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13 de diciembre de 2013

La crisis moral

Hace tiempo tuve un sueño, lo cuento de manera breve. Vivía con mi familia en el fraccionamiento donde actualmente habito, pero mi casa estaba situada en un extremo del desarrollo habitacional, el cual, apenas separado por una barda, colindaba colina abajo con un cinturón de miseria. En mi sueño acabábamos de llegar a vivir ahí y le dije a mi esposa que iba a conocer el rumbo, entonces agarré una bicicleta y me interné en esa colonia. Todo ese arrabal estaba lleno de casuchas de cartón, otras estaban construidas con tablas costeras y las que eran de ladrillo parecían haber sido bombardeadas. En las calles de terracería había algunos niños panzones de lombrices, semidesnudos, sucios y desnutridos que me miraban con desconfianza mientras jugaban con pedazos de juguete entre la basura y las polvaredas de la calle, los hombres y mujeres me observaban como con intenciones de algo. Mientras hacía una pausa para descansar sonó mi teléfono, era mi esposa para decirme que Juanita (la mejor regidora que ha tenido el Ayuntamiento de Copándaro) había ido a visitarnos, entonces pedalee aprisa hasta llegar a la casa.
Al entrar, visiblemente irritada Juanita me preguntó por qué había ido a ese asentamiento; “para conocer”, respondí yo y ella me increpó: “De suerte que no te mataron, esa colonia está dividida entre Zetas y Templarios y cada rato hay balaceras”. De repente se escucharon sirenas, muchas sirenas, y a zancadas subí las escaleras para asomarme por la ventana del cuarto de mi hija, que tenía vista justo hacia ese arrabal. De pronto constaté lo que Juanita me había dicho cuando una cruenta balacera se desató a 100 metros de mi casa, en tanto mi hija dormía en su cama. Recuerdo que mi esposa me dijo: “Ojalá no se meta una bala, le puede dar a Fer”, a lo que yo reaccioné acostándome entre la niña y la pared, cubriéndola con mi cuerpo para en dado caso de que una bala perdida entrara a la habitación, ser yo quien recibiera el eventual disparo.
Desperté agitado, asustado y sudando, entonces me levanté y fui a cerciorarme de que mi hija estuviera bien. Al sentir el movimiento, mi esposa despertó y me preguntó qué pasaba, le conté mi sueño con lujo de detalles, pasaba de las 03:00 horas y ella apenas si me escuchó para enseguida volver a dormirse, yo ya no pude conciliar el sueño en toda la madrugada hasta casi llegado el amanecer.
Hago este relato porque a raíz de ese sueño constantemente me pregunto qué futuro nos espera. Crecí en el campo, en un pueblo que de tan tranquilo se torna aburrido, pero el Lago de Cuitzeo era mi piscina y las parcelas y cerros de Copándaro de Galena eran mi campo de juegos. Años después aprendí lo que todos debemos saber: no usar alhajas pues son una tentación para los asaltantes, no sacar el dinero frente a desconocidos en la calle y traer sólo el necesario, no recibir una cerveza si no veo cuando la destapan, no recibir cigarros de extraños, no aceptar nada de comer en los camiones, caminar por una ciudad desconocida con la actitud de quien la conoce como la palma de su mano, no abordar taxis sin placas, no mirar fijamente a quien no conozco y toda una serie de medidas precautorias que debemos tomar en cuenta para no exponernos. Y en ese sentido es que me pregunto: ¿A qué tendrán que acostumbrarse las nuevas generaciones?, ¿de qué tendrán que aprender a cuidarse mientras crecen y cuando sean adultos?, ¿qué riesgos acecharán a nuestros hijos?
Es sumamente preocupante, por ejemplo, la información que varios medios estatales difundieron sobre una supuesta red de tráfico y prostitución de menores cuyo centro de operaciones se ubica en Morelia, eso nos demuestra que no es una ciudad segura porque no sabemos en qué momento un extraño puede estar fotografiando a nuestros niños o el destino de muchos menores que desaparecen sin que haya rastro alguno de su paradero. No me quiero imaginar el horror, la angustia, la muerte en vida de quien tiene un familiar desaparecido, sobre todo si es su hijo y peor si es un niño.
El crimen organizado no se va a detener por algunas simples y sencillas razones: mientras haya drogadictos habrá narcotraficantes, mientras haya quienes paguen por sexo habrá proxenetas, mientras existan los negocios ilícitos existirán personas dispuestas a sacar partido de ello, mientras haya políticos corruptos abundarán quienes lo aprovechen para beneficiarse económicamente; esos son hechos que se avizoran irremediables e irreversibles, al menos a corto y mediano plazos, y es que vivimos en un entorno tan hostil, tan lleno de odio y rencor que a veces pareciera que estamos todos contra todos en la absurda competencia por ser más y mejor que el otro, y por eso mucha gente se olvida de inculcar en sus hijos los valores que los hagan, más que buenos ciudadanos, buenas personas.
La sociedad atraviesa por una crisis moral en la que el mercado parece determinar el valor de las personas con base en la marcada brecha económica que divide a los diferentes estratos sociales; esa es la razón por la que la delincuencia organizada y otros males del México contemporáneo son tan difíciles de erradicar. Para muchas personas la senda delictiva es el único camino a seguir si quieren salir de la pobreza y la marginación, ya que con una preparación académica trunca y deficiente por factores que pueden ser económicos o geográficos, las oportunidades de conseguir un empleo digno, si ya de por sí son escasas para un amplio espectro de la población, para los sectores más vulnerables se nulifican, y entonces, si en el entorno familiar no se inculcaron los principios éticos apropiados (y a veces a pesar de ello), tendremos individuos que por algo de dinero estarán dispuestos a asaltar, robar, vender drogas o asesinar, y no hay corporación policiaca o fuerzas militares suficientes para erradicar la violencia pues el sistema, entendido como un todo, está podrido desde el tuétano.

Tenemos mucho trabajo pendiente y destacan dos labores fundamentales: por un lado, ser mejores nosotros, los ciudadanos de hoy, a fin de construir un entorno social y natural más benéfico basando nuestra conducta en los más altos preceptos; sólo así dejaremos un futuro mejor a nuestros hijos. Por otro lado, debemos educar a nuestros niños para que sean buenos ciudadanos, éticos, responsables y respetuosos de la ley y de sus semejantes, con conciencia social y ecológica, eso es lo que heredaremos al mundo. Sin estas dos acciones juntas todo intento será en vano, pues de nada sirve preocuparnos por dejar un mejor futuro a nuestros hijos si no nos ocupamos en dejar mejores ciudadanos para el futuro.

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