!, mire usted que hacer tortillas de harina (que llevan aceite) mezcladas con de maíz (cuyo vehículo es el agua), es algo que no se había visto, ni siquiera cuando Chepina Peralta salía en Imevisión. Una vez que la chef tuvo la masa lista, de entre unos triques de su cocina sacó una máquina metálica para hacer tortillas. En lugar de poner los trozos de hule para prensar las bolas de masa y poner la tortilla sobre el comal caliente para darle cocción, extendió la máquina sobre los quemadores de la estufa para encima de cada una de sus partes poner las respectivas bolas de masa que amplió con un rodillo. Cuando esa cosa estuvo al parecer cocida, la tomó, le puso la guarnición de vegetales y se la dio a un niño, quien pudo haberse intoxicado por el plomo que la máquina de hacer tortillas despidió al calentarse.
Los comentarios no se hicieron esperar por parte de la comunidad mexicana en Argentina, los hubo tan variados como los tacos, desde los más picantes hasta los más sabrosos, incluso hubo chefs mexicanos que la invitaron a México para enseñarle a hacer tacos de verdad, a lo que la señora Botana sólo respondió que la máquina se la habían regalado sin explicarle en lo más mínimo cómo usarla. Lo que acabo de narrar se presta a varias disertaciones.
Si hay algo que distingue a una cultura, además de su música y su vestimenta tradicionales, es su cocina, sus sabores, sus ingredientes y hasta la forma de comer; esos son rasgos culturales que dan identidad y reflejan la idiosincrasia de un pueblo y hasta la personalidad del comensal, pues “en la forma de agarrar el taco se sabe el que es tragón”. Y en este sentido, los mexicanos somos muy celosos con aquello que nos da identidad social, por eso nadie puede meterse con la Virgen de Guadalupe, ni con Pemex, ni con José Alfredo Jiménez, ni mucho menos con nuestros tacos. Somos lo que yo considero nacionalistas de reacción, es decir que tenemos un nacionalismo que nada más reacciona a los estímulos del exterior, como cuando un sacerdote italiano declaró que la Virgen de Guadalupe no había existido, aseveración que le valió las críticas en los medios nacionales y el odio más jarocho que el pueblo de México, guadalupano en su mayoría, puede sentir; o como cuando Hugo Chávez llamó “caballerito” a Felipe Calderón, poco importó que haya sido un espurio, un enfermo de poder y un inepto para la generación de empleos, Chávez se metió con nuestro entonces presidente y el rencor de un país se volcó hacia el gobernante de la nación sudamericana. Ejemplos de ese nacionalismo de reacción hay demasiados, tanto que hay quienes aún no le perdonan a Elvis Presley el que supuestamente haya dicho que prefería besar a dos negras que a una mexicana, a lo que yo siempre respondo para defender a El Rey diciendo que tendríamos que haber visto a la mexicana y a las negras en cuestión.
Aunque la cocina se trata de experimentar y mezclar sabores e ingredientes, lo cierto es que, siendo una figura pública, a la vista de todos, se requiere un mínimo de respeto, y más si se es un profesional en la materia, que se supone tiene los referentes gastronómicos, históricos y culturales para elaborar cualquier platillo, pues así como no le podemos llamar lasaña a una sincronizada, tampoco podemos llamarle taco a algo que no lo es. El punto de esto es que la chef Botana no simuló un huevo estrellado, simuló un platillo que es emblemático de este país y que constituye una parte fundamental de nuestra forma de comer, ya que, como diría un buen amigo, no importa qué nos sirvan, si tenemos una tortilla se lo ponemos en medio y comemos tacos.

3 de noviembre de 2013

La metamorfosis de la nota roja

Desde hace algunos años, la inseguridad y la violencia en México han tomado dimensiones exorbitantes, eso no es nada nuevo. Un tema muy discutido ha sido el de la remasterización de la barbarie en la que los grupos criminales recurren a técnicas de tortura y ejecución que pueden ser verdaderas obras del ingenio más macabro, tanto, que Los 120 días de Sodoma del Marqués de Sade, parece el manual de experimentos Mi Alegría, y no por el uso de conocimientos técnicos o médicos con que el narco lleva a cabo tales atrocidades, sino por el grado de deshumanización y la sangre fría con que se realizan estos actos, además del significado social de tales hechos, muchos de ellos registrados en videos que circulan por la red.
Es verdad que a lo largo de la historia de la humanidad han existido la tortura y las ejecuciones, y que la exhibición del cuerpo de un ejecutado siempre constituye un llamado de atención y una advertencia a quienes se sientan tentados a cometer la misma falta, para que lo piensen dos veces y desistan de ello o se atendrán a las consecuencias.
Joaquín Guzmán Loera
Volviendo al contexto contemporáneo de México, hay voces que dicen que hasta el salinato y el foxismo los cárteles de la droga se mantuvieron en relativa paz. Lo que sucedía en aquel entonces era que, al no haber mayor presión gubernamental, ellos se encargaban del reparto de plazas, ya fuera por la vía de la negociación o enfrentándose entre sí, y vale recordar que si había muertos y balaceras, era entre los estrictamente involucrados; si un funcionario o policía era víctima de una ejecución, se debía a que posiblemente estaba coludido; recordemos que los Arellano Félix, El Chapo, El Señor de los Cielos, el Cártel del Golfo y demás organizaciones arrojaban auténticos cañonazos de dinero a funcionarios, militares y autoridades judiciales y civiles a cambio de protección, información y cooperación; de otra forma, los imperios construidos por Juan Nepomuceno Guerra en Tamaulipas, los hermanos Arellano Félix en Tijuana, Caro Quintero en Jalisco, Amado Carrillo en Ciudad Juárez o Joaquín Guzmán Loera en Sinaloa, jamás habrían sido posibles.
Así estaba el país, repartido entre grandes cárteles que controlaban células y grupos locales a cambio de proteger los feudos y las plazas, y salvo por desaguisados como el asesinato del cardenal Posadas Ocampo a inicios de los 90, nadie los molestaba pues el gobierno sabía que no iba a poder contra grupos perfectamente armados, estructurados y con una capacidad económica y operativa que los hacía, y los sigue haciendo, rivales casi invencibles.
Aspecto tras un enfrentamiento
Pero de repente, en 2006 llegó un presidente de la República que a fin de legitimar su entrada a Los Pinos emprendió una cruzada contra el narcotráfico apenas pasados unos días desde su toma de posesión. Felipe Calderón, el mismo que no pudo ser gobernador de Michoacán y que llegó a la Presidencia por la vía del fraude, cometió el error que aún ahora ha costado alrededor de 100 mil vidas y decenas de miles de desaparecidos: irse a tontas y a locas contra grupos que, como ya dije, están bien organizados y estructurados, más que el mismo gobierno. Su estrategia consistió en mandar miles de soldados a las calles y saturar con policías federales el panorama.
Si a los palos de ciego de Calderón, a la corrupción en el Ejército y las procuradurías General de la República y las estatales, así como en los diferentes cuerpos de seguridad, le agregamos los reacomodos que en aquel entonces se daban al interior de las estructuras criminales por pugnas internas y entre grupos, el surgimiento de nuevas y más sanguinarias organizaciones y la laxitud de nuestro sistema penal, era lógico que el país estallara en la violencia.
Pero tampoco hay que caer en la irresponsabilidad de decir que el más infame de los michoacanos tiene toda la culpa de esta situación que vive el país, pues si la delincuencia organizada llegó a lo que ahora es, se debe a los años de corrupción, lagunas legislativas, crisis concatenadas y escasos valores éticos a lo largo del siglo XX. Así pues y dicho de manera vulgar, el hormiguero ya estaba, Calderón sólo lo alborotó.
Heriberto Lazcano Lazcano
Pero algo que se ha visto en los últimos años y que sí es más o menos nuevo, al menos en este rubro, es la sanguinaria forma de actuar de los delincuentes. A pesar de los cuantiosos recursos económicos que poseen, el poderoso armamento que pueden utilizar, con redes de intercomunicación tan sofisticadas como las del gobierno, con el entrenamiento que suelen demostrar en sus acciones y una capacidad operativa digna de cualquier ejército, llama la atención que sigan recurriendo a formas de tortura y ejecución que, aunque sanguinarias y variadas, no dejan de ser rudimentarias, prácticamente cosa de bárbaros.
Con la entrada de Los Zetas a la escena criminal, la sociedad vio atrocidades que en su momento sólo se habían visto, al menos en años recientes, en la forma de asesinar de los miembros de la Mara Salvatrucha: machetazos, decapitaciones, desmembramientos y un largo y macabro etcétera. Cierto, publicaciones como Alarma! ya daban cuenta de brutales asesinatos, pero eran casos aislados en los que un marido celoso, una mujer agraviada o un compañero de parranda incurrían en acciones cuyo calificativo más acertado es lo grotesco. Pero lo que sucedió a raíz de la aparición del grupo fundado por Arturo Guzmán Decena al servicio de Osiel Cárdenas Guillén constituyó una contradicción e inauguró una nueva modalidad de nota roja.
Ejecuciones como mensajes
La contradicción que se mostró con el antiguo brazo armado del Cártel del Golfo fue que siendo militares altamente entrenados, con una formación en lo más avanzado en técnicas de combate a guerrillas urbanas y grupos terroristas, con un adiestramiento altamente efectivo en materia de logística, comunicación, inteligencia militar, espionaje y contraespionaje, uso de armas, vehículos y explosivos, vaya, con la capacitación que sólo los soldados de élite poseen, resultó contradictoria la manera tan brutal y bárbara de asesinar y torturar a sus víctimas, y no es necesario describir las atrocidades que han hecho que este grupo criminal sea considerado el más sanguinario en la historia del crimen en México, incluso al grado de que el gobierno estadounidense lo considere una amenaza a su seguridad nacional. Cientos de publicaciones que inundan Internet y otras más de manera impresa, han dado cuenta de los colgados, desmembrados, decapitados, calcinados, cuerpos apilados en lugares transitados para mandar mensajes a sus contrincantes.
En busca de reclutas
Con lo que en 2006 era una ola de violencia pero que a estas alturas ya es un tsunami, pues los demás grupos han adoptado las formas de matar y mandar mensajes del también llamado La Última Letra, se instituyó una nueva forma de hacer nota roja. Hasta hace unos años, las atrocidades eran vistas con mayores cantidades de morbo pues eran casos extraordinarios que daban al imaginario colectivo el aliciente para sus más mórbidas fantasías. Por eso es que publicaciones como Alarma! o Semanario de lo Insólito se vendían, leían y sobretodo, se apreciaban con tal fruición, que casos como el de Diego Santoy (inocente, por cierto) eran masticados y comentados durante semanas, y no sólo por los medios de comunicación, sino por la propia sociedad que incluso planteaba teorías sobre lo sucedido, teorías que daban forma a la opinión pública en estos temas, que eran una suerte de postre a la hora de leer el periódico o ¿de qué otra forma se explica que la sección de política antecediera a la deportiva para rematar con la nota roja? Mi hipótesis es que el lector común hacía corajes con la sección política, se regocijaba con la deportiva viendo los resultados de su equipo de futbol y se daba un baño moral con la nota roja.
Alarma!, el diario de nota roja de más tradición
Eso era en los buenos tiempos de la información sanguinolenta, hoy todo ha cambiado. En primer lugar, ser reportero o periodista de nota roja se ha vuelto un oficio de alto riesgo, a menos que se haga lo que muchas agencias informativas hacen: reportar sólo el accidente automovilístico, la pelea de borrachos que acabó en un muerto y un prófugo, o la nota sobre el violador capturado o el asalto. En segundo lugar, de unos años para acá la violencia se ha democratizado de tal forma, que reportar un ejecutado o una balacera llama la atención del lector sólo si el suceso tuvo lugar en las cercanías de su domicilio o centro de trabajo, pues de otro modo ya no es novedad, sobre todo si el hecho se suscita en estados como Michoacán, Guerrero, Durango, Zacatecas, Sinaloa, Chihuahua, Jalisco, Coahuila, Tamaulipas, Morelos, Nuevo León, Baja California Norte o Veracruz, y ahí tenemos el caso Heaven, que llamó la atención porque los levantados y asesinados eran de la Ciudad de México, los levantaron en un bar de la Zona Rosa y sus cuerpos aparecieron en un rancho. Y aquí valdría preguntar por qué razón, los miles de casos de desapariciones a lo largo y ancho del país no se han resuelto de manera tan rápida y bajo tal presión televisiva; simple, porque en la Ciudad de México, un caso de esta naturaleza sí es un hecho aislado, extraordinario.

Lo anterior sirve para definir el nuevo estilo de la nota roja del que hablaba párrafos arriba. Si hace años estas notas eran la comidilla o el comentario ingenioso de la charla, la nota roja actual, cuando da cuenta de los hechos violentos relacionados con la delincuencia organizada, tiene además un uso estadístico, pues el lector asiduo a esta información o quien tenga un interés profesional o periodístico (que no es menos profesional) sabrá identificar las señales que la violencia da; por lo anterior, las víctimas dejan de cobrar importancia, pues rara vez se sabe quiénes son, por lo que el hecho violento se lee menos como un suceso extraordinario y más como el síntoma de una enfermedad social.

Bienvenido Fausto

El presente periodo de gobierno estatal se ha caracterizado por aspectos que apenas se atisbaban en el de Leonel Godoy: la incertidumbre, la ingobernabilidad, la violencia, la pésima economía, la inestabilidad política y social y el mal que ha venido a acentuar a los anteriores, el vacío de poder. En este sentido, omitiré recurrir a la ya tan trillada etiqueta de “Estado fallido” (recientemente utilizada por el obispo de Apatzingán, Miguel Patiño Velázquez), pues Michoacán no es un país, aunque ese epíteto se ha vuelto popular entre los críticos y los detractores de la actual administración; ergo, Michoacán no es fallido ni como Estado (por la aclaración anterior) ni como estado, porque, en tanto que entidad federativa, no hemos fallado los ciudadanos, lo que ha resultado fallido, ineficiente y hasta omiso es el aparato gubernamental estatal, tal como sucedió en el sexenio de Calderón a nivel federal, aspecto en el que sí se dio un auténtico Estado fallido cuyas repercusiones aún padecemos.
Sabemos de qué manera llegó Fausto Vallejo a la gubernatura, para nadie es nuevo que los poderes fácticos, como se les llama cuando se quiere ser diplomático y cuidadoso, negociaron con su equipo de campaña la gubernatura vaya usted a saber a cambio de qué, y eso se notó al ver una campaña que, a la mitad del proceso, fue de menos a más a pasos agigantados con un exorbitante gasto en propaganda y dádivas de esas que tanto gustan a los acarreados de los mítines de cualquier partido. No fue el mismo caso que el de la campaña de Silvano Aureoles, que fue de más a menos tanto económica como publicitariamente, o la de Luisa María Calderón, que en su calidad de hermana del presidente tenía todo el aparato gubernamental de su lado. Los señalamientos que Cocoa ha hecho hacia el gobierno de Fausto Vallejo no son descabellados ni se deben a que la senadora panista esté “enferma del alma”, y una prueba de ello es un audio reproducido a unos días de ese proceso electoral en el noticiero que conducía Ciro Gómez Leiva en Milenio Televisión; en esa grabación, un supuesto miembro del crimen organizado ordenaba a un operador político de Tuzantla instar a la gente a votar por el PRI. Falso o verdadero, actos como ese levantan sospechas y no se olvidan tan fácilmente.
Entre la incertidumbre ciudadana por el estado de salud del gobernador, éste se fue con licencia del Congreso y prácticamente seis meses estuvo separado del cargo. Durante ese tiempo, Jesús Reyna logró que las aguas mediáticas se apaciguaran un poco, aunque las ejecuciones y los levantones siguieron, con todo y un diputado muerto a machetazos. Pero sucedió algo interesante durante el interinato de Reyna, los autodefensas se fortalecieron, los grupos crecieron y se armaron más y mejor bajo el supuesto cobijo del Ejército y la Policía Federal. Durante ese tiempo, Reyna se dedicó a decir que no pasaba nada, que eran casos aislados.
Ahora que Fausto Vallejo vuelve al poder, la inestabilidad vuelve a imperar en Michoacán pues apenas se anunció su regreso al Solio de Ocampo, los índices de ejecuciones y enfrentamientos se dispararon, con lo cual se hicieron más obvios, toda vez que si en promedio, a nivel estatal los medios daban cuenta de uno o dos sucesos relacionados con el crimen organizado al día, ahora esa cifra se ha multiplicado, con lo que Agencia Esquema, por poner un ejemplo, diariamente da cuenta de un promedio de cinco o seis actos de esta naturaleza; y aunque los medios informativos no lo digan abiertamente, por el modus operandi, el lector fácilmente se puede dar cuenta de cuál fue el móvil, ya que al tratarse de uno o más cadáveres con rastros de tortura, maniatados, arrojados a un predio baldío o un canal o abandonados en un vehículo, con cierto tipo de vestimenta y muertos por balas de determinados calibres, es lógico pensar qué clase de asesinato se cometió, y estos rasgos permiten diferenciar entre un ajuste de cuentas o ejecución y un homicidio por intento de asalto o por viejas rencillas personales.
Lo sucedido el pasado fin de semana, cuando un grupo de comunitarios fue atacado en Apatzingán y varias gasolineras e instalaciones de la CFE también resultaron afectadas, no fue otra cosa que un mensaje al gobernador. Poniendo un poco de atención a los mensajes que el crimen organizado ha mandado al gobierno del estado a través de comunicados, panfletos y mantas, además de los videos en los que ha aparecido su líder haciendo señalamientos velados pero directos, es lógico pensar que el gobierno del estado debe favores que no ha pagado y acuerdos que no ha cumplido, ¿cuáles?, sólo los involucrados lo saben, mientras los ciudadanos vivimos en la zozobra, la incertidumbre y el miedo por no saber en qué momento habrá un ataque, una balacera o un bloqueo.

Frente a Fausto Vallejo se presenta un panorama más complicado que cuando inició su periodo, y eso se debe a diversos factores que entorpecen el ejercicio del poder. Por un lado, el descontento social por la falta de empleos y la mala economía del estado, por el otro, el hecho de que Jesús Reyna realizó cambios en la estructura del gobierno estatal, quizá pensando que alcanzaría a terminar el periodo. Pero también están los problemas con el magisterio, el hecho de estar en los primeros lugares a nivel nacional en cuanto a violaciones a los derechos humanos, las afectaciones que dejó la tormenta tropical Manuel¸ la incompetencia e indiferencia del gobierno federal para atender de forma eficiente los problemas de la entidad, los presidentes municipales que navegan solos ante la falta de recursos para detonar el desarrollo y la creación de infraestructura en los municipios que gobiernan, el Congreso local que predica en el desierto con sus exhortos, la presencia de los cárteles que se disputan el control del estado, los grupos de

autodefensa cuyos líderes han dicho muchas cosas, menos quién les proporciona armamento, vehículos y combustible o de qué privilegios gozan para andar armados con rifles de alto poder a ojos del Ejército y la Policía Federal, todo ello sumado a las sospechas y suspicacias que generó el que Jesús Reyna haya decidido abandonar el barco.
En fin, esperemos que la salud del gobernador esté plenamente restablecida, primero, porque como ser humano, obviamente que no se le desea mal alguno, pero también porque en su calidad de jefe del Ejecutivo estatal, los ciudadanos necesitamos la certeza de que hará su trabajo sin más interrupciones a fin de coadyuvar en la solución a los múltiples problemas que enfrenta el estado, que ni son pocos ni son pequeños.

25 de octubre de 2013

Ofrendas de Día de Muertos

Para Alejandra y Fer, la luz más intensa

Mientras le explicaba a mi hija de cuatro años el sentido de las ofrendas de Día de Muertos, me vino a la mente todo lo que tenemos que celebrar en esa fecha, cuántas ofrendas habría que instalar en honor a lo que muere y como aviso de lo que está muriendo. Cuántos muertos, cuántas pérdidas, cuánto qué lamentar en una época en la cual el egoísmo y la soberbia nos matan el espíritu, cuando nuestra única función en la vida debería ser buscar la felicidad, entendida ésta no como un fin, sino como un camino.
Vivimos una época funesta en la que padecemos la muerte de las más sagradas virtudes humanas: la amistad, la confianza en el otro, la fidelidad hacia nuestros principios, la congruencia, el respeto por los demás y por el entorno, la solidaridad que tanta falta hace en nuestra sociedad. Sí, quizás en casa pongamos una ofrenda para nuestros muertos humanos, para quienes ya no están; pero no ponemos una para la humanidad, no como especie, sino como conjunto de características que deberían definir nuestros actos y nuestros sentimientos.
Por un lado, hay quienes donan cinco o diez pesos para el Teletón y lloran durante la transmisión en que Televisa explota las emociones del público, horas y horas continuas de compadecer a esos menores que no han nacido o crecido en condiciones óptimas para desarrollarse, pero esa misma empresa jamás dedica un día de cobertura para transmitir los Paralímpicos; claro, con los deportistas llamados especiales no puede hacer negocio ni deducir impuestos pues no hay quién les done un centavo, ni siquiera para lavar la conciencia. Un ejemplo de tal incongruencia lo vimos recientemente en Morelia, pues mientras la primera dama de esta ciudad a diario sacaba una nota periodística tomándose la foto con los deportistas discapacitados que competirían en Morelia, nunca habló de apoyar a las familias de escasos recursos que tienen un miembro con alguna deficiencia cerebral o motriz, o con los múltiples amputados e inválidos que piden limosna en el Centro Histórico y en los muchos cruceros de esta ciudad, ¿para ellos no hay Suma de Voluntades? Una ofrenda para la congruencia.
Hace varios años, mientras buscaba un café a las 07:30 horas antes de ir a mis actividades normales de aquel entonces, a un costado de la Casa de las Artesanías, en la Plaza Valladolid, vi a una mujer de edad madura, notoriamente perturbada, descalza, semidesnuda y llena de lodo. Imaginando todo lo que le pudo haber pasado para terminar en tan lastimoso estado, llamé al 066 y pasé el reporte, pensando que las autoridades cuentan con albergues para indigentes con algún desorden mental; estuve ahí media hora y jamás llegó una patrulla, claro, era sábado por la mañana y el Centro estaba desierto. En otra ocasión, circulando a las 20:00 horas por la calle Guillermo Prieto casi en la esquina con la Avenida Nocupétaro, en El Triangulito pues, el amigo con el que iba en el carro y yo vimos cómo un hombre golpeaba a una mujer, incluso con la frente (un golpe muy doloroso, déjenme decirles). Decidimos llamar a Seguridad Pública pero al describir los hechos y la ubicación al operador, la respuesta de éste nos dejó atónitos: “¡Ah!, ha de ser de las prostis que trabajan en la zona; en este momento no hay unidades en el área pero en cuanto haya una, la mandamos”. Nosotros simplemente comentamos: “O sea que si es prostituta, ¿que la maten?”. Casos similares puede haber muchísimos, pero esos dos sirven para ejemplificar la indiferencia de las personas (sobre todo en las zonas urbanas) frente a las desgracias ajenas, pues es sabido que te pueden estar asaltando o golpeando en la vía pública y nadie, o casi nadie, hará nada; es más, acelerarán el paso y voltearán hacia otro lado con tal de no enterarse. En este tenor, siempre he considerado que ser solidario no es nada más donar víveres para los damnificados; ser solidario implica no ser indiferente hacia quienes podrían estar necesitando ayuda, desde el conductor con un neumático ponchado hasta quien perdió todo por un desastre natural. Pero hacemos uso de la solidaridad sólo cuando los medios de comunicación, sobre todo la televisión, nos dicen que ayudemos a “nuestros hermanos” de tal o cual parte, cuando en otras circunstancias no les daríamos ni agua, y entonces nos lavamos la conciencia con lágrimas de pobre. Una ofrenda para la solidaridad.
México es un país de terribles contrastes pues por un lado, tenemos al hombre más rico entre los ricos, y por otro, a muchos de los más pobres entre los pobres; lo que es peor, mientras a un asalariado del gobierno, sea enfermera, profesor o de otro rubro, la mitad de la quincena se le va en el pago de prestaciones, cuotas sindicales e impuestos, a los grandes evasores fiscales como Grupo Televisa, Grupo Walmart, Grupo Bimbo y muchas más se les condonan multimillonarias sumas de dinero cuando deberían ser los mayores contribuyentes. Es por eso que resulta insultante cuando los políticos hablan de combatir a la pobreza mientras viven con grandes privilegios, o cuando los diputados federales del PRD, comandados por Silvano Aureoles, se presumen de izquierdistas y de ser un partido cercano a la gente, pero que en realidad no son más que, como dijera Hugo Chávez, cachorros del imperio. Una ofrenda para la justicia social.
Que este Día de Muertos sirva para poner ofrendas a todo aquello que ha muerto y lo que agoniza en nuestra sociedad, incluso lo que ha abortado en ella: la equidad, el respeto, la justica en todas sus formas, la cultura, el diálogo, los derechos humanos, la democracia, la paz, la tranquilidad, la estabilidad económica, la familia como núcleo de la sociedad y como sustento emocional de los individuos, el entorno natural, la agricultura tradicional, las culturas originarias, la alternancia política, los valores de la izquierda mexicana, el derecho a estar informados, la memoria de los muertos de esta guerra entre cárteles, la ética de la clase política, la idea de mandar obedeciendo, el afán de vivir en un país donde sea posible que las personas exploten todo su potencial creativo, la certeza laboral, la espiritualidad (que no es lo mismo que religiosidad), la cortesía, la buena música, la política basada en ideologías y no en intereses de grupo o mercantiles y un largo, larguísimo y extenuante etcétera.

En fin, es tanto lo que muere en la sociedad actual que este Día de Muertos debería ser el más triste del año, pero mi hija sólo tiene cuatro y no le voy a explicar todo eso, ya lo irá descubriendo mientras crezca, lamentablemente.


18 de octubre de 2013

El poder del acarreo

“Nada es tan desalentador como un esclavo satisfecho”.
Ricardo Flores Magón



Dip. Juan Carlos Orihuela Tello
Lo decía Raúl Mejía en su columna de esta semana: “Podrá no haber método, estrategia, plan, ruta crítica, cronogramas con metas y logros precisos, pero una cosa no ha de faltar: echarle ganas”. Inicio citando a maese Mejía porque en el Congreso local (a juzgar por su página de Internet) hay una especie de contador de iniciativas, puntos de acuerdo, reformas, participaciones ante el pleno y demás actividades legislativas que cada diputado debe realizar para no pasar por holgazán, para no poner en vergüenza a su bancada o ya de plano para justificar la quincena y los privilegios con que el Legislativo dota a sus integrantes. Y es así como cada semana vemos desfilar propuestas de iniciativas o de nuevas leyes que rayan en la ocurrencia (salvo algunos casos plausibles y hasta necesarios), en el mero echarle ganas a eso de la legislada para pasar lista y cubrir la cuota de rendimiento y eficiencia que en todo trabajo se requiere para mantener el empleo.
Pues resulta que ayer vi una nota que me llamó la atención. El diputado Juan Carlos Orihuela Tello presentó una iniciativa para sancionar el acto de acarrear a menores de doce años a manifestaciones, mítines, plantones, marchas, protestas y actos públicos que atenten contra la integridad física y mental del menor. De acuerdo, totalmente de acuerdo pues yo no llevaría a mi hija a un partido de futbol que puede terminar en un enfrentamiento entre porras ya que podría salir lastimada, tampoco la llevaría a un concierto de reggaetón o una presentación de Espinoza Paz (bueno, ni yo iría) pues eso la marcaría de por vida y luego tendría que gastar en terapia psicológica para ella y para mí.
Pero el diputado no lo decía en ese sentido, él utilizó, según la nota que leí, el término “acarrear”. Para quienes no estén al tanto de lo que significa ese extraño y casi nunca visto fenómeno del acarreo, se refiere a llevar con engaños, promesas o remuneración de por medio a grupos de gente para que llenen plazas, calles, foros o urnas. Los engaños pueden ser tan simples como llevar contingentes antorchistas a una supuesta
Sofía Castro, hijastra de Peña Nieto
marcha de la organización que resultó ser el cierre de campaña de Fausto Vallejo cuando era candidato a gobernador, las promesas pueden consistir en ofrecer una torta y un refresco, la gorrita alusiva, la playera y demás afiches conmemorativos a eventos como los mítines de todos los partidos políticos, el pasado Grito de Independencia en el Zócalo o una función de El cartero, en Veracruz, puesta en escena en la que participa una hija de La Gaviota y para la que el gobierno de Javier Duarte dispuso a la plantilla laboral de la administración de ese estado a fin de cubrir las localidades vacías, que eran muchas. Por otro lado, la remuneración puede ser desde 100 pesitos por pararse y gritar un rato en el mitin, hasta una tarjeta de Soriana o 500 por voto o mil pesos en el caso de las familias de electores que sufragaran en favor de muchos que se han ostentado como legisladores, gobernadores o presidentes de la República. Todo ello utilizando como medio el acarreo.
Pero mi pregunta es ¿Por qué la iniciativa del diputado sólo incluye a menores de edad? Orihuela Tello también debería incluir el acarreo de adultos a los mítines y protestas y a los eventos presidenciales, si es que Peña Nieto se digna a venir a Michoacán para recibir el amor de su pueblo. Si yo fuera diputado propondría penalizar el proporcionar camiones, propaganda y refrigerios a los militantes de los partidos políticos con dos fines esenciales: uno, poder ver, a efectos de medición, qué candidato o qué partido realmente tienen poder de convocatoria sin dar nada a cambio, con militancia pura y comprometida para así saber realmente el peso social que la clase política tiene en este país, y para ilustrarlo pongo un ejemplo: cuando López Obrador vino a Morelia con motivo de su última campaña por la Presidencia de la República, desfilaron Lázaro Cárdenas Batel, Minerva Bautista, Raúl Morón y demás personalidades del perredismo estatal y moreliano, todos se llevaron sendas rechiflas por parte de una concurrencia cuya reducida minoría era la única que portaba banderas y playeras partidistas, pues el grueso de quienes ahí estaban lo hacían sin más consigna que el apoyo honesto al candidato presidencial, y era a quien deseaban escuchar, era por quien estaban ahí. El segundo objetivo de prohibir el acarreo en todas sus formas sería el considerable ahorro para el IFE y el IEM, y por ende, para el país y en particular para el estado, pues en México, los partidos políticos son un barril sin fondo en materia presupuestal por las partidas asignadas a cada instituto para pago de nómina, gastos, espacios en medios de comunicación y, cuando se avecina un proceso electoral, el majadero, insultante gasto en publicidad, propaganda, mapaches, operadores políticos y movilización antes y durante la contienda, lo que constituye acarreo puro.

Pero volviendo al tema de los menores acarreados aludidos por Juan Carlos Orihuela, no debemos olvidar que cuando un niño o adolescente está en un mitin político es porque sus padres lo llevaron, y ese es uno de los detonantes para que el futuro adulto adopte una postura de filiación política. Creo que el hecho de que un niño asista, siempre vigilado por los padres y sin poner en riesgo su salud, a un evento de esa naturaleza, también forma parte de su educación cívica para que desde la infancia o la adolescencia se forje con ideales que quizá se refuercen y tomen forma con el paso de los años, con la educación y la madurez que a veces da el tiempo, eso sólo si los padres son militantes comprometidos y convencidos y no cazadores de tortas y playeras.
El asunto es que, por mucho, esta iniciativa luce ocurrente, como una buena puntada de un legislador que, sin denostar su trabajo, le echa ganas a eso de legislar; y estoy seguro de que ésta, como muchas otras, pasará al archivo de las iniciativas curiosas que nunca se dictaminan aunque se pase de una Legislatura a otra, pues la mayoría de los diputados siempre tienen mejores cosas qué hacer, como lucir bien ante los medios, debatir sobre la decoración de su recinto y aprobar un presupuesto con el que los mayores beneficiados son los propios intereses de la clase política. Por lo pronto y si otra cosa no sucede seguirá existiendo la figura del acarreado de todas las edades y a cualquier precio, pues el candidato en turno debe mostrar el músculo a sus adversarios y detractores, aunque para ello gaste millonarias sumas de dinero de su partido y de simpatizantes que después cobrarán el favor, pues un político pobre es un pobre político.

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