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14 de julio de 2007

Tolerancia cero, incongruencia total

Ser homosexual no debe de ser fácil, tomando en cuenta la idiosincrasia mexicana y más específicamente la moreliana. Un homosexual, al reconocerse como tal, debe sortear varios obstáculos situados en el lugar donde más fácil debería ser estar: su entorno: familia, amigos, escuela, trabajo, vecindario. Lamentablemente, y en pleno siglo XXI, la discriminación aún es pan de todos los días para muchos que son de diferente raza, religión, estrato social, nivel educativo, facultades físicas, capacidad mental y preferencia sexual, diferencias cuyo referente es, por lo regular, el promedio de la población en un lugar determinado.
Es común que un grupo que históricamente ha sido discriminado, albergue resentimiento y odio hacia aquellos que los excluyeron y vilipendiaron. Ese resentimiento se va acumulando hasta que el discriminado adopta hacia su agresor exactamente la misma actitud excluyente y ofensiva; por ejemplo, barrios negros en Estados Unidos donde un caucásico o hispano no es bien recibido, grupos religiosos que no toleran a gente de cultos distintos, colonias populares donde el rico es considerado enemigo y al fresa se le ve con desprecio, feministas que odian a los hombres y, entre otros, cafés gay donde ser heterosexual es una obscenidad. Y es que, aunque la marginación disminuya, de todos modos queda el complejo, una clásica actitud de víctima enojada.
Para ejemplificar esto, pongamos un caso que para algunas personas quizá resulte anecdótico. A un lugar cuyo concepto siempre ha sido el de café gay, un día llega una pareja heterosexual con la simple finalidad de tomar algo en un lugar tranquilo. Siendo una pareja con una relación sentimental de por medio, el comportamiento es de esperarse: manos entrelazadas, cercanía de rostros mientras hablan, incluso un beso cada en cuado. En la mesa de a lado, dos lesbianas dejan ver su indignación con miradas desaprobatorias, comentarios hirientes e indirectas. Así hasta que una de ellas va y se queja con el dueño del establecimiento por permitir que una pareja como esa esté en un lugar que, se supone, es exclusivo de un tipo de personas en particular. Para evitar altercados y debido a la incomodidad de la situación, la pareja heterosexual decide ir directamente a la caja y pagar su cuenta a fin de salir de ahí lo antes posible. Mientras caminan hacia la salida, ya no sólo son las personas quienes se habían quejado, ahora todos los clientes del lugar murmuran y les lanzan miradas inquisidoras mientras el dueño del local explica a la quejosa que mientras se respete al lugar y a los demás clientes, no importa la preferencia sexual de las personas.
Es verdad que la marginación sigue existiendo pero la pregunta es: ¿dónde termina la marginación y empieza la automarginación? Y es que alguien que se sabe vulnerable o ha sido excluido, al final adopta exactamente la misma postura: para no ser discriminado, discrimina primero; para no ser ofendido, es el que lanza la primera piedra. También es verdad que se ha avanzado mucho a pesar de vivir en una sociedad que en algunos aspectos puede llegar a ser extremadamente conservadora pero no hay que retroceder, no hay que avanzar un paso adelante y dar dos hacia atrás. También es cierto que no todos los homosexuales actúan de manera tan retrógrada pero, lamentablemente, una minoría puede entorpecer los pasos de la mayoría.
Alguna vez leí en una revista un artículo sobre el clóset, la autora llegaba a la conclusión de que salir del clóset no es meterse a un bar gay y ahí besar a la pareja, por que a final de cuentas ese es otro clóset, sólo que colectivo; salir del clóset tampoco es ver con desprecio a quien no está en el ambiente, mucho menos lo es discriminar a quien tiene una inclinación heterosexual. Salir del clóset es, creo, reconocerse sin dejar de reconocer a los otros, es tener la suficiente madurez para ser y dejar ser con total y plena libertad. Qué bueno sería que cualquier pareja pudiera llegar a cualquier establecimiento y demostrar su mutuo afecto sin que nadie fuera a quejarse con el dueño, sin que nadie se molestara.
Finalmente, la automarginación para excluir a los otros no es la solución, hay que ser congruente y no defender nada más lo que nos conviene (“viva la diferencia, pero sólo la mía por que la tuya está mal”). No basta dar y exigir tolerancia, la tolerancia es una miga de pan que se le da al pordiosero, hay que dar y ganarse el respeto, la aceptación y la inclusión as que como ciudadanos tenemos derecho. Vaya, considero que ya va siendo la hora de madurar como sociedad y como individuos porque esa el la única manera de salir del rezago cultural al que la ignorancia y los prejuicios nos han condenado.

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