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23 de abril de 2009

Cuando juega la Selección, pongo una película

Cada que pienso en la Selección Mexicana de Futbol, recuerdo un par de películas: México año 2000, en la que Héctor Lechuga nos muestra un México utópico en tanto que primera potencia económica, científica, cultural, tecnológica y deportiva a nivel mundial; un México en el que la gente prefiere quedarse en el campo pues ahí tienen todas las oportunidades de una buena vida. Pero después de recordar esa película, el desasosiego me invade al recordar una cinta basada en la canción de Chava Flores y que lleva el mismo emblemático nombre de A qué le tiras cuando sueñas mexicano. En este filme se evidencia que soñar no cuesta nada, pero tratar de realizar esos sueños nos puede costar hasta la camisa.
Siempre que se avecina un partido de la Selección, los medios despiertan en la audiencia una exacerbada pasión por el “Tri”, alimentada por el perenne nacionalismo y la vana esperanza de ese México año 2000 en el que los futbolistas mexicanos valen lo que cuestan (cualquier parecido con la Cámara de Diputados es mera coincidencia). Llega el encuentro y sólo vemos a los jugadores que tan elocuentemente describiera un aficionado en un bar: se enojan porque no los convocan y cuando están ahí valen madre.
Directores técnicos van y vienen y cuando la Selección pierde, al entrenador en turno se le piden cuentas, se le despide y la Federación Mexicana de Futbol trae a otro con la esperanza de que éste sí tenga una varita mágica que con un hechizo desaparezca la mediocridad del futbolista mexicano que se conforma con ganarle a Trinidad y Tobago, empatar con Costa Rica y dar lo mejor de sí contra Estados Unidos.
En cualquier otro rubro podríamos decir que México no puede competir contra las grandes potencias por rezago tecnológico, educativo o económico. Pero en el futbol los equipos de Primera División pagan a sus jugadores sueldos exorbitantes; vaya, no sucede como con los deportistas olímpicos, que tienen la necesidad de dedicarse a otra cosa por lo que no se pueden enfocar al cien por ciento, lo cual no permite exigirles más. El futbolista de Primera División, por el contrario, sólo se dedica a jugar y se le paga muy bien por ello.
También hay deportes que por cuestiones culturales, geográficas y hasta económicas no son muy populares en México, por lo tanto, al haber pocos practicantes, las posibilidades de destacar en los circuitos internacionales se ven mermadas. ¿Cuántos golfistas o esquiadores profesionales hay en México? Y de los existentes ¿cuántos destacan en el ámbito internacional? La pregunta se responde a sí misma en lo mencionado más arriba. Pero en el futbol, que es el deporte más visto en México, el deporte que más practican niños, jóvenes, mujeres y personas de la tercera edad, es paradójico que a nivel internacional ofrezca resultados tan paupérrimos. Y aun así esto no sería pretexto pues Estados Unidos, que nunca ha tenido una cultura futbolística como en nuestro país, destaca más.
Recuerdo que en un programa de televisión, Jorge Vergara, antiguo presidente de Las Chivas, decía que el problema del futbol mexicano es la mentalidad conformista de los jugadores –y por desgracia tenía razón–. La Selección se conforma con hacer un papel digno (a veces de lástima) y lograr un empate. Y no importa a cuantos directores técnicos traigan, no importa si es el más caro y prestigiado del mundo o el maestro de Educación Física de cualquier secundaria pública, mientras la mentalidad de los jugadores no cambie, los resultados serán los mismos.
Si a los seleccionados mexicanos se les pagara lo que valen, estarían ganando el salario mínimo ya que, estoy seguro, en el futbol llanero puede haber gente más comprometida y quizá hasta mayor nivel que las luminarias del “tri de mi corazón”. Y es por eso, estimado lector, que cada que hay un partido de la Selección Mexicana, prefiero poner una película.

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