A
mediados del siglo pasado se decía que México era un país surrealista, y es que
André Bretón veía surrealismo hasta en los nopales, pero eso es un decir. Lo
cierto es que México era surrealista desde antes del surrealismo como corriente
estética.
En
términos sociales, el surrealismo implica una realidad subyacente a la
conocida, entendida y asumida por el consciente colectivo. Es así que hay una
realidad bajo la otra realidad, como la que vio John Kenneth Turner en su viaje
a México, a partir del cual escribió esa joya de denuncia y actual referente
del Porfiriato titulada México bárbaro.
El dictador presentaba a la opinión pública empresarial e internacional una
realidad superficial, un México en pleno desarrollo, crecimiento económico y
modernidad industrial, un campo productivo, la creciente infraestructura
ferroviaria, una Ciudad de México empapada de las más vanguardistas corrientes
artísticas europeas, un Ejército fuerte y disciplinado y un Estado sólido con
una sociedad preparada para ejercer la democracia. Pero esa era la superficie.
Bajo el
manto del Porfiriato y todo lo que lo ensalzaba se escondía otra realidad, una
que sólo los que vivían ahí veían y que quienes la explotaban justificaban sin
los menores escrúpulos. Esa realidad era la de los esclavos en las haciendas de
todo el país, especialmente las del sureste mexicano y hasta Veracruz, a donde
muchos fueron a dar pero de donde nadie, o casi nadie, salía con vida. También,
y además escondidos en la clandestinidad, estaban quienes se inconformaban por
el régimen dictatorial de Díaz, esos que en secreto imprimían libros,
panfletos, folletos, boletines, gacetas y periódicos con el único fin de mover
consciencias hacia un despertar ciudadano. Ardua tarea en un país lleno de
analfabetas, oprimido y temeroso del Estado. Todos esos hombres y mujeres que
decidieron no vivir más bajo la realidad porfirista terminaron muertos, otros
en la cárcel (donde al fin murieron) y muchos más exiliados en Estados Unidos,
de los cuales, un gran número de ellos fue aprehendido en aquel país y
entregados a las autoridades mexicanas, quienes, igual que a los que no se
habían ido, confinaron en cárceles o los asesinaron.
Pasadas
las décadas después de la Revolución hasta llegar a la mitad del siglo XX,
México se erigió como un referente en la vida cultural e intelectual de América
Latina, es así que muchos pensadores y artistas confluyeron aquí, unos en busca
de asilo político, otros movidos por una suerte de turismo intelectual y
cultural. Para ellos México era una realidad muy distinta a la de los mexicanos
de abajo, los de las vecindades, de las ciudades de provincia y, sobre todo,
del medio rural. En este sentido, me gusta mucho el ejemplo que se puede
plantear con esa dicotomía cinematográfica entre Nosotros los pobres, de Ismael Rodríguez, y Los olvidados¸ del –por cierto– surrealista Luis Buñuel. La misma
época, el mismo estrato social, la misma sociedad, la misma ciudad, los mismos
problemas y las mismas carencias, incluso el mismo Miguel Inclán, pero bajo
diferentes realidades: los pobres pero honrados, los pobres pero felices y los
pobres pero unidos, todo un éxito de taquilla y consagración de Pedro (¡Pedrito!) Infante; y el surrealismo como
la realidad subyacente, los pobres entre los que ha de haber alguno que sea
bueno entre los buenos pero que rodeado de parias, delincuentes e hijos de
puta, ni siquiera se nota pues en ese ambiente no sobrevive más de una semana.
Ahí radica el surrealismo en Los
olvidados, que no fue éxito de taquilla ni mucho menos ya que estuvo
enlatada durante varios años. Así, a lo largo del siglo XX, México vivió dos
realidades, la de Allá en el rancho
grande y la de “Y nos dieron la tierra” (El llano en llamas, de Juan Rulfo).
Pero en
los últimos lustros, el surrealismo social mexicano se ha tornado en una realidad
predominante por innegable, y es que el Estado mexicano ya no puede esconder
bajo la alfombra la pobreza de un amplio porcentaje de los ciudadanos cuando la
marginación, la miseria, el rezago educativo, la violencia y todo lo que se
suponía como el México profundo, ahora es el México ineludible. En este
sentido, considero que lo que en México se asumía como surrealismo, desde hace
tiempo se volvió hiperrealismo en todas sus facetas.
Desde
que la clase media se declaró en peligro de extinción, la clase baja ha
aumentado sus filas, mientras la clase alta se refugia en una zona de confort
que parece otro México como una negativa a reconocer que el país se desmorona.
La
prueba más cruda de este hiperrealismo social se vive día a día en la
inseguridad desde hace más de siete años. Durante el siglo pasado hubo sucesos
escabrosos e increíbles con que la nota roja conmocionó al país
ya que parecían
improbables, pero que en ese plano de la realidad social llamado el bajo mundo
fueron posibles, y cuando brotaron a la superficie, parecían incompatibles con
la realidad desarrollista que el Estado había venido construyendo a lo largo de
la historia. Ejemplos de ello son los casos de Las Poquianchis y los Narcosatánicos,
acontecimientos que por la inverosimilitud de su naturaleza movieron, en el
primer caso, a la escritura de la excelente novela de Jorge Ibargüengoitia, Las muertas; y en el segundo, a la
filmación de algunas pésimas películas de bajo presupuesto pero la redacción de
un buen ensayo por Carlos Monsiváis en Los
mil y un velorios; con todo y eso, esos hechos surrealistas, si se
repitieran en la actualidad, se puede decir que pasarían prácticamente
inadvertidos pues en los últimos años han proliferado las fosas clandestinas,
los feminicidios, la trata de personas y el narcotráfico con toda la violencia
que implica y que ha dotado a este fenómeno de la categoría de hiperrealista,
prácticamente snuff y más allá del gore, pues para nada es un simulacro.
Por lo
anterior y dados los alcances que ha tenido eso que antes permanecía
subyacente, podemos despedirnos de México como “el lugar surrealista por
excelencia” y comenzar a asumirnos, aún con los matices kafkianos que aún remiten
a El proceso, como un país
hiperrealista lleno de contradicciones pero con muchas más realidades que tarde
o temprano también saldrán a la superficie para terminar de convencer a los
escépticos de que no vivimos en “la región más transparente”.
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