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29 de noviembre de 2013

La pertinencia de las marchas

El Centro Histérico de Morelia, el más alcohólico vallisoletano pues constantemente está tomado por cuanta razón y grupo nos podamos imaginar: normalistas, antorchistas, magisterio, trasportistas de pasaje y de carga, recolectores de basura, organizaciones de izquierda, la CUL, cualquier Casa del Estudiante con sus albergues hermanos, sindicatos de aquí y de allá, comuneros, en fin, cualquier organización capaz de mover a más de 100 personas se puede inconformar, legítimamente o no, para de ahí marchar hacia el Centro con el caos vial que ello implica. Cuando tal cosa sucede, de inmediato las voces se levantan para esgrimir las más encarnizadas críticas y vituperios hacia los manifestantes por hacerlos llegar tarde, por no encontrar estacionamiento, por arruinarles las ventas o por echarles a perder una linda tarde de ocio en cualquier café-cantina del primer cuadro de La Ciudad de las Canteras Rosas.
Pero más allá de las razones para protestar pacíficamente, salir con pancarta en mano y consignas a voz en cuello, tomar las calles, las plazas y desquiciar una ciudad, yo me pregunto qué caso real tiene manifestarse por esa vía. No soy pesimista, tampoco se me confunda con un Alejandro Vázquez cualquiera, pero en vista de la situación actual, en vista de que al gobierno y a los tres partidos mayoritarios y dos o tres de la chiquitada les importan un soberano cacahuate el descontento social y las afectaciones a la población, ¿realmente tiene sentido hacer manifestaciones pacíficas?, ¿qué caso tiene salir a las calles a poner de manifiesto que no estamos de acuerdo, que no queremos, que nos afectaría como sociedad, si de todos modos la partidocracia avala las decisiones del Ejecutivo y algunas cúpulas con prostibularia mansedumbre?
En lo que va de este sexenio se han contabilizado más de 17 mil asesinatos, que multiplicados por seis arrojan un promedio de 102 mil muertos al final del peñismo de seguir esta tendencia; el salario mínimo en México que apenas si alcanza para sólo una parte de lo más elemental de la canasta básica, el crimen organizado que controla casi todo el país, los grupos de autodefensa que toman municipios como buenos paramilitares, los feminicidios que no han cesado, los presupuestos que resultan raquíticos para municipios como Copándaro en contraste con lo que de aguinaldo se llevarán los funcionarios de primer nivel de la Federación y los legisladores de ambas cámaras, una clase política que no representa a la ciudadanía. Frente a todo eso, ¿bastan las manifestaciones pacíficas?
Sucede que las actuales manifestaciones en México, igual que los gobiernos que las provocan, tienen una cortedad de miras y objetivos tal, que por lo regular sólo quedan en lo que popularmente se conoce como llamarada de petate; es decir, se convoca a la movilización simple y sencillamente para decir que no están de acuerdo, que no quieren y que no les conviene tal o cual acción gubernamental, pero Papá Gobierno, siempre en su papel, dirá: “Es que no te pregunté si quieres o no, se va a hacer y punto”. Y por eso, pese a las manifestaciones por todo el país, las tomas, los bloqueos y los paros, el Estado deja que el pueblo haga su coraje, su berrinche, pero no se detiene en la implementación de las tonterías que se le ocurren.
A lo anterior hay que sumar que los partidos políticos han fallado pues no constituyen la representación popular que en sus estatutos se supone que son; no, los partidos políticos mexicanos son agencias de colocación, de ahí que las campañas sean grandes ferias del empleo, y por eso casi nunca se ven militantes comprometidos con un ideal, con una causa social justa; no, lo que más abunda son los militantes comprometidos con el candidato que habrá de darles trabajo (tengan o no perfil para la función pública).
Recuerdo que en 2011, a punto de concluir el proceso electoral, un allegado al candidato panista a la Presidencia Municipal de Copándaro me preguntó el funcionamiento de cada área de la administración, dado que en aquel entonces su servidor trabajaba ahí. Me cuestionó área por área, desde Codecos hasta la Secretaría Municipal pues le habían prometido empleo de ganar las elecciones; lo curioso es que no me preguntaba por salarios o importancia administrativa o política de cada puesto, lo que a mi conocido le interesaba saber era dónde se usaba menos la computadora pues él desconocía casi todo lo referente al uso de la PC. Sonrió cuando le dije “no te preocupes, ya estando ahí que te pongan una buena-secretaria-buena y tú nada más firmas”, pensando que se lo decía de corazón y no haciendo gala de mi habilidad para burlarme de cierto tipo de personas.
La anécdota anterior me sirve para ejemplificar de qué manera los partidos políticos no son más instrumentos de la democracia ni portavoces del pueblo al que se supone representan. Por eso la plana mayor del PRD en el Congreso de la Unión y desde la dirigencia nacional han prostituido los estatutos, los documentos básicos y la ideología del partido diciendo que no son una izquierda radical, que son una izquierda que dialoga, que es progresista y que busca consenso a la hora de hacer acuerdos que lesionan a la ciudadanía, a la clase trabajadora, a los obreros y a los campesinos. Entonces, si usted organiza una movilización de protesta pero no habrá representación política que recoja sus demandas y las lleve a donde se legisla, a donde se decide, ¿qué caso tiene acabarse los zapatos en marchas y desgañitarse en consignas?

Quizás ha llegado la hora, estimado lector, de salir a las calles, pero en lugar de llevar consignas y pancartas, salir con mazo en mano para demoler esas instituciones que sólo han servido para enriquecer a unos cuantos y menoscabar la economía de los mexicanos; quizá llegó el momento de derribar el aparato gubernamental, desaparecer poderes y disolver congresos para, a partir de la deconstrucción del Estado mexicano, emprender la construcción de un país más justo, más equitativo, donde a las nuevas generaciones se les inculquen valores, más que cívicos, éticos; un país con leyes más justas y menos a modo de intereses cupulares, una nación donde el humanismo predomine sobre la tecnocracia, una nación que voltee más hacia América Latina que hacia Estados Unidos, donde la distribución de la riqueza se base en principios de igualdad y bienestar social y no en intereses macroeconómicos. Pero mientras eso no suceda, las marchas, mítines y plantones sólo serán rabietas de una sociedad cuyos gobernantes simplemente seguirán haciendo lo que les venga en gana, al fin que una valla y cientos de granaderos los protegen.

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