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4 de octubre de 2013

Tragamonedas en el Centro

Si algo ha caracterizado a las actuales administraciones priistas, tanto a nivel federal como estatal, ha sido el afán recaudatorio. La Federación, utilizando como eslogan la recalcitrante frase “mover a México”, ha promovido reformas que van desde lo perjudicial a un gremio en específico hasta lo lesivo a la clase trabajadora mediante el gravamen en los impuestos, las restricciones contrarias a toda conquista sindical y a los derechos de los trabajadores, así como el sometimiento de Pemex al lenocinio de altos vuelos por parte del Estado mexicano, mientras cada mes pagamos más por la gasolina y el gas, entre otras muchas cosas.
El gobierno del estado, por su parte, inició el presente periodo bajo el mantra de la deuda de Godoy. De inmediato muchos presidentes municipales emanados del PRI, a fin de eludir el clamor ciudadano que demandaba cumplimiento a las promesas de campaña que giraban en torno a obras públicas y asistencia social, se cobijaron en la misma letanía, y ni qué decir de aquellos municipios cuya administración anterior había sido perredista. Cierto, durante el godoyismo muchos funcionarios estatales y municipales, proveedores y dueños de empresas constructoras enriquecieron de una manera que resulta un insulto a la ciudadanía, pero también lo hicieron muchos allegados al régimen calderonista. El asunto es que a estas alturas del periodo de gobierno sigue habiendo presidentes municipales y funcionarios de medio pelo que siguen diciendo “no hay recursos, es que Godoy dejó en bancarrota al estado”.
La primera muestra en el estado de ese afán recaudatorio de la administración priista lo vimos el año pasado, con lo desmesurado de los recargos a quienes estaban atrasados en el pago del refrendo y tenencia vehiculares, pues ha habido dueños de automóviles que han pagado más de cinco mil pesos para ponerse al corriente. Sin embargo, vemos que a nivel federal, las grandes empresas siguen gozando de grandes y majaderas exenciones fiscales, privilegios a los que usted y yo, ciudadanos comunes (que no corrientes), asalariados que trabajamos para vivir, no tenemos acceso.
Ahora el presidente municipal de Morelia, en una suma de voluntades vaya usted a saber con quién, ha salido con la puntada de querer instalar parquímetros en el Centro Histórico. Como si las dichosas cámaras de vigilancia que costaron muchos, pero muchos millones de pesos y que han servido para maldita sea la cosa fueran poco, ahora el gobierno moreliano quiere instalar dispositivos para los que seguramente hay un contrato millonario.
En estos casos, las autoridades tratan de vender a la ciudadanía las bondades del proyecto, y recordemos los famosos semáforos inteligentes de Salvador López Orduña, que resultaron ser una de las inversiones más estúpidas de su administración (recuerdo uno en pleno Centro Histórico, a espaldas de Palacio de Gobierno, cuya vida útil fue de un maravilloso -y pletórico de caos vial- día, y que ahí está, muerto como el recuerdo de Chavo López, pero de pie como un homenaje a la sandez).
Volviendo al tema de los parquímetros, independientemente de lo que el estudio de factibilidad arroje y de las consultas que el PRD, Movimiento Ciudadano y el PAN propongan y lleven a cabo, se ha omitido el detonante de esta iniciativa: los lavacoches.
Especulemos. Si le preguntamos a cualquier vallisoletano de esos que se sienten ultrajados por cualquier marcha, dirá que se implementen los parquímetros, que se corra a patadas a los lavacoches, pues se sienten dueños de las calles de la señorial Valladolid y despojan a los ciudadanos decentes del derecho a estacionarse donde les dé la gana. Otros, menos vallisoletanos pero más desesperados, dirán que no están de acuerdo con la permanencia de los lavacoches, pero tampoco con la instalación de parquímetros ya que la calle es pública y no tienen por qué pagar para estacionarse, sobre todo si consideramos las tarifas, a veces groseras, en los estacionamientos del primer cuadro de la ciudad.
Pero ninguna de esas voces ciudadanas, políticas, de los medios y gubernamentales se ha detenido a escuchar la voz de quienes, con cubeta y trapo en mano, trabajan en la vía pública para mantener a sus familias, y si han abordado el tema, ha sido para denostarlos y pedir que sean retirados de la calle argumentando que se han apoderado del Centro y otras zonas de gran afluencia.
El asunto es que no son bichos raros ni una parte más del paisaje urbano, son una muestra de los millones de mexicanos que laboran en la informalidad ante la falta de oportunidades para conseguir un trabajo digno, pues sabemos que en este país los empleos son escasos y en la mayoría de las ocasiones mal pagados, y algunos en el estado dirían que por la deuda que dejó Godoy, pero muchos más asegurarán que esta situación se debe a la incompetencia del gobierno para detonar el desarrollo en un clima de inseguridad y franca desaceleración económica.
Alguna vez, don Chava, quien trabaja a un costado del Museo del Estado, me decía: “Los del Ayuntamiento nos quieren quitar, que nos digan dónde hay trabajo y nos retiramos de la calle; pero si no hay dónde chambear, yo tengo que hacerle la lucha porque la familia come, viste y a veces se enferma… y el Ayuntamiento no me va a dar”, después de 20 años lavando coches en el Centro desde las 08:00 hasta las 22:00 horas, ya tiene una hija odontóloga. Una cuadra más adelante, El Güero, quien antes se desempeñaba como chofer de camiones de carga, sufrió una lesión en la columna vertebral y la empresa para la que trabajaba lo liquidó, así que en vista de la escasa escolaridad que posee y su incapacidad física para realizar trabajos pesados, no tuvo más remedio que agarrar su cubeta, su trapo y lavar coches por 25 pesos a un costado de las oficinas de la Secretaría de Salud, dado que tiene dos hijas cuyas necesidades no esperan. Ejemplos así hay muchos, pero los que yo he conocido son personas a quienes les puedo dejar el carro, incluso para que lo estacionen, y jamás se me ha perdido ni siquiera un disco compacto, quizá por lo que alguna vez me comentaba El Cantinflas: “Tengo quince años en el Centro, mis clientes son de todos los días, ¿qué necesidad tengo de hacer pendejadas?”.
Para concluir, ojalá la opinión pública tome conciencia de que la labor de los lavacoches del Centro no es para ser vista como algo nocivo, pues dudo que un parquímetro vaya a hacer lo que ellos hacen por los automovilistas que nos hemos vuelto sus clientes y quienes eventualmente acuden al Centro Histórico. Es por eso que prefiero dar una propina a cualquiera de ellos o pagar el lavado del carro que regalarle mis fondos al Ayuntamiento a través de una máquina tragamonedas diseñada para recaudar dinero, pues es sabido que las calles donde hay lavacoches son las más seguras para dejar el carro, ¿no me cree?, haga la prueba.
Postdata: Supongamos que se instalan los parquímetros, ¿cuánto tiempo da usted para que proliferen los yoyeros como en la Ciudad de México?

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