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18 de octubre de 2013

El poder del acarreo

“Nada es tan desalentador como un esclavo satisfecho”.
Ricardo Flores Magón



Dip. Juan Carlos Orihuela Tello
Lo decía Raúl Mejía en su columna de esta semana: “Podrá no haber método, estrategia, plan, ruta crítica, cronogramas con metas y logros precisos, pero una cosa no ha de faltar: echarle ganas”. Inicio citando a maese Mejía porque en el Congreso local (a juzgar por su página de Internet) hay una especie de contador de iniciativas, puntos de acuerdo, reformas, participaciones ante el pleno y demás actividades legislativas que cada diputado debe realizar para no pasar por holgazán, para no poner en vergüenza a su bancada o ya de plano para justificar la quincena y los privilegios con que el Legislativo dota a sus integrantes. Y es así como cada semana vemos desfilar propuestas de iniciativas o de nuevas leyes que rayan en la ocurrencia (salvo algunos casos plausibles y hasta necesarios), en el mero echarle ganas a eso de la legislada para pasar lista y cubrir la cuota de rendimiento y eficiencia que en todo trabajo se requiere para mantener el empleo.
Pues resulta que ayer vi una nota que me llamó la atención. El diputado Juan Carlos Orihuela Tello presentó una iniciativa para sancionar el acto de acarrear a menores de doce años a manifestaciones, mítines, plantones, marchas, protestas y actos públicos que atenten contra la integridad física y mental del menor. De acuerdo, totalmente de acuerdo pues yo no llevaría a mi hija a un partido de futbol que puede terminar en un enfrentamiento entre porras ya que podría salir lastimada, tampoco la llevaría a un concierto de reggaetón o una presentación de Espinoza Paz (bueno, ni yo iría) pues eso la marcaría de por vida y luego tendría que gastar en terapia psicológica para ella y para mí.
Pero el diputado no lo decía en ese sentido, él utilizó, según la nota que leí, el término “acarrear”. Para quienes no estén al tanto de lo que significa ese extraño y casi nunca visto fenómeno del acarreo, se refiere a llevar con engaños, promesas o remuneración de por medio a grupos de gente para que llenen plazas, calles, foros o urnas. Los engaños pueden ser tan simples como llevar contingentes antorchistas a una supuesta
Sofía Castro, hijastra de Peña Nieto
marcha de la organización que resultó ser el cierre de campaña de Fausto Vallejo cuando era candidato a gobernador, las promesas pueden consistir en ofrecer una torta y un refresco, la gorrita alusiva, la playera y demás afiches conmemorativos a eventos como los mítines de todos los partidos políticos, el pasado Grito de Independencia en el Zócalo o una función de El cartero, en Veracruz, puesta en escena en la que participa una hija de La Gaviota y para la que el gobierno de Javier Duarte dispuso a la plantilla laboral de la administración de ese estado a fin de cubrir las localidades vacías, que eran muchas. Por otro lado, la remuneración puede ser desde 100 pesitos por pararse y gritar un rato en el mitin, hasta una tarjeta de Soriana o 500 por voto o mil pesos en el caso de las familias de electores que sufragaran en favor de muchos que se han ostentado como legisladores, gobernadores o presidentes de la República. Todo ello utilizando como medio el acarreo.
Pero mi pregunta es ¿Por qué la iniciativa del diputado sólo incluye a menores de edad? Orihuela Tello también debería incluir el acarreo de adultos a los mítines y protestas y a los eventos presidenciales, si es que Peña Nieto se digna a venir a Michoacán para recibir el amor de su pueblo. Si yo fuera diputado propondría penalizar el proporcionar camiones, propaganda y refrigerios a los militantes de los partidos políticos con dos fines esenciales: uno, poder ver, a efectos de medición, qué candidato o qué partido realmente tienen poder de convocatoria sin dar nada a cambio, con militancia pura y comprometida para así saber realmente el peso social que la clase política tiene en este país, y para ilustrarlo pongo un ejemplo: cuando López Obrador vino a Morelia con motivo de su última campaña por la Presidencia de la República, desfilaron Lázaro Cárdenas Batel, Minerva Bautista, Raúl Morón y demás personalidades del perredismo estatal y moreliano, todos se llevaron sendas rechiflas por parte de una concurrencia cuya reducida minoría era la única que portaba banderas y playeras partidistas, pues el grueso de quienes ahí estaban lo hacían sin más consigna que el apoyo honesto al candidato presidencial, y era a quien deseaban escuchar, era por quien estaban ahí. El segundo objetivo de prohibir el acarreo en todas sus formas sería el considerable ahorro para el IFE y el IEM, y por ende, para el país y en particular para el estado, pues en México, los partidos políticos son un barril sin fondo en materia presupuestal por las partidas asignadas a cada instituto para pago de nómina, gastos, espacios en medios de comunicación y, cuando se avecina un proceso electoral, el majadero, insultante gasto en publicidad, propaganda, mapaches, operadores políticos y movilización antes y durante la contienda, lo que constituye acarreo puro.

Pero volviendo al tema de los menores acarreados aludidos por Juan Carlos Orihuela, no debemos olvidar que cuando un niño o adolescente está en un mitin político es porque sus padres lo llevaron, y ese es uno de los detonantes para que el futuro adulto adopte una postura de filiación política. Creo que el hecho de que un niño asista, siempre vigilado por los padres y sin poner en riesgo su salud, a un evento de esa naturaleza, también forma parte de su educación cívica para que desde la infancia o la adolescencia se forje con ideales que quizá se refuercen y tomen forma con el paso de los años, con la educación y la madurez que a veces da el tiempo, eso sólo si los padres son militantes comprometidos y convencidos y no cazadores de tortas y playeras.
El asunto es que, por mucho, esta iniciativa luce ocurrente, como una buena puntada de un legislador que, sin denostar su trabajo, le echa ganas a eso de legislar; y estoy seguro de que ésta, como muchas otras, pasará al archivo de las iniciativas curiosas que nunca se dictaminan aunque se pase de una Legislatura a otra, pues la mayoría de los diputados siempre tienen mejores cosas qué hacer, como lucir bien ante los medios, debatir sobre la decoración de su recinto y aprobar un presupuesto con el que los mayores beneficiados son los propios intereses de la clase política. Por lo pronto y si otra cosa no sucede seguirá existiendo la figura del acarreado de todas las edades y a cualquier precio, pues el candidato en turno debe mostrar el músculo a sus adversarios y detractores, aunque para ello gaste millonarias sumas de dinero de su partido y de simpatizantes que después cobrarán el favor, pues un político pobre es un pobre político.

11 de octubre de 2013

Parquímetros, necedad institucional

Hace una semana pensé que frente a la oposición de la sociedad y diferentes actores políticos, la iniciativa municipal de los parquímetros quedaría en una iniciativa malograda; me equivoqué. En estos días, el Ayuntamiento de Morelia ha dicho -a través de varios funcionarios- que la medida no es recaudatoria, que es para darle movilidad al Centro, que es para incentivar el uso de medios de transporte alternos, que es para quitarle el control de las calles a los lavacoches, que es para cuidar el medio ambiente, que es para mejorar la imagen del primer cuadro de la ciudad y toda una perorata que me recuerda a Jesús Reyna cuando dice que Michoacán está en santa paz.
Cristina Portillo Ayala
Vámonos por puntos. Que la medida no es recaudatoria. En una nota de Patricia Monreal publicada el jueves 10 de octubre por este diario, se citan las declaraciones de la diputada perredista Cristina Portillo, quien ofreció datos interesantes. Entre lo que mencionó la legisladora local, resalta que serían 250 parquímetros para tres mil 775 cajones de estacionamiento, cobrando diez pesos por una hora y operando durante mediodía, lo que nos arroja un saldo de 453 mil pesos diarios, doce millones al mes y la nada despreciable recaudación anual de 163 millones de pesos, sumando las infracciones a quienes se pasen del tiempo establecido en el dispositivo o se estacionen en lugares prohibidos, que ya de por sí son muchos, tomando en cuenta el posible arrastre de la grúa y el pago por el corralón. No sé en Wililandia, pero de donde yo vengo a eso se le llama recaudar dinero, y si no es así, quiere decir que la concesionaria se quedaría con esos millones anuales, tantito peor; quizá por esa razón la empresa Factiblidad Urbana Total no cobró por el proyecto y el pobre Ayuntamiento se dejó envolver, como cuando un constructor patito vendió a Springfield un monorriel; sí, hablo de Los Simpson.
Que los parquímetros coadyuvarían a dar movilidad al Centro Histórico. El primer cuadro de la ciudad es un caos por donde se le mire, excepto entre la media noche y la madrugada. La falta de movilidad en el Centro no es a causa de los carros estacionados que no pagan, pues con los parquímetros seguiría habiendo vehículos aparcados, sólo que estarían generando los ingresos mencionados en el párrafo anterior. El asunto de la movilidad se resolvería, en primera instancia, de tres formas: cambiando el tipo de unidades del transporte público pues muchas, como las combis, son bastante pequeñas, por lo que, así vayan saturadas, llevan pocos pasajeros en comparación con la capacidad de transporte de un camión. En segundo lugar, en vista de que muchas vialidades del Centro Histórico son demasiado estrechas como para la circulación de camiones, se volvería necesario sacar al transporte público del primer cuadro de la ciudad, al menos de las calles Guillermo Prieto, Galeana, Abasolo, El Nigromante, Ocampo, Allende, Virrey de Mendoza y Morelos, permitiendo el paso sólo a automóviles particulares y taxis, pero el Ayuntamiento se enfrentaría a un gran problema gangsteril: Pasalagua y similares. Y en tercer lugar, que los operadores de las susodichas unidades y los pasajeros que las abordan aprendan a respetar la paradas establecidas, evitando subir y bajar donde les pega la soberana voluntad.
Que con los parquímetros se incentivaría el uso de medios de transporte alternos. Vivo en la salida a Quiroga, si me pongo en sintonía con el Ayuntamiento y decido dejar mi carro para ir al primer cuadro, tendría que pagar el camión que me saca del fraccionamiento y la combi que me lleva al Centro, quince pesos por un viaje de casi tres cuartos de hora, nada más de ida. Ahora supongamos que voy con mi familia, 45 pesos por 45 minutos de lentitud, sumando los baches de los carriles laterales de la Avenida Madero Poniente; si agregamos el regreso, son 90 pesos. Mi carro se gasta 50 pesos en gasolina de ida y vuelta, y esos 45 minutos de trayecto se convierten en 25 minutos de viaje cómodo y seguro. Ah, pero el hache Ayuntamiento habla de la bicicleta como medio de transporte, y yo pregunto, si usted vive en la Zona Conurbada (ya en Tarímbaro), en la salida a Charo o hacia donde su servidor tiene su morada, ¿se arriesgaría a irse en bicicleta al Centro? Lo siento pero en esta ciudad hay demasiados cafres como para andar en bicicleta.
Que los parquímetros ayudarían en materia ambiental. Las unidades que más contaminan en Morelia son las de carga y los microbuses, no los automóviles particulares, al menos no en la misma medida. Si realmente se quiere hacer algo contra las emisiones de los automotores, deberían empezar mejorando el parque vehicular del transporte público, pues aunque hay rutas como la Rosa, cuyas unidades son seminuevas y en buen estado, hay casos lastimosos como las rutas Alberca, Santa María, Panteón y Ruta 1, carros que ya deberían ser dados de baja debido a las grandes emisiones que, con las de camiones de carga que circulan por toda la ciudad, inundan a Morelia de smog y ruido. ¿Por qué no mejor, en lugar de hacerle al wanna be, se buscan mecanismos para renovar el parque vehicular de estas rutas que rodean y atraviesan la ciudad?, ¿o con los 163 millones de pesos anuales que recauden de las tragamonedas van a apoyar a los concesionarios para adquirir nuevas unidades? Si realmente quisieran ya lo hubieran hecho desde hace mucho.
Que los parquímetros darán una mejor imagen al Centro Histórico. Si el edificio del Hotel Alameda ya desentona bastante con la arquitectura de la colonia Centro de Morelia, no entiendo cómo es que los parquímetros darán una mejor imagen a la ciudad, ¿tan bonitos están que además de dar dinero embellecerán la ciudad? Volvemos al tema de lo wanna be, al querer ser. Imagine el Centro Histórico luciendo sus 250 parquímetros, ¿se vería bonito?, no, se ve igual, con la única diferencia de esos artefactos incrustados en las banquetas.
Lo de los lavacoches no lo saco a colación porque de eso hablé la semana pasada; más bien atendamos lo dicho por el ombudsman michoacano: la calle es de todos, no del Ayuntamiento, así que no tienen razón para cobrar impuestos para estacionarse, y si las autoridades municipales pretenden implementar esa medida recaudatoria defendidos y justificados por los políticos del PRI, que hagan la consulta ciudadana como ya lo pidió el Congreso local para que desde ahora haya transparencia en el proyecto, la concesión y los recursos que genere, eso si los ciudadanos lo aceptamos y el Ayuntamiento no continúa en su necedad.

4 de octubre de 2013

Tragamonedas en el Centro

Si algo ha caracterizado a las actuales administraciones priistas, tanto a nivel federal como estatal, ha sido el afán recaudatorio. La Federación, utilizando como eslogan la recalcitrante frase “mover a México”, ha promovido reformas que van desde lo perjudicial a un gremio en específico hasta lo lesivo a la clase trabajadora mediante el gravamen en los impuestos, las restricciones contrarias a toda conquista sindical y a los derechos de los trabajadores, así como el sometimiento de Pemex al lenocinio de altos vuelos por parte del Estado mexicano, mientras cada mes pagamos más por la gasolina y el gas, entre otras muchas cosas.
El gobierno del estado, por su parte, inició el presente periodo bajo el mantra de la deuda de Godoy. De inmediato muchos presidentes municipales emanados del PRI, a fin de eludir el clamor ciudadano que demandaba cumplimiento a las promesas de campaña que giraban en torno a obras públicas y asistencia social, se cobijaron en la misma letanía, y ni qué decir de aquellos municipios cuya administración anterior había sido perredista. Cierto, durante el godoyismo muchos funcionarios estatales y municipales, proveedores y dueños de empresas constructoras enriquecieron de una manera que resulta un insulto a la ciudadanía, pero también lo hicieron muchos allegados al régimen calderonista. El asunto es que a estas alturas del periodo de gobierno sigue habiendo presidentes municipales y funcionarios de medio pelo que siguen diciendo “no hay recursos, es que Godoy dejó en bancarrota al estado”.
La primera muestra en el estado de ese afán recaudatorio de la administración priista lo vimos el año pasado, con lo desmesurado de los recargos a quienes estaban atrasados en el pago del refrendo y tenencia vehiculares, pues ha habido dueños de automóviles que han pagado más de cinco mil pesos para ponerse al corriente. Sin embargo, vemos que a nivel federal, las grandes empresas siguen gozando de grandes y majaderas exenciones fiscales, privilegios a los que usted y yo, ciudadanos comunes (que no corrientes), asalariados que trabajamos para vivir, no tenemos acceso.
Ahora el presidente municipal de Morelia, en una suma de voluntades vaya usted a saber con quién, ha salido con la puntada de querer instalar parquímetros en el Centro Histórico. Como si las dichosas cámaras de vigilancia que costaron muchos, pero muchos millones de pesos y que han servido para maldita sea la cosa fueran poco, ahora el gobierno moreliano quiere instalar dispositivos para los que seguramente hay un contrato millonario.
En estos casos, las autoridades tratan de vender a la ciudadanía las bondades del proyecto, y recordemos los famosos semáforos inteligentes de Salvador López Orduña, que resultaron ser una de las inversiones más estúpidas de su administración (recuerdo uno en pleno Centro Histórico, a espaldas de Palacio de Gobierno, cuya vida útil fue de un maravilloso -y pletórico de caos vial- día, y que ahí está, muerto como el recuerdo de Chavo López, pero de pie como un homenaje a la sandez).
Volviendo al tema de los parquímetros, independientemente de lo que el estudio de factibilidad arroje y de las consultas que el PRD, Movimiento Ciudadano y el PAN propongan y lleven a cabo, se ha omitido el detonante de esta iniciativa: los lavacoches.
Especulemos. Si le preguntamos a cualquier vallisoletano de esos que se sienten ultrajados por cualquier marcha, dirá que se implementen los parquímetros, que se corra a patadas a los lavacoches, pues se sienten dueños de las calles de la señorial Valladolid y despojan a los ciudadanos decentes del derecho a estacionarse donde les dé la gana. Otros, menos vallisoletanos pero más desesperados, dirán que no están de acuerdo con la permanencia de los lavacoches, pero tampoco con la instalación de parquímetros ya que la calle es pública y no tienen por qué pagar para estacionarse, sobre todo si consideramos las tarifas, a veces groseras, en los estacionamientos del primer cuadro de la ciudad.
Pero ninguna de esas voces ciudadanas, políticas, de los medios y gubernamentales se ha detenido a escuchar la voz de quienes, con cubeta y trapo en mano, trabajan en la vía pública para mantener a sus familias, y si han abordado el tema, ha sido para denostarlos y pedir que sean retirados de la calle argumentando que se han apoderado del Centro y otras zonas de gran afluencia.
El asunto es que no son bichos raros ni una parte más del paisaje urbano, son una muestra de los millones de mexicanos que laboran en la informalidad ante la falta de oportunidades para conseguir un trabajo digno, pues sabemos que en este país los empleos son escasos y en la mayoría de las ocasiones mal pagados, y algunos en el estado dirían que por la deuda que dejó Godoy, pero muchos más asegurarán que esta situación se debe a la incompetencia del gobierno para detonar el desarrollo en un clima de inseguridad y franca desaceleración económica.
Alguna vez, don Chava, quien trabaja a un costado del Museo del Estado, me decía: “Los del Ayuntamiento nos quieren quitar, que nos digan dónde hay trabajo y nos retiramos de la calle; pero si no hay dónde chambear, yo tengo que hacerle la lucha porque la familia come, viste y a veces se enferma… y el Ayuntamiento no me va a dar”, después de 20 años lavando coches en el Centro desde las 08:00 hasta las 22:00 horas, ya tiene una hija odontóloga. Una cuadra más adelante, El Güero, quien antes se desempeñaba como chofer de camiones de carga, sufrió una lesión en la columna vertebral y la empresa para la que trabajaba lo liquidó, así que en vista de la escasa escolaridad que posee y su incapacidad física para realizar trabajos pesados, no tuvo más remedio que agarrar su cubeta, su trapo y lavar coches por 25 pesos a un costado de las oficinas de la Secretaría de Salud, dado que tiene dos hijas cuyas necesidades no esperan. Ejemplos así hay muchos, pero los que yo he conocido son personas a quienes les puedo dejar el carro, incluso para que lo estacionen, y jamás se me ha perdido ni siquiera un disco compacto, quizá por lo que alguna vez me comentaba El Cantinflas: “Tengo quince años en el Centro, mis clientes son de todos los días, ¿qué necesidad tengo de hacer pendejadas?”.
Para concluir, ojalá la opinión pública tome conciencia de que la labor de los lavacoches del Centro no es para ser vista como algo nocivo, pues dudo que un parquímetro vaya a hacer lo que ellos hacen por los automovilistas que nos hemos vuelto sus clientes y quienes eventualmente acuden al Centro Histórico. Es por eso que prefiero dar una propina a cualquiera de ellos o pagar el lavado del carro que regalarle mis fondos al Ayuntamiento a través de una máquina tragamonedas diseñada para recaudar dinero, pues es sabido que las calles donde hay lavacoches son las más seguras para dejar el carro, ¿no me cree?, haga la prueba.
Postdata: Supongamos que se instalan los parquímetros, ¿cuánto tiempo da usted para que proliferen los yoyeros como en la Ciudad de México?

27 de septiembre de 2013

El desierto de los poetas

Pero como dijo Dios
cruzándose de piernas:
veo que he creado muchos poetas pero
muy poca poesía.
Charles Bukowski

La polémica de la semana en el mundillo literario local se suscitó cuando, en lo que considero un acto de honestidad, el jurado calificador declaró desierto el Premio Estatal de Poesía Carlos Eduardo Turón 2013. De inmediato las críticas cayeron como avalancha por parte de aquellos que en los últimos años han estado estrechamente ligados al ramillete de laureles y becas con que el Estado agasaja a los nuevos próceres de la literatura local.
El hecho de que ese certamen se haya declarado desierto es indicativo de lo que actualmente es la actividad literaria en Morelia, y no hablo del estado en general, pues este tipo de actividades está bastante centralizado. Esa convocatoria fue atendida por 20 autores (según datos ofrecidos por la reportera de Cambio de Michoacán asignada a esta fuente), y de esos, ninguno merecía ganar, por lo que, a decir del jurado, tampoco premiarían al menos malo. Aquí saltan a la vista varias cosas.
Si un certamen estatal sólo atrae a 20 autores, podemos hablar de que la convocatoria no se difunde como es debido; y si se difunde en todo el estado, quiere decir que sólo a 20 personas les interesa formalizar “ante el gremio” (aludiendo a Édgar Omar Avilés) su actividad poética; a los demás poetas los tiene sin cuidado participar en un concurso de esta naturaleza, y una razón de tal apatía puede ser resultado de lo amañadas que supuestamente han resultado ediciones anteriores. Con tales antecedentes, es lógico el recelo hacia el concurso, aunque en esta ocasión el jurado haya estado conformado por poetas de probada calidad literaria y solvencia moral, quienes, hay que decirlo, en esta ocasión no fungieron como jueces por invitación directa, sino mediante un proceso de insaculación. En este tenor, recuerdo que el año pasado, cuando la Secretaría de Cultura emitió la convocatoria, se lo comenté a un amigo narrador (excelente, por cierto) a manera de sugerencia de participación, su respuesta cayó como losa: “¿Para qué, si esos premios se rolan entre los mismos mercenarios de siempre?”. Ahora imaginemos esa idea en cada poeta moreliano.
Por otro lado, creo que un concurso debe mantener cierto nivel para ser considerado importante, sobre todo si se destinan a él recursos gubernamentales. Es como una escuela: si su estudiantado es un hato de burros, pierde renombre, y por ello nadie querrá inscribir a sus hijos. En este caso fue bastante atinada la decisión del jurado de no dar los 25 mil pesos a quien resultara menos malo nada más para que no se perdieran “importantes recursos económicos y sociales”, diría Édgar Omar Avilés, una de las cabezas visibles de la Semich y uno de los más críticos a la hora de la declaratoria. Y pongámoslo en la balanza frente a la edición del año pasado, en que ganó un trabajo (bueno o malo, no lo sé) que de entrada violaba una de las bases más elementales de la convocatoria, pues ni siquiera alcanzaba las 30 cuartillas de extensión, con lo que no se acercaba al mínimo requerido. ¿Sería que el ganador era íntimo amigo de un integrante del jurado?, ¿sería que en esas escasas 27 cuartillas se concentraba lo que la poesía michoacana del año pasado esperaba?, o una de las anteriores o se lo dieron al menos malo. Piensa mal y acertarás.
Lamentablemente hay creadores que han aprendido a vivir del erario y a expensas de los afanes gubernamentales de fomentar la cultura, y ejemplos hay muchos. Lo malo de esto es que en las bodegas de la Secretaría de Cultura hay libros buenos que no se distribuyen, pero también están atiborradas de pilas y pilas de libros malos que nunca nadie va a leer, que quizá sirvan para la egoteca de sus autores pero hasta ahí. Coincido con Raúl Mejía en la idea de que al declarar desierto el concurso no se perdió nada (bueno, uno de los participantes dejó de embolsarse 25 mil del águila, pero como no los tenía asegurados, en realidad no hubo pérdidas), pues dudo que entre esos 20 paladines del verso y la imagen haya estado algún sucesor de Ocaranza, de ser así, Ernesto Hernández Doblás, Jorge Bustamante y Marco Antonio Regalado lo habrían notado y ahora estaríamos celebrando la parusía poética michoacana.
Con lo anterior no digo que no haya poetas buenos en el estado, pues he leído a algunos que gozan de un aliento poético encomiable, pero mientras los literatos sigan escribiendo en función de la beca o el concurso, seguirán en la mediocridad literaria, ya que de poetas o narradores prometedores, pasarán a ser mercachifles de las letras, bandas de cuatreros haciendo grilla en las dependencias sólo para mantenerse bajo la ubre presupuestal del Estado.
Lo apuntado en el párrafo anterior significa que no debe perderse la noción de escribir como una forma de interpretar, deconstruir y construir el mundo, pues el oficio de escribir, primero, debe satisfacer, divertir, agradar y enriquecer espiritualmente al autor, incluso a los potenciales lectores, no sólo a un jurado; segundo, debe ser en función de lo que se tiene para decir, no de las cuentas que se tienen que pagar, pues al menos en México, esa pretensión es un castillo en el aire; y tercero, el oficio de escribir no necesariamente significa empeño en publicar libros o ganar concursos, pues sólo es una consecuencia del proceso creativo, no el sustento.

Para concluir, los premios literarios sirven para dos cosas: por un lado, reconocer a quienes han decidido encaminar sus pasos por la senda de las letras logrando con ello un nivel artístico destacable; y por el otro, incrementar el currículum -y hasta la vanidad- de quien se hace merecedor de tal distinción. Para lo que no sirven los certámenes literarios es para impulsar la creación, fomentar la actividad literaria o conseguir que los literatos locales tengan buen nivel respecto de los de otras latitudes, para eso están los talleres, la lectura que se vuelva hábito desde el nivel básico de la educación, teniendo siempre como factor primordial el oficio, la disciplina, la humildad para recibir críticas, la honestidad para, pasado el púber arrebato de los primeros versos, reconocer si se tiene o no talento, y por último, la sensatez para darse cuenta de que, a menos que seas amigo de tal influyente o miembro de tal grupo, la manutención está en otro lado.

20 de septiembre de 2013

En México, que no mexicano

Esta semana murió Johnny Laboriel, uno de los iconos del rock and roll hecho en México durante la década de los 60, pero ¿qué tanto le debe el rock mexicano a Johnny Laboriel?, sobre todo si ponemos en la balanza que el pasado 11 de septiembre se cumplieron 42 años del Festival de Avándaro.
La generación de cantantes a la que pertenecía Laboriel representó la preconfiguración de una juventud que mientras en Estados Unidos despertaba del american dream, en México se mantenía aún muy sujeta a los valores de la clase adulta: estudiar o aprender algún oficio, llegar virgen al matrimonio (sobre todo en el caso de las mujeres) y casarse para tener los hijos que el país necesitaba. Si bien es cierto que ese despertar se gestó de aquel lado del Río Bravo, en México se dio de distinta manera. Mientras en Estados Unidos aparecieron cantantes y actores como Chuck Berry, Bill Halley, Elvis Presley o James Dean, que representaban esa noción de rebeldía frente a la acartonada moral de la posguerra, en México, sus similares no fueron más que símiles para quienes adaptaban las canciones originales del inglés al español, resultando que, por ejemplo, César Costa fuera el Paul Anka nopalero.
A partir de esa década empezaría la accidentada historia del rock hecho en México. En Estados Unidos, los padres fundadores de la nación rocanrolera realmente cimbraron las estructuras morales de la sociedad, pues fueron estandarte de la rebeldía que se traducía en pandillas de delincuentes juveniles, pero también artistas que querían hacer su propia música tomando elementos de la balada irlandesa y el blues, de ahí el virtuosismo de Chuck Berry o la negra voz de Elvis Presley. En México, aunque hubo grupos de buena calidad como Los Teen Tops, Los Rebeldes del Rock, Los Locos del Ritmo o Los Hooligans, más temprano que tarde fueron cooptados por los escasos medios de comunicación como la XEW o el Telesistema Mexicano, que los pusieron al aire y los contrataron para películas bajo la consigna de todos derechitos, letras inocentes y a pasarla bien. Esto se debió a que las añoranzas cinematográficas campiranas ya estaban en decadencia, pues el sector urbano juvenil no se sentía tan atraído por revivir lo que se vivía allá en el rancho grande; querían algo con lo cual sentirse identificados, algo que sintieran propio aunque sólo fuera superficialmente.
Años después todo se volvió a gogó, había programas de televisión y películas que usaban el término para dar a entender que estaban en onda, que eran muy acá. Pero por fortuna, a la par de las grandes figuras de cine, radio y televisión como César Costa, Angélica María o Enrique Guzmán, había músicos que desde lo más underground de la época venían haciendo música más propia, y un ejemplo de ello es Javier Bátiz, quien llegó desde Tijuana parta dar un toque de virtuosismo al incipiente rock hecho en México.
Ya para 1971, con un país convulsionado por lo sucedido en Tlatelolco o el Halconazo, se organizó el festival más importante en la historia del rock en nuestro país: El Festival de Rock y Ruedas de Avándaro. Este Festival, pensado originalmente para celebrar la apertura de un fraccionamiento en Valle de Bravo, se concibió como un día de conciertos el 11 de septiembre, para culminar el 12 con una carrera. Se lanzó la convocatoria, los boletos se vendieron en 25 pesos y lo que estaba contemplado para algunos miles de espectadores se convirtió en una concentración de más de 200 mil almas que vivieron el festival en paz y armonía.
Es destacar que en Avándaro estuvo lo mejor del rock en México, bandas que venían haciendo música más original, que no propia: Los Dug Dug’s, El Epílogo, La División del Norte, Tequila, Peace & Love, El Ritual, Los Yaki, Bandido, Tinta Blanca, El Amor y Three Souls in My Mind.
Este rock ya no representaba una rebeldía a gogó ni hablaba de la colección de suéteres de “Eddie Eddie”, se trataba más bien de un movimiento más politizado -con el Che Guevara como estandarte-, más crítico hacia la sociedad y hacia el gobierno, pues el 2 de octubre de 1968 aún sangraba en estos jóvenes que buscaban ampliar el horizonte mediante otras lecturas, otra música y otra forma de ver la realidad.
Lo que Avándaro significó no ha vuelto a repetirse ni siquiera con el Festival Vive Latino, quizá porque el contexto de aquella época resulta impensable para las nuevas generaciones, acostumbradas a acceder a cuanta música nos gusta y de las maneras más sencillas, pues en la actualidad basta un clic para descargar el disco que nos interesa. Avándaro significó el grito de una generación, grito que fue sofocado durante casi 20 años por el gobierno, Televisa y las radiodifusoras, que siempre han sabido lo peligrosa que puede ser una masa juvenil.
Por lo que apenas esbocé, se infiere que el rock en México se divide en dos: antes y después de Avándaro. Pero desde sus inicios y hasta hace apenas unos lustros, no se puede hablar de rock mexicano pues no había tal, había bandas de rock, canciones de rock y ya. Por un lado, la generación a gogó de Johnny Laboriel sólo adaptó canciones ya hechas en Estados Unidos y las cantó para una pléyade de quinceañeras que necesitaban ídolos urbanos; por el otro, la generación Avándaro, aunque hizo muy buena música, no era algo propio, era rock en inglés, muy psicodélico y no tan alejado de lo que ya se hacía en San Francisco, California.
Creo que quizá fue hasta finales de los 80 y principios de los 90, con la aparición de bandas como Caifanes, La Maldita Vecindad, Café Tacuba o Botellita de Jerez, que se pudo hablar de un rock mexicano, un rock nacional, pues ante la importación mediática de bandas argentinas, españolas y chilenas en lo que Televisa dio en llamar “rock en tu idioma”, esos grupos plantearon una identidad nacional para el rock. Sí, ser bien oscuros como The Cure pero bailar “La negra Tomasa”; sí, quizá muy conceptuales pero al cantar “La ingrata” o “Me enamoré de una chica banda”, brincas porque brincas, y ni qué decir de toda la mexicanidad vertida en “El guacarock de La Malinche” o “El Charro Canroll”.
Por lo anterior, sí, es lamentable el fallecimiento de Johnny Laboriel y el rock and roll hecho en México está en deuda eterna, pero el rock mexicano como tal no pierde nada, pues es demasiado joven para deberle algo; en todo caso, pongámonos nostálgicos y cantemos una de mis favoritas, “La hiedra venenosa”.

6 de septiembre de 2013

“Accidentes” dolosos


Los accidentes están a la orden del día. En cualquier momento y lugar, bajo cualquier circunstancia, usted, yo y cualquier michoacano podemos sufrir un accidente de fatales consecuencias, ahora me explico. Con motivo del Primer Informe de Gobierno de Enrique Peña Nieto y contradiciendo el discurso triunfalista de la Federación, las cifras le dan un revés y el descontento social se impone (entonces no se puede), pero la Presidencia de la República ha recurrido a la desinformación para apaciguar las aguas (entonces sí se puede). Así, mientras el gobierno de Calderón, el más infame de los michoacanos, justificaba la carnicería con la acotación “vamos ganando”, el de Peña Nieto recurre al encubrimiento mediático como estrategia en materia de seguridad: si no acaban con la violencia, esconden los muertos bajo la alfombra de las estadísticas oficiales, mientras en Televisa y TV Azteca se mantiene un cerco mediático para publicitar las bondades de abrir la industria energética a la inversión privada y denostar la lucha de los agremiados a la CNTE.
En su número 1922 con fecha del 1º de septiembre de este año, la revista Proceso publicó: “Los muertos que hablan”, versión resumida de una investigación realizada por el semanario Zeta, de Baja California, medio informativo fundado en 1980 por el ya fallecido periodista Jesús Blancornelas. En esa investigación, titulada “Primer Informe de Gobierno: Trece mil 775 ejecuciones”, Zeta da cuenta de la cantidad de asesinatos relacionados en mayor o menor medida con el crimen organizado en lo que va de estos meses de Peña Nieto al frente del Poder Ejecutivo de la Federación, para tal fin, confrontó datos oficiales de la Segob, la PGR, datos del Inegi, de las procuradurías estatales, de organizaciones sociales, de los forenses en las 32 entidades federativas y de medios impresos y digitales de todo el país.
Llama la atención que mientras Guerrero es el estado más violento de este sexenio, con mil 441 ejecuciones, y Acapulco la ciudad con más asesinatos (625) de esta naturaleza, Michoacán, situado en el décimo lugar en las estadísticas oficiales con 560 ejecuciones hasta el 31 de julio de este año, sea un estado de “accidentes”.
A pesar de los enfrentamientos cotidianos en diversos puntos del estado, los encobijados, los colgados, los tirados en barrancos, los halcones y tiradores asesinados, todos aquellos de quienes no se vuelve a saber, la zozobra que se vive en pueblos enteros, los ataques a militares y corporaciones policiacas, la presencia de los llamados grupos de autodefensa y la pugna que mantienen diferentes organizaciones por el control de un territorio tan codiciado como Michoacán, destaca que según la Secretaría de Gobernación, éste sea el estado líder en cuanto a homicidios con mil 647, pero de esa cifra, mil 161 son considerados culposos y 486 son dolosos. Es decir que, según la Segob, mil 161 personas murieron en accidentes y sólo 486 fallecieron asesinadas; pero algo salta a la vista: ¿Y la cifra estadística de 560? Ah, pues sucede que la Federación cuantifica sólo el número de averiguaciones previas iniciadas, y hay que recordar que en una averiguación previa pueden estar incluidas una, dos, tres o muchas más víctimas, pues se consigna el hecho, y en un suceso violento pueden morir uno o miles de seres humanos, y esto contempla los asesinatos comunes, pero también los desmembrados, los muertos en enfrentamientos, las fosas clandestinas descubiertas y las ejecuciones masivas (los 72 de San Fernando, Tamaulipas, por ejemplo).

Las cifras anteriores me dan la idea de que el gobierno, o piensa que en Michoacán somos muy idiotas y nos la pasamos cayéndonos y chocando unos con otros, o le encanta hacerle al ídem para no reconocer que el estado se desmorona, que la poca gobernabilidad que queda está sostenida por alfileres, que la economía está en franca desaceleración y que los empleos cada vez son menos y peor pagados, y más a raíz de las “reformas estructurales” (que de hecho lo son, pues son dinamita en la estructura moral y económica de la sociedad).

Frente a esta situación tenemos, no sólo en Michoacán, también en Guerrero, por ejemplo, un total vacío de Estado, pues ante la incapacidad de las autoridades civiles para mantener el orden y la seguridad, es necesario que entren el Ejército y la Marina a hacer las funciones de gendarmes, o que de plano se conformen grupos de autodefensa cuyos recursos para armamento, vehículos y logística son de muy dudosa procedencia, o ¿a cuántos agricultores conoce usted que posean un cuerno de chivo o armas incluso de mayor calibre?
Por todo ello no ha faltado quien, caminando plácidamente por el campo, de manera accidental caiga a un barranco con una bala en la cabeza, como tampoco nos debe sonar extraño que de forma culposa, alguien deje una cartulina sobre un cadáver para decir que eso le va a pasar a todos los distraídos que se les atraviesan a los carros o no se ponen el casco para andar en motocicleta. Y no es nada humorístico lo que estoy diciendo, pues como dice el corrido “Lamberto Quintero”, de Antonio Aguilar: “Quisiera que fuera cuento, pero señores, es cierto”. Basta revisar la nota roja en algunos medios estatales para ver cómo, en algunas notas, de repente aparecen personas con un tiro en la cabeza o acribilladas y las autoridades dicen que se desconoce el móvil del crimen, cuando por la vestimenta de los infortunados, el vehículo que tripulaban, el calibre utilizado, la forma en que fueron ultimados o incluso la zona del hallazgo, el móvil se sobreentiende y deducimos que no es accidente ni un hecho aislado.
Y entonces, con una estrategia de oropel y mucho dinero despilfarrado en comerciales, el gobierno federal trata de suavizar la situación que vive el país con cifras alentadoras y peroratas motivacionales muy al estilo de México año 2000, utopía tercermundista estelarizada por Héctor Lechuga. Y por eso vemos que la Cruzada Nacional contra el Hambre se nos vende como la panacea para detonar el desarrollo social, cuando no es más que una medida populista para mantener a la ciudadanía sujeta al gobierno, pues el verdadero desarrollo social sólo se alcanza cuando la sociedad se desarrolla a través de la generación de empleos, educación de calidad (que no es lo mismo que se pretende con la Reforma Educativa), con una economía sólida, con certidumbre laboral y seguridad pública, y que ésta no se confunda con una dependencia que ostenta ese nombre, pues la seguridad debe ser un bien social, incluso en los accidentes.

30 de agosto de 2013

El Día del Presidente

La que le espera a Enrique Peña Nieto el día de mañana. Él, tan amante que es del presidencialismo a la antigüita, no podrá salir en el coche convertible a recibir los vítores de su pueblo en su camino desde Palacio Nacional a San Lázaro, claro, con La Gaviota del guante. No, Peña Nieto posiblemente vuele en helicóptero desde Los Pinos hasta Campo Marte, donde sus testaferros lo protegerán en un sitio que de por sí es inaccesible al pópulo ajeno a la milicia o a la élite política mexicana.
Con una Ciudad de México sitiada por los maestros de la CNTE, quienes ya informaron que el fin de semana será de intensas actividades en la capital del país, y con un pueblo de México harto de las crisis económica, de inseguridad, educativa y moral, es imposible que el jefe del Estado mexicano goce de lo que en otra época sería su primer Día del Presidente.
El día del Informe de Gobierno se instituyó como fiesta nacional gracias a Plutarco Elías Calles, poco después de fundar el Partido Nacional Revolucionario. En aquel entonces y hasta hace apenas algunos lustros, cada 1º de septiembre, las clases política, empresarial y militar lucían sus mejores galas para acudir al Palacio Legislativo a escuchar cómo el mandatario mexicano en turno hacía alarde de optimismo desarrollista, o decía, de cara a la nación y con lágrimas en los ojos, que si ya nos habían saqueado, ya no volverían a hacerlo.
Esa fiesta nacional era día de asueto en las escuelas pero de pase de lista obligatorio a los empleados de gobierno que tenían que hacer valla y acto de presencia en las calles para que el presidente se sintiera arropado por la grey a la que guiaba como buen pastor del federalismo.
Tal jolgorio institucional llegó a su fin el 1º de septiembre de 1988, cuando Porfirio Muñoz Ledo, del Frente Democrático Nacional, le quitó el aire festivo al interrumpir a grito pelado a Miguel de la Madrid. Ese día terminó la era del Día del Presidente y la fiesta del Informe de Gobierno vendría a menos en cuanto a fastuosidad pero a más en lo que a críticas se refiere.
A partir de esa fecha, el formato del informe comenzaría a cambiar de acuerdo con los intereses del gobierno y según el clima político del país. Así, Carlos Salinas de Gortari llegó a utilizar el Centro Médico Nacional Siglo XXI y el Palacio de Bellas Artes para presentar su informe. Para esto han sido necesarias reformas a la ley a modo de las intenciones de salvaguardar la buena imagen del mandatario, y como muestra, basta recordar que el 15 de agosto de 2008 se publicó en el Diario Oficial de la Federación la reforma al artículo 69 de la Constitución, en la que se eliminaba el requisito de asistencia del presidente al inicio del periodo ordinario de sesiones del Congreso; de esta forma, hoy es suficiente que el Ejecutivo envíe por escrito su informe sobre el estado que guarda la administración pública del país para que el Legislativo lo revise y dictamine.
Por un lado, este cambio en la dinámica protocolaria da mucho de qué hablar, pues si el presidente teme por su seguridad y por eso manda el informe con un secretario de Estado, responsabilidad que recae en el de Gobernación, quiere decir que los ciudadanos normales estamos en total vulnerabilidad. Venga el ejemplo: Jesús Reyna dice que Michoacán está en paz, tranquilidad, concordia y armonía, pero si los liderazgos del PRI o funcionarios federales dicen que Peña Nieto no va a venir al estado porque no hay las condiciones de seguridad, saque usted sus conclusiones.

Pero la razón del miedo no es gratuita, sucedió con Salinas, sucedió con Calderón y le pasa a Peña Nieto. Ese miedo a verse vulnerables en público, donde una protesta puede devenir en muchas cosas, se debe a que son gobernantes sin legitimidad pues los tres llegaron a Los Pinos por la vía del fraude, unos de una forma y otros con métodos más sofisticados, pero así accedieron al poder. Entonces, esa ilegitimidad provoca que sean blanco fácil de mofas, protestas y, si la masa está a tono, pueden sufrir agresiones de cualquier tipo. No me lo saco de la manga, hay que leer a Sigmund Freud para dilucidar acciones que de manera individual son impensables, pero que de manera colectiva, al ser parte de una turba iracunda, se vuelven fáciles, llegando a pensar que son incluso actos de justicia, como los actos vandálicos a edificios y negocios, o los linchamientos.
Pero, ¿a qué le teme Peña Nieto en sí? Sabemos que aunque su mensaje lo diera en San Lázaro, estaría resguardado de la CNTE y demás manifestantes pues en esas ceremonias, el Palacio Legislativo es un búnker. Lo que en realidad preocupa al presidente es la reacción de los diputados no alienados al Pacto por México. Sabemos que el mensaje que dará en el Campo Marte no será una relación de logros administrativos, económicos o en materia de seguridad, porque simplemente no los hay, al menos de manera palpable para los ciudadanos. Entonces, lo presumible es que su mensaje sea un intento de argumentar la necesidad de la reforma en materia energética, permitir la intrusión del capital privado en Pemex. Asimismo, tratará de vender ese discurso de las reformas que según los oligarcas del poder, México necesita para salir del atraso educativo y financiero. Esto lo dirá en ese campo militar, mientras en las calles, miles de manifestantes se enfrentarán a los cuerpos de seguridad prestos a reprimir cualquier intento de hacerse escuchar por el mandatario.
Si durante su campaña se tuvo que refugiar en los baños de la Ibero ante los abucheos y rechiflas de cientos de estudiantes, ahora se refugiará entre militares ante el descrédito que padece y el rencor que siente una sociedad timada por el discurso, ultrajada por la política neoliberal que el presidente y sus secuaces han decidido seguir y violentada en sus derechos.
Y es que el presidente, si tiene dos dedos de frente y la cabeza no le sirve más que para el tupé, seguramente sabe que el balance de estos nueve meses de gobierno no es positivo ni alentador, y por lo mismo debe atrincherarse en un lugar seguro.
Por otro lado, a las instituciones se les rinde culto y homenaje cuando sirven para algo, no cuando en ellas brillan la mediocridad, la corrupción y la estulticia; asimismo, a los gobernantes se les elogia cuando son auténticos hombres de Estado (por eso nunca se elogia a los presidentes), no cuando incurren en actos de represión, cuando pretenden vender una de las grandes riquezas del país y se empeñan en que no sólo sospechemos de su estupidez, sino que nos hacen confirmarla y padecer las consecuencias.

Por lo anterior, se agradece que ya no se hagan esas transmisiones maratónicas en las que el presidente, haciendo alarde de buena vejiga, leía su Informe de Gobierno en cadena nacional para luego pasar a los comentarios de quienes le lanzaban loas en los medios a fin de minimizar el descontento social. En fin, mañana se verá.

23 de agosto de 2013

Willylandia

Morelia, La Ciudad de las Canteras Rosas (sarcófago de cantera, le llamaría un buen amigo), Valle de Guayangareo donde se tejió la gloria vallisoletana orgullo de algunos vecinos de la Chapu, la Vasco de Quiroga y familias de añeja historia en la capital del estado. Morelia, otrora ciudad de estudiantes, ahora ciudad de salarios bajos para la mayoría y dos o tres willylandias para la privilegiada minoría.
Alguna vez en Guanajuato, comentaba con mi compañero de viaje lo fácil que resultaría acabar con esa ciudad en caso de una guerra: bastaría volar los túneles y la capital del estado vecino colapsaría. Eso pensábamos omitiendo el hecho de que Morelia no es ningún fuerte, que sólo se necesita cerrar la Avenida Madero o las cuatro salidas para asfixiarla y eso lo hemos presenciado y padecido en múltiples ocasiones.
Llama la atención que de un tiempo para acá, en Morelia se hayan incrementado las marchas, los plantones, los bloqueos de calles y avenidas por grupos de diferente naturaleza, pero con un mismo fin: protestar contra el gobierno, ya sea el municipal o el estatal. En la serie de manifestaciones de esta semana, pudimos ver cómo diferentes grupos de comerciantes apoyados por transportistas de materiales y ex braceros sitiaron Morelia hacia los cuatro puntos cardinales y en el Centro Histórico con las pérdidas económicas y de tiempo que ello implica, eso sin contar el mensaje de advertencia que recibieron los manifestantes de Aquila al ser quemado el camión en que viajaban.
Y es que en Morelia se ha visto un fenómeno que, al menos que yo recuerde, no era tan notorio. Me refiero a la proliferación de asociaciones, frentes y organizaciones que desde diferentes trincheras y por diversas inconformidades han salido a las calles, a fin de protestar contra un gobierno que aparentemente no tiene la capacidad para dirimir conflictos y atender demandas ciudadanas.
Tomado de www.lajornadamichoacan.com.mx
Quienes defienden la Loma de Santa María, pulmón de la ciudad; quienes defienden sus derechos frente a un consorcio transnacional que al parecer tenía al Ayuntamiento comiendo de su mano, los vecinos que sólo han defendido su derecho al agua potable (carísima, por cierto), los que han solicitado, pedido y exigido regulación a las emisiones líquidas y gaseosas de las fábricas de la colonia Industrial, donde no deberían estar pues ya quedaron en medio de la ciudad; los vecinos que bloquearon la Avenida Madero para exigir que no pasara un gasoducto por sus calles, los que se han manifestado para pedir transparencia en la elección de encargados del Orden, el sinnúmero de colonias que se han atrincherado con portones y guardias ante los embates de la delincuencia, la organización de ciclistas que sólo ha pedido respeto a la hora de circular a bordo del medio de transporte que han elegido para no contaminar, los vecinos que aún quedan en el Centro Histórico y que se han cansado de pedir al Ayuntamiento mayor regulación a los bares que a altas horas de la noche no los dejan dormir por la música a todo volumen; los comerciantes, que sólo piden la destitución de un funcionario acusándolo de favorecer a grupos afines. En fin, creo que la inconformidad en esta ciudad sobrepasa los límites de los eslóganes y la publicidad.
En Detrás de nosotros estamos ustedes, dice el subcomandante Marcos que no son las revoluciones lo que genera inconformidades, es la inconformidad lo que genera revoluciones. Traigo esto a cuento porque asusta preguntarse qué pasaría si por fin cayera la gota que derrame el vaso para que, entonces sí, se genere un movimiento revolucionario basado no sólo en marchas y consignas, sino ya haciendo uso de las armas, que en el estado son muchas y de grueso calibre. Y si remotamente eso llegara a suceder, asusta aún más imaginar el papel que jugarían en un movimiento semejante los diferentes grupos que operan en Michoacán, sobre todo si nos remitimos al refrán que dice “a río revuelto, ganancia de pescador”, y más repasando los diferentes señalamientos que han girado en torno a los grupos de autodefensa.
Poco a poco vemos cómo el tejido social se desgarra cada vez más, cómo el hartazgo social hacia la clase política va en aumento; vemos los intentos de vender el patrimonio del Estado (no de los mexicanos) atendiendo a las presiones de organismos internacionales que de esa forma han condicionado al gobierno de México las migajas del primer mundo. Somos testigos (y algunos incluso víctimas) de la violencia encarnizada, del desempleo, de la carestía, del paupérrimo sistema educativo con todo y los 117 errores en los libros de texto, de las tropelías de los políticos, de los abusos de las empresas, de la incapacidad del gobierno, de su ceguera para decir que México no es un Estado fallido. En el mutismo, escuchamos que aunque Osorio Chong admita que la estrategia que se ha seguido en el estado ha fallado, Jesús Reyna salga y diga que todo va viento en popa, que Michoacán ha recuperado la calma y que va a desarmar a estos pero no a aquellos.
Tomado de www.changoonga.com
En Morelia no es distinto, pues aunque haya lugares por donde no se puede transitar (incluso en el Centro) sin ser asaltado, o colonias donde no se puede ni dejar una maceta fuera de la casa porque no amanece, aunque muchas vialidades luzcan un estado deplorable con baches, topes y topes en medio de los baches; aunque con la reciente clausura de algunos centros nocturnos ahora hayan proliferado las prostitutas en diversos puntos de la ciudad; con todo y eso, el presidente municipal no deja de proclamar su Morelia de 10, la Suma de Voluntades y demás letanías que hacen de esta ciudad un espejismo que sólo en el Palacio Municipal se ve, pues en la Morelia de verdad se pueden pagar hasta 400 pesos por un agua potable que quizá caiga cada tres o cuatro días, o bien una colonia se puede inundar por la mala planeación o en otra no se sabe ni quién es su encargado del Orden porque los colonos jamás votaron por él.

Ese es el espejismo vallisoletano al que pocos tienen acceso, a menos que vayamos a turistear por Altozano, pero qué flojera subir hasta la Acrópolis moreliana y luego tener que bajar a nuestras colonias o fraccionamientos después de un baño de oropel para volver a lidiar con las marchas, los limpiaparabrisas que nunca aceptan un “no” por respuesta, los niños que venden dulces, los indigentes, los pedigüeños del Centro, los cantantes callejeros que ante el desempleo tienen que amenizar el panorama urbano, los embotellamientos que causa el tren, los cafres del volante. No, mejor nos quedamos acá abajo, viviendo la realidad que estamos construyendo, que el gobierno se niega a ver y que nosotros, mientras tengamos a Monarcas, la Catedral, la televisión y los partidos, podemos soportar.

16 de agosto de 2013

La sagrada investidura

El presidencialismo mexicano tiene una historia rica en excesos, equivocaciones, devaneos entre una ideología y otra, la defensa de los más altos valores cívicos que han encumbrado a la patria, pero también crisis financieras y políticas que han sido producto de la miopía, la estupidez y la sujeción a los intereses extranjeros.
Los que han repartido la tierra, los que han pretendido “defender el peso como un perro”, los que han expropiado los bienes de la nación, los que han salido al extranjero a poner su puestecito como si de baratijas se tratara, los globalizadores, los que han democratizado la violencia, los hijos del dedazo, los represores, los que se han enriquecido con y a través de sus hermanos; en fin, el presidencialismo está lleno de joyas.
 López Portillo,  de http://www.diariomarca.com.mx/?p=75144
Esta semana, en la televisión apareció el gabinete del gobierno de la República para anunciar con bombo y platillo la tan denostada y cacareada iniciativa de reforma energética. En lo que parecía un acto protocolario sólo comparable con el acceso al balcón presidencial para el Grito de Independencia, la melodiosa voz de la maestra de ceremonias llamaba a la compostura y a esconder las garras a fin de entonar el sacrosanto Himno Nacional lo que, dada la naturaleza del evento, era igual que cantarle a un moribundo su canción favorita.
Sin ser un experto en asuntos petroleros (y dudo que los golden boys del gabinete lo sean), me enfoco hacia el significado del evento en sí. Enrique Peña Nieto es una imagen pública, un producto vendido y consumido. Para ejemplificarlo, veamos algunas minucias de los tres últimos presidentes de México.
Vicente Fox, el pregonero del cambio, del “¡Ya!”, de la V de la victoria para sus correligionarios y el dedo medio erguido para Francisco Labastida, fue un candidato populista, demagogo y sensacionalista. Dicharachero, ocurrente y sumamente rústico, se posicionó en el gusto del consumidor electoral lidiando con las críticas de los detractores con un recurso irrefutable: la avalancha de gente que quería al PRI fuera de Los Pinos. Con todo ese aparato mercadotécnico, en contraste con el poco carisma (aunque más discurso) de sus contrincantes, Vicente Fox arrasó. Lo malo con el señor de la botas de charol es que nunca dejó de ser candidato, jamás gobernó a este país. Todo su sexenio se puede resumir en frases lapidarias que se volvieron chuscas y chuscas que se volvieron lapidarias, los excesos del poder que detentaba la entonces primera dama, la piadosa frivolidad (recordemos aquel crucifijo regalado por su hija en plena toma de posesión al grito de “¡Juárez, Juárez!”) y el afán de hacer de México una potencia mundial sin saber cómo. Ese fue Vicente Fox, el mismo que dijo que resolvería el conflicto en Chiapas en quince minutos, el mismo que dijo que se encargaría de que López Obrador no ganara en 2006 y actual promotor de la legalización de la mariguana. Como presidente de la República, Vicente Fox fue la caricatura de cualquier presidente municipal de pueblo en cualquier película del Piporro.
Contrario a esa chispa comercial y farandulera de Fox, Felipe Calderón estaba condenado al descrédito. Candidato acartonado, sin la capacidad discursiva de Diego Fernández de Cevallos ni el carisma de Vicente Fox, llegó a la Presidencia por medio del fraude electoral y con algunas promesas bajo el brazo. A diferencia de su antecesor, Calderón no fue candidato ni siquiera durante la campaña, pues lo que hubo fue una grosera saturación de su imagen en todos los medios, en todos los postes, en los coches, en las bardas, en cualquier superficie permitida. En medio del descrédito por la turbia manera de ganar las elecciones, Calderón inició el baño de sangre que a la fecha padece el país como un intento de legitimar su investidura presidencial. Lo malo es que esa guerra se dio a tontas y a locas y los únicos resultados fueron las decenas de miles de muertos y desaparecidos.
El presidente del empleo y el desarrollismo quedó como el presidente de la “lucha” contra el narco, lucha entrecomillada porque no fue tal, más bien constituyó un ejercicio en que el perro trata de morderse la cola, una guerra basada en palos de ciego pues su estrategia se basó en saturar las calles y las carreteras con militares y federales, sólo para que muchos de estos afianzaran su colusión con diversos capos, siempre con la cuota mínima de algún detenido cada cierto tiempo y lucirlo a las cámaras y los flashes de los medios mientras México se sumía en la barbarie, las matanzas, el miedo y la zozobra, y así seguimos.
Pero volviendo a la reciente presentación de la iniciativa de la reforma energética, fue como un viaje en el tiempo. Ese evento fue la contemplación de la figura presidencial en todo su esplendor, fue escribir la palabra “presidente” con mayúsculas y no es de extrañar, pues Peña Nieto siempre fue un producto elaborado con la receta secreta del Grupo Atracomulco, enlatado en Televisa y ofrecido en forma de galán de telenovela. Fue la historia del joven aristócrata que convierte en primera dama a la plebeya para llevarla a vivir al palacio de Los Pinos, donde con sus hijos (la prole somos nosotros) vivirá un cuento de hadas de seis años que se avizoran eternos.
Desde su toma de posesión se dejó ver lo que sería el sexenio: todo girando alrededor no sólo del presidente, también en torno a la imagen que de éste se proyecta. El cierre de avenidas, las barricadas, el insultante cerco de seguridad, las camionetas blindadas en caravana, los atropellos, las vejaciones hacia los manifestantes, la represión, todo, todo fue para dar la imagen de un gobernante que entraba pisando fuerte, un presidente sobre el que nadie iba a pasar pues estaba decidido a ser “el presidente”.
El siguiente paso fue el Pacto por México. Mejor estrategia no se pudo instrumentar para gobernar sin trabas, al grado de que hay legisladores que no se consideran de oposición, sólo de partidos distintos. Y ahí, en un acto similar, estaba la plana mayor de los principales partidos políticos y sus respectivos líderes de bancada en ambas cámaras, gobernadores, dizque intelectuales, empresarios, todos juntos y decididos a dejar hacer, dejar pasar.
En La tragicomedia mexicana, José Agustín cuenta que cuando Díaz Ordaz decía alguna palabra altisonante, de inmediato rectificaba con la frase “perdón, investidura”. Así vivimos el presidencialismo actual: el gobernante al que no se le mueve un cabello, el gobernante del discurso preparado, recitado e invariable. Estamos frente a un discurso presidencial basado en los eslóganes, con palabras que parecen mantras (mover a México, reformas estructurales, sin hambre, por citar ejemplos). Tenemos un presidente amigo de sus amigos (aunque estén presos pero no por mucho tiempo) pero implacable con quienes le estorban, un jefe de Estado al que los gobernadores emanados de su partido vuelven a ver como patrón, al que las principales televisoras se rinden y ante quien los líderes sindicales y políticos se arrodillan, pues ha recobrado vigencia aquello de que “vivir fuera del presupuesto es vivir en el error”, sin pasar por alto que lamentablemente no hemos dejado de estar “tan lejos del cielo y tan cerca de Estados Unidos”. En fin, presidente, he ahí a tu pueblo; pueblo, he ahí a tu presidente.

9 de agosto de 2013

Frankenburguer: La plasta comestible más cara del mundo

El lunes de esta semana se presentó vía Internet la primera hamburguesa hecha con “carne” cultivada in vitro, un gran avance científico que sólo puede ser auspiciado por mega magnates como Sergey Brin, el cofundador de Google. A partir de células madre de una vaca supuestamente viva, se creó un espécimen de más de 300 mil dólares para comprobar que estamos cada vez más cerca de Un mundo feliz, de Aldous Huxley.
Cazando información en la red, me topé con un sinnúmero de voces optimistas que aducen que este logro científico hará posible abatir el hambre que seguramente padecerá la humanidad en algunas décadas, cuando seamos (o sean) más de nueve mil millones de cabezas de ganado humanar; otro motivo de fiesta y algarabía es que con este tipo de “carne” se acabará la necesidad de pastizales y cultivo de forrajes, los gases de efecto invernadero que emiten las reses desde sus enormes aparatos digestivos (nadie habló de los que emitimos nosotros, toda vez que, comiendo prácticamente de todo, nuestras emisiones pueden ser más agresivas con nuestro vulnerable planeta); también llegará a su fin la necesidad del degüello en rastros y el desalmado trato que sufren los animales al ser sacrificados.
El asunto es que pese a todos los buenos augurios que la Frankenburguer pueda suscitar entre los pregoneros del trato humano a los animales y a los amantes de los carros híbridos, si este tipo de materias se llega a comercializar para abatir el consumo de carme de verdad, con las reses, pollos y cerdos que dejarán de ser necesarios, también extinguirá una parte del ser humano.
Desde los albores de la humanidad, el hombre se vio en la necesidad de cazar para satisfacer su apetito; tiempo después se domesticaron algunas especies y nació la ganadería, actividades humanas tan antiguas como el hambre. Digo lo anterior porque, habiendo crecido en una familia de carniceros por un lado, y adoradores de la carne en mi mitad Amaral, no veo sufrimiento alguno en las reses, pollos, cerdos, borregos, chivos, conejos, ranas, codornices, peces y demás especies que se puedan criar, engordar y sacrificar para alimentarnos, no para divertirnos. No sé en Japón, pero en México no matamos animales a garrotazos para luego comerlos, es un proceso en el que el ganadero invierte mucho tiempo, dinero y cariño a fin de hacer producir su negocio.
Quizá ya no andamos cazando animales salvajes para comerlos y cubrirnos con la piel (hay gente que lo hace por nosotros), pero este rasgo meramente humano de llevar la carne del bisonte para alimentar a la tribu aún se manifiesta, con algunos refinamientos pero ahí está: a la hora que usted va a la carnicería o supermercado y escoge la carne que consumirá con su familia, a la hora de cocinarla y servirla para que los suyos coman, o cuando se hace un festín en torno a un asador y es el jefe de la tribu quien la marina, la asa y la sirve. Y esto va más allá de simplemente ser amantes de la carne de verdad, pues en muchas familias, la hora de la comida es sagrada (al menos en mi casa lo es), es ese momento en el que se agradece por la bienaventuranza de comer bien, sabiendo que en este país hay familias para las que un bistec es algo impensable.
Dudo que toda esta gente sensible, amante de los animales y defensora de la Frankenburguer como remedio a los desalmados sacrificios haya estado en su vida en algún rastro y ver cómo funciona realmente el proceso. En los rastros no se golpea al animal, no se le maltrata pues eso provoca que, por la dificultad del desangrado, la carne contenga más toxinas. No, en los rastros no se degüellan los animales como si de un ritual narcosatánico se tratara, esos son mitos generados desde Greenpeace y difundidos través de las redes sociales para que las buenas conciencias, esas que se sienten superiores a los demás sólo por comprar un kilo de jitomates orgánicos y andar en bicicleta por toda la ciudad, tengan su paliativo moral.
Se habla también de que la “carne” creada a partir de células madre podrá poner fin al problema del hambre en el mundo dentro de diez o 20 años. Si la Frankenburguer costó más de 300 mil dólares, ¿qué harán para abaratar el proceso de producción? Y lo pregunto con cierto temor porque sabemos que las empresas suelen carecer de escrúpulos en cuanto a lo que le dan al cliente, tanto que puede llegar el momento en que esta “carne” podrá estar hecha de cualquier cosa, menos de células madre de una vaca.
Si le preguntamos a cualquier científico qué opina, seguramente celebrará este adelanto, pues los avances científicos y tecnológicos son su trabajo y aspiración, pero preguntemos a un transeúnte si se comería esa plasta de células madre, seguramente nos dirá que no pues, al no tener sangre, al no contener grasa ni terminales nerviosas, no es propiamente un músculo, es una plasta incolora e insípida; por lo tanto, no es carne.
Por lo anterior, considero que estamos frente a un espejismo de bonanza futura que en nada resolverá el problema del hambre en el mundo, pues esta problemática no es causada por la falta de alimento, ese es sólo un factor. El hambre en el mundo tiene sus causas en la explotación del hombre por el hombre, en el abuso de los recursos naturales, en el hecho de que la mayor parte de la riqueza en países como el nuestro se concentre en unas cuantas manos, mientras el resto forma parte de las estadísticas de la Organización de las Naciones Unidas. El hambre en el mundo se debe a ese capitalismo voraz y vertiginoso en el que poco importa afectar a los demás si se está ganando dinero, ese capitalismo desarrollista en el que no importa si en un paraje ha estado asentado un pueblo desde tiempos milenarios, si por ahí tiene que pasar una autopista, serán reubicados por las buenas o por las malas.
El hambre, la contaminación, el calentamiento global, la pobreza y los demás males que aquejan a la humanidad no se resolverán con plastas de células madre de cualquier animal; ver en ese remedo de hamburguesa la panacea contra los males de la humanidad es propio de un optimismo de visión demasiado corta, pues la problemática de los países pobres y ricos podrá tener una solución en un replanteamiento de los valores éticos y políticos encaminados a un sistema económico más amigable con los otros y el entorno; ahí está la solución, no en darle hamburguesas a los pobres del mundo.
Si logramos revertir los errores cometidos en este camino emprendido durante los últimos 120 años, el hambre en el mundo no será un problema tan grave como lo es ahora, por lo que la Frankenburguer quedará como lo que es: un bonito espectáculo por el que pagó más de 300 mil dólares uno de los hombres más ricos del mundo.

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