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23 de junio de 2013

El nuevo narcocorrido

Hace unas semanas, en diversos medios locales se publicó la nota sobre un adolescente de secundaria que tras propinarle una golpiza a uno de sus compañeros, pretendió extorsionar a su joven víctima. Inicio recordando esta penosa nota porque de inmediato, muchas voces se alzaron contra el bullying, contra nuestro fallido sistema educativo, criticando el hecho de que el suceso tuvo lugar en una colonia más o menos marginal de la ciudad de Morelia, esgrimiendo críticas contra el deficiente sistema de valores éticos y morales que se le está inculcando a nuestros niños y jóvenes. Estos pueden o no ser factores determinantes, aunque la propensión existe, y más si tomamos en cuenta qué clase de entretenimiento tienen los niños y adolescentes de algunos sectores de la población.
De unos años para acá, el narcocorrido, aquel género iniciado en los años 70 con Los Tigres del Norte, dio un giro radical que ayudó a que cobrara nuevo auge entre varios estratos sociales, no sólo el rural o el urbano económicamente vulnerable. Desde la década pasada, el narcocorrido dejó de narrar la trágica muerte de un traficante (recordemos que a Emilio Varela lo mató Camelia La Texana y que La Banda del Carro Rojo murió masacrada por los Rinches de Texas). Con el surgimiento de grupos como Los Razos, Los Originales de San Juan o Los Tucanes de Tijuana, tomó auge una idea: el crimen paga y a veces en dólares, muchos dólares.
Aunque con el duranguense y otras abominaciones gruperas el corrido se vio opacado, en 2009 surgió un subgénero de la música vulgar mexicana: el llamado Movimiento Alterado.
Con ritmos que asemejan mucho al zydeco (género folclórico del sureste de Estados Unidos cuyo distintivo es el virtuosismo de los acordeonistas) y letras agresivas, el Movimiento Alterado -nacido en Sinaloa- muestra lo más crudo del crimen organizado: balaceras, degollados, desmembrados, ejecuciones, levantones, extorsión, secuestro y todo ese largo etcétera del que a veces los medios no dan cuenta. Como muestra, basta escuchar “Las sombras de la muerte”, de Gabriel Silva: “Espectáculos de bombardeadas / incorporan satánicas granadas / torturas y rafagueadas / colección de cabezas mochadas / dejando en historias los hechos / pa’ que queden bien grabadas” (aclaro: sic).
Y ojalá sólo describieran esto, lamentablemente, como decía más arriba, el narcocorrido da la idea de que el crimen paga en dólares, y basta con que un adolescente sepa que no tiene oportunidades de progresar por la vía legal para, más tarde que temprano, caer seducido ante el embrujo del dinero fácil, la vida rápida y entrar a ese universo donde a todo se le acomoda el prefijo “narco”: narcocamionetas, narcofiestas, narcodólares, narconovias, narcocasas. Existencia rápida en la que saben que su vertiginosa vida útil será de cuando mucho cinco años, pues al cabo de ese tiempo o antes, o van a dar a la cárcel o acaban nutriendo aún más las cifras negras de los últimos siete años.
Ahora, ¿qué pasa con estos cautivos de la pobreza y la ignorancia que desde muy temprana edad delinquen?: es demasiado fácil que caigan en las garras de delincuentes que con mucha facilidad y algo de dinero los convertirán en halcones, después empezarán a distribuir al menudeo; si todo sale según la regla, pronto serán pistoleros entrenados por el mismo grupo delictivo que los reclutó (recordemos al Monchis, el tristemente célebre Niño Sicario), dando a estos desposeídos una identidad regional casi de manera religiosa, tal es el caso de Michoacán y sus grupos locales, como lo describe este corrido de la Banda Imperio: “Los Templarios sólo quieren / lo mejor para su gente, / combatir las extorsiones / y evitar que los secuestren. / Morelia está controlado / y también Apatzingán, / ya llegaron Los Templarios / y nadie los va a sacar”.

Al tener acceso a toda esta música a través de Internet, sumado a que los padres muchas veces no tienen el criterio para imponer reglas en cuanto a qué escuchan, qué leen (si es que lo hacen) y qué ven sus hijos, sucede algo similar a lo que le pasaría a un niño que desde los seis años ve pornografía: en el mejor de los casos será un masturbador compulsivo, pero también puede ser un violador. Igual sucede al exponer a los menores a este tipo de manifestaciones de la creatividad y el show bussiness: o termina imitando este tipo de actividades, como el púber de secundaria del que hablaba al inicio, o termina reclutado por algún grupo delictivo. Aunque tampoco hay que ser tan alarmista, pues en la mayoría de los casos, estos adolescentes sólo terminan siendo personas con pésimos gustos musicales y nula sensibilidad hacia la nota roja.

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