Si algo ha
caracterizado a las actuales administraciones priistas, tanto a nivel federal
como estatal, ha sido el afán recaudatorio. La Federación, utilizando como
eslogan la recalcitrante frase “mover a México”, ha promovido reformas que van
desde lo perjudicial a un gremio en específico hasta lo lesivo a la clase
trabajadora mediante el gravamen en los impuestos, las restricciones contrarias
a toda conquista sindical y a los derechos de los trabajadores, así como el
sometimiento de Pemex al lenocinio de altos vuelos por parte del Estado
mexicano, mientras cada mes pagamos más por la gasolina y el gas, entre otras
muchas cosas.
El gobierno del
estado, por su parte, inició el presente periodo bajo el mantra de la deuda de
Godoy. De inmediato muchos presidentes municipales emanados del PRI, a fin de
eludir el clamor ciudadano que demandaba cumplimiento a las promesas de campaña
que giraban en torno a obras públicas y asistencia social, se cobijaron en la
misma letanía, y ni qué decir de aquellos municipios cuya administración
anterior había sido perredista. Cierto, durante el godoyismo muchos
funcionarios estatales y municipales, proveedores y dueños de empresas
constructoras enriquecieron de una manera que resulta un insulto a la
ciudadanía, pero también lo hicieron muchos allegados al régimen calderonista.
El asunto es que a estas alturas del periodo de gobierno sigue habiendo
presidentes municipales y funcionarios de medio pelo que siguen diciendo “no
hay recursos, es que Godoy dejó en bancarrota al estado”.

Ahora el presidente
municipal de Morelia, en una suma de voluntades vaya usted a saber con quién,
ha salido con la puntada de querer instalar parquímetros en el Centro
Histórico. Como si las dichosas cámaras de vigilancia que costaron muchos, pero
muchos millones de pesos y que han servido para maldita sea la cosa fueran
poco, ahora el gobierno moreliano quiere instalar dispositivos para los que
seguramente hay un contrato millonario.
En estos casos, las
autoridades tratan de vender a la ciudadanía las bondades del proyecto, y
recordemos los famosos semáforos inteligentes de Salvador López Orduña, que
resultaron ser una de las inversiones más estúpidas de su administración (recuerdo
uno en pleno Centro Histórico, a espaldas de Palacio de Gobierno, cuya vida
útil fue de un maravilloso -y pletórico de caos vial- día, y que ahí está,
muerto como el recuerdo de Chavo López,
pero de pie como un homenaje a la sandez).
Volviendo al tema
de los parquímetros, independientemente de lo que el estudio de factibilidad arroje
y de las consultas que el PRD, Movimiento Ciudadano y el PAN propongan y lleven
a cabo, se ha omitido el detonante de esta iniciativa: los lavacoches.
Especulemos. Si le
preguntamos a cualquier vallisoletano de esos que se sienten ultrajados por cualquier
marcha, dirá que se implementen los parquímetros, que se corra a patadas a los
lavacoches, pues se sienten dueños de las calles de la señorial Valladolid y
despojan a los ciudadanos decentes del derecho a estacionarse donde les dé la
gana. Otros, menos vallisoletanos pero más desesperados, dirán que no están de acuerdo
con la permanencia de los lavacoches, pero tampoco con la instalación de
parquímetros ya que la calle es pública y no tienen por qué pagar para
estacionarse, sobre todo si consideramos las tarifas, a veces groseras, en los
estacionamientos del primer cuadro de la ciudad.
Pero ninguna de esas
voces ciudadanas, políticas, de los medios y gubernamentales se ha detenido a
escuchar la voz de quienes, con cubeta y trapo en mano, trabajan en la vía
pública para mantener a sus familias, y si han abordado el tema, ha sido para
denostarlos y pedir que sean retirados de la calle argumentando que se han
apoderado del Centro y otras zonas de gran afluencia.

Alguna vez, don Chava, quien trabaja a un costado del
Museo del Estado, me decía: “Los del Ayuntamiento nos quieren quitar, que nos
digan dónde hay trabajo y nos retiramos de la calle; pero si no hay dónde
chambear, yo tengo que hacerle la lucha porque la familia come, viste y a veces
se enferma… y el Ayuntamiento no me va a dar”, después de 20 años lavando
coches en el Centro desde las 08:00 hasta las 22:00 horas, ya tiene una hija
odontóloga. Una cuadra más adelante, El
Güero, quien antes se desempeñaba como chofer de camiones de carga, sufrió
una lesión en la columna vertebral y la empresa para la que trabajaba lo
liquidó, así que en vista de la escasa escolaridad que posee y su incapacidad
física para realizar trabajos pesados, no tuvo más remedio que agarrar su
cubeta, su trapo y lavar coches por 25 pesos a un costado de las oficinas de la
Secretaría de Salud, dado que tiene dos hijas cuyas necesidades no esperan. Ejemplos
así hay muchos, pero los que yo he conocido son personas a quienes les puedo
dejar el carro, incluso para que lo estacionen, y jamás se me ha perdido ni
siquiera un disco compacto, quizá por lo que alguna vez me comentaba El Cantinflas: “Tengo quince años en el
Centro, mis clientes son de todos los días, ¿qué necesidad tengo de hacer
pendejadas?”.

Postdata:
Supongamos que se instalan los parquímetros, ¿cuánto tiempo da usted para que
proliferen los yoyeros como en la
Ciudad de México?