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10 de septiembre de 2007

Observa glúteos

Caminar siempre le había resultado un fastidio, odiaba el sudor y amaba el sedentarismo pero, después de su segundo infarto, se vio en la necesidad de romper con sus estáticas costumbres. Ese día, mientras esperaba ser dado de alta en el hospital, se entretenía viendo a la enfermera cuyo voluptuoso reverso trascendía la fealdad del uniforme. Cuando el doctor entró se sintió aliviado: podía volver a su trabajo de oficina, a su coche con las dos horas de trayecto y buena música rumbo a su casa.
Mientras el doctor recitaba las indicaciones, Baldo no dejaba de ver a la enfermera. El médico, al notar la distracción, dio dos palmadas en el colchón que hicieron a Baldo salir de la enajenación.
–Y dígame, ¿qué hay de su vida sexual?
– ¿Es necesario que se lo diga?
–Sí, para tener su cuadro completo.
–Pues, no hay tal –respondió Baldo casi en un susurro.
–Mire, tiene que hacer más ejercicio, caminar al menos media hora al día y verá cómo recupera el vigor. Es más, le recomiendo que vaya a caminar al parque que está a dos cuadras de aquí, en la tarde se pone bueno –dijo el doctor señalando a la enfermera con los ojos.
Al día siguiente, compró tenis y tres trajes deportivos y fue al parque con la intención de caminar única y exclusivamente la media hora prescrita por el doctor. A medida que caminaba, su respiración se agitaba y de su frente escurría más sudor a cada paso, el calor se hacía insoportable. Se quitó la sudadera y se sentó junto a un árbol, tenía que recuperar el aliento. Jadeó y se quejó durante cinco minutos hasta que, al alzar la vista, divisó a la enfermera cuya ropa ajustada dejaba apreciar a la perfección toda esa belleza que el uniforme apenas insinuaba. Quería verla de cerca (específicamente el trasero) así que se puso de pié y comenzó a seguirla. Estaba a sólo tres metros de de ella cuando, de manera gradual, la enfermera aceleró el paso hasta que la caminata se volvió trote y el trote, carrera. La perdió de vista, pensó correr tras ella pero la condición de Baldo no daba para más.
Durante los días siguientes acudió sin falta al parque, le gustaba caminar tras la enfermera hasta que ésta aumentaba la velocidad. Si la enfermera no iba o Baldo la perdía de vista, volteaba hacia todos lados hasta que aparecía otra mujer de nalgatorio atractivo y caminaba tras ella. Así, los treinta minutos iniciales se habían convertido en días enteros hasta entrada la noche.
Ver a esas mujeres lo hacía sentir bien, siempre que iba tras un buen par de glúteos su respiración y pulso se aceleraban pero no como antes, ahora sentía una corriente eléctrica subiendo desde su entrepierna hasta el pecho. Al caminar tras una mujer, la excitación lo invadía; cuando la perdía de vista se sentaba junto al árbol más cercano para sentir cómo su erección se intensificaba al grado de que muchas veces tenía que meter la mano bajo la ropa para descargar todas esas imágenes.
Pasaron tres meses y poco le faltaba para vivir en el parque, pero ver y desfogarse manualmente ya no era suficiente, necesitaba más. Muchas veces pensó en acercarse a cualquiera de las mujeres que iban al parque pero ¿qué oportunidad tenía si era viejo, feo y con el carisma y la frescura de una roca? Había mujeres de su edad que podían no ser feas pero cuando las veía de cerca, se desilusionaba al notar que carecían de aquello que a él le interesaba o si lo tenían, no eran de la redondez y firmeza de los veinticinco años.
En sus masturbaciones, se veía a sí mismo acariciando las nalgas de una mujer hermosa, que por lo regular era la enfermera del hospital. Al andar tras una mujer, Baldo sólo pensaba en cómo podía ser al tacto, imaginaba la tersa piel, el músculo suave, la tibieza y hasta el tipo de prenda que cubriría la desnudez de aquella mujer. Por primera vez en su vida, Baldo sentía una incontenible urgencia sexual.
Una tarde, mientras caminaba tras una adolescente, vio a una mujer que, agachada con las piernas rectas, acomodaba los cordones de los tenis. Caminó hacia ella para ver mejor y, al acercarse, vio que era la enfermera, quien ese día llevaba puesta una licra blanca que dejaba traslucir la pequeña tanga que usaba. Baldo suspiró, la mujer estaba en una posición sumamente vulnerable, sintió cómo la fuerza de gravedad atraía su mano hacia ese culo. Lo pensó dos segundos, vio los posibles puntos de huida por donde sería lo menos visto posible, verificó que no hubiera gente cerca y lo hizo. El ligero roce que había planeado se convirtió en un fuerte apretón que hizo saltar a la enfermera. Baldo estaba por emprender el escape cuando una mano lo sujetó por la muñeca, de inmediato sintió un pie entre los suyos y la dureza del suelo en la cara. Lo que Baldo no sabía, era que la enfermera, además del trabajo en el hospital, practicaba karate desde los seis años y que, incluso, había sido semifinalista en un par de competencias locales.

1 comentario:

  1. No entendi tu argumento para salvarse del corazon se volvio un pervertido? que miedo me da ese hombre de tu historia pero asi como la persona de tu relato son muchos que no pueden aceptar a las mujeres de su edad solo pensar en nalgas firmes como si ellos lo tuvieran asi jeje

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