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22 de noviembre de 2013

El Ponchis, kafkiana incertidumbre

Hacia finales de 2010 causaba revuelo mediático la detención de quien desde el primer momento fue apodado por la prensa como El Niño Sicario. Recordemos el aire triunfal que la pasada administración federal daba a las detenciones, mostrando ante las cámaras lo incautado y presentando a los flashes y reporteros a los detenidos, fueran peces gordos, meros sicarios o simples halcones. Así fue la detención, el 3 de diciembre de 2010, de Édgar Jiménez Lugo, también conocido como El Ponchis, quien desde ese momento se volvió carne publicitaria de cañón para el gobierno federal, que celebraba la detención de un desalmado y sanguinario asesino que, por las lagunas en la legislación en la materia, está por salir libre el mes próximo luego de cumplir la pena máxima que puede purgar un menor de edad, sea cual sea la magnitud del delito cometido: tres años.
Cierto, El Ponchis es un delincuente, y en esa carrera criminal iniciada a los doce años de edad y terminada a los catorce, justo con su aprehensión, cometió actos sanguinarios (o espeluznantes si se quiere ser dramático) como matar a una persona para luego extraerle el cerebro y rellenar el cráneo con carne molida (sólo dos meses antes de su detención) y degollar a otras cuatro después de torturarlas; eso sin contar los secuestros, asaltos, levantones y venta de drogas en que participó. Sí, es un criminal consumado, muy distante de cualquier adolescente que asalta a un transeúnte o que roba en un negocio. Los delitos cometidos por Édgar Jiménez no sólo llaman la atención por la atrocidad que lamentablemente se ha vuelto frecuente en nuestro país; los crímenes de este adolescente saltan a la vista por todo el contexto en que sucedieron.
De padres separados que radican en Estados Unidos, donde él nació, y con los que desde los cinco años no tuvo cercanía por haber sido criado en México por su abuela, Édgar Jiménez creció en las calles, sólo estudió hasta el tercer grado de primaria y a los once años de edad se volvió asaltante de negocios, para a los doce ser reclutado por el Cártel del Pacífico Sur, una escisión del Cártel de los Beltrán Leyva que además se disputaba el control de Morelos, con lo que en aquel entonces era La Familia Michoacana y el grupo que comandaba Édgar Valdez Villarreal, La Barbie. En este contexto, dos años de la vida de Édgar Jiménez transcurrieron entre casas de seguridad, armas de grueso calibre, torturas, narcotráfico, amenazas de muerte que lo obligaban a delinquir, drogadicción, ejecuciones y el constante peligro de ser asesinado por grupos delictivos antagónicos en medio de la guerra que el gobierno federal sostenía con el crimen organizado.
Lo descrito en el párrafo anterior abre la interrogante sobre cuántos Ponchis habrá en el país, cuántos niños de la calle o de bajo estrato social, sin oportunidades educativas ni una familia integrada e integradora son presa fácil para los grupos delictivos por ser, aunque no se quiera reconocer en estos términos, carne de cañón fácilmente reemplazable en caso de muerte o detención. Y es que a los niños y adolescentes es más fácil adiestrarlos por ser mentes moldeables, basta extirparles el sentido de los escrúpulos y maleducarlos en la violencia y la agresividad para que vean el asesinato como algo normal, y entonces tendrán al matón perfecto, ese que, igual que Édgar Jiménez, simplemente tendrá que drogarse para cometer las peores brutalidades. Si a eso le sumamos la posibilidad de ganar cantidades de dinero que limpiando parabrisas o vendiendo chácharas en los cruceros jamás tendrán (El Ponchis llegaba a ganar hasta tres mil dólares), el panorama es verdaderamente desolador en materia de prevención del delito entre jóvenes y menores de edad.
Alguna vez, Felipe Calderón utilizó la categoría de “daños colaterales” al referirse a los adultos inocentes y niños muertos en enfrentamientos, esos que habían estado en el lugar equivocado a la hora equivocada, muriendo por una bala perdida, una esquirla de granada o en medio del fuego cruzado, situación que la revista Proceso criticó fuertemente titulando un número “Dañitos colaterales”, para hacer un recuento de los menores de edad muertos en esas circunstancias. Pero entre los daños colaterales de las pugnas entre cárteles y los enfrentamientos de estos con las Fuerzas Armadas no sólo están quienes han perdido la vida de esa manera durante estos siete años, también hay que contar a las víctimas sociales, esos menores de edad que de una u otra forma han terminado enrolados en la delincuencia, historias con dos finales posibles: la muerte a manos de grupos rivales o caer en manos de un fallido sistema de reinserción social que, de entrada, está mal planteado, pues estos adolescentes no pueden ser reinsertados a la sociedad por la simple y sencilla razón de que nunca han sido reconocidos por ella.
Y es que para los corporativos criminales es realmente fácil reclutar a un adolescente, digámoslo en términos conservadores, del arrabal. Sin dinero, sin educación y viviendo en la precariedad familiar, espiritual y económica, de repente tener dinero, carro, celular caro, ropa de marca, mujeres y, sobre todo, poder sobre los demás, luce tentador para quien siempre ha sido negado y vilipendiado por la sociedad, relegado por el sistema educativo y de salud y denigrado e ignorado por el Estado y sus instituciones. Así que con dinero y poder los escrúpulos pasan a importar un comino pues no es posible sentir respeto hacia una sociedad que siempre los escupió y los marginó, así de fácil y así de complejo es el problema.
Tres años después, a los 17 de edad y como una broma de nuestro muy kafkiano Código Penal, a principios de diciembre Édgar Jiménez saldrá del Tutelar para Menores y el panorama es sumamente negro para él, porque además de que, a decir de los especialistas que lo han atendido, no está psicológicamente preparado para integrarse a la sociedad, corre dos riesgos: ser asesinado en venganza por los brutales crímenes que cometió o reintegrarse a las filas de la delincuencia organizada. Y aunque ha pedido ser acogido en Estados Unidos para continuar con su tratamiento en tanto que nacido en aquel país, las autoridades norteamericanas simplemente no lo quieren en su territorio, pero como no cuenta con un acta de nacimiento mexicana, las autoridades de aquí tampoco saben qué hacer con él, sólo que el 10 de diciembre próximo debe salir, y como no se trata de ningún Caro Quintero que puede hacerse ojo de hormiga aprovechando las lagunas constitucionales del Estado mexicano y las mentales de quienes lo dirigen, el final de esta historia es de pronóstico reservado.

8 de noviembre de 2013

El taco argentino

Los mexicanos, en tanto que hijos del maíz y otros tantos “jijos del maiz”, somos, como diría Botellita de Jerez en “La balona de la Conquista”, una patria bien taquera. Y es que en la gran mayoría de los hogares mexicanos, cualquier comida, salvo los caldos y platillos de características similares, es susceptible de volverse taquiza, de ahí que nuestra fast food por excelencia sean los tacos de diversa índole y con toda una gama de salsas y ensaladas para acompañar tan sacrosanto alimento.
Inicio con esa breve disertación sobre la idiosincrasia taquera de los mexicanos por lo que encontré mientras buscaba la información necesaria para el tema que quería tratar en esta colaboración. Ya tenía datos duros, declaraciones, cifras y cuanta sandez dijeron los diputados priistas en la sesión del jueves en el Congreso local; ya estaba afilando la navaja y apuntando los misiles cuando recordé que tenía que buscar la receta de un platillo que quiero probar. Estaba en esa búsqueda cuando de repente encontré un link que decía “Cocinera argentina causapolémica con falsa receta de tacos”, eso despertó mi sentido del olfato cibernauta y me hizo darle clic al vínculo.

Una chef de nombre Maru Botana (verídico), tan mediática como el chef Oropeza de Televisa, pero argentina, quien además tiene una página de Internet donde las amas de casa y los cocineros amateurs podemos ver los videos tutoriales de sus recetas, tuvo la osadía de enseñar a su público cómo preparar tacos, sí, tacos mexicanos.
Ahora le describo el procedimiento que la señora Botana siguió para emular la base de nuestra alimentación. Primero rayó zanahorias, papas y demás vegetales; una vez que tuvo todos los ingredientes finamente rayados, los vertió en un wok (sartén más apropiada para la comida oriental) y salteó los vegetales hasta que adquirieron ese color dorado que cualquier guarnición decente debe tener. Hasta ahí me dio la impresión de que serían unos tacos bastante alternativos pues no vi la carne, ni siquiera las tres tiritas que ponen en la modalidad al pastor de dos pesos.
Las tortillas según Maru Botana
Pero si usted quiere hacer tacos, el ingrediente primigenio no es la carne, la salsa o el limón, ni mucho menos el cilantro; lo que usted necesita, antes que nada, son las tortillas. De pronto me pregunté que si no tenía tortillas ¿cómo haría tacos?, y para salvar ese obstáculo, la chef Botana recurrió a lo mejor de su ingenio y elaboró las tortillas más sui géneris que he visto en mi vida. En un tazón de plástico puso harina de trigo, una parte igual de harina de maíz, diez cucharadas de aceite para cocina y agua caliente. ¡Qué muestra de mestizaje desde tierras gauchas nos mandó la chef Botana!, mire usted que hacer tortillas de harina (que llevan aceite) mezcladas con de maíz (cuyo vehículo es el agua), es algo que no se había visto, ni siquiera cuando Chepina Peralta salía en Imevisión. Una vez que la chef tuvo la masa lista, de entre unos triques de su cocina sacó una máquina metálica para hacer tortillas. En lugar de poner los trozos de hule para prensar las bolas de masa y poner la tortilla sobre el comal caliente para darle cocción, extendió la máquina sobre los quemadores de la estufa para encima de cada una de sus partes poner las respectivas bolas de masa que amplió con un rodillo. Cuando esa cosa estuvo al parecer cocida, la tomó, le puso la guarnición de vegetales y se la dio a un niño, quien pudo haberse intoxicado por el plomo que la máquina de hacer tortillas despidió al calentarse.
Los comentarios no se hicieron esperar por parte de la comunidad mexicana en Argentina, los hubo tan variados como los tacos, desde los más picantes hasta los más sabrosos, incluso hubo chefs mexicanos que la invitaron a México para enseñarle a hacer tacos de verdad, a lo que la señora Botana sólo respondió que la máquina se la habían regalado sin explicarle en lo más mínimo cómo usarla. Lo que acabo de narrar se presta a varias disertaciones.
Si hay algo que distingue a una cultura, además de su música y su vestimenta tradicionales, es su cocina, sus sabores, sus ingredientes y hasta la forma de comer; esos son rasgos culturales que dan identidad y reflejan la idiosincrasia de un pueblo y hasta la personalidad del comensal, pues “en la forma de agarrar el taco se sabe el que es tragón”. Y en este sentido, los mexicanos somos muy celosos con aquello que nos da identidad social, por eso nadie puede meterse con la Virgen de Guadalupe, ni con Pemex, ni con José Alfredo Jiménez, ni mucho menos con nuestros tacos. Somos lo que yo considero nacionalistas de reacción, es decir que tenemos un nacionalismo que nada más reacciona a los estímulos del exterior, como cuando un sacerdote italiano declaró que la Virgen de Guadalupe no había existido, aseveración que le valió las críticas en los medios nacionales y el odio más jarocho que el pueblo de México, guadalupano en su mayoría, puede sentir; o como cuando Hugo Chávez llamó “caballerito” a Felipe Calderón, poco importó que haya sido un espurio, un enfermo de poder y un inepto para la generación de empleos, Chávez se metió con nuestro entonces presidente y el rencor de un país se volcó hacia el gobernante de la nación sudamericana. Ejemplos de ese nacionalismo de reacción hay demasiados, tanto que hay quienes aún no le perdonan a Elvis Presley el que supuestamente haya dicho que prefería besar a dos negras que a una mexicana, a lo que yo siempre respondo para defender a El Rey diciendo que tendríamos que haber visto a la mexicana y a las negras en cuestión.
Aunque la cocina se trata de experimentar y mezclar sabores e ingredientes, lo cierto es que, siendo una figura pública, a la vista de todos, se requiere un mínimo de respeto, y más si se es un profesional en la materia, que se supone tiene los referentes gastronómicos, históricos y culturales para elaborar cualquier platillo, pues así como no le podemos llamar lasaña a una sincronizada, tampoco podemos llamarle taco a algo que no lo es. El punto de esto es que la chef Botana no simuló un huevo estrellado, simuló un platillo que es emblemático de este país y que constituye una parte fundamental de nuestra forma de comer, ya que, como diría un buen amigo, no importa qué nos sirvan, si tenemos una tortilla se lo ponemos en medio y comemos tacos.

3 de noviembre de 2013

La metamorfosis de la nota roja

Desde hace algunos años, la inseguridad y la violencia en México han tomado dimensiones exorbitantes, eso no es nada nuevo. Un tema muy discutido ha sido el de la remasterización de la barbarie en la que los grupos criminales recurren a técnicas de tortura y ejecución que pueden ser verdaderas obras del ingenio más macabro, tanto, que Los 120 días de Sodoma del Marqués de Sade, parece el manual de experimentos Mi Alegría, y no por el uso de conocimientos técnicos o médicos con que el narco lleva a cabo tales atrocidades, sino por el grado de deshumanización y la sangre fría con que se realizan estos actos, además del significado social de tales hechos, muchos de ellos registrados en videos que circulan por la red.
Es verdad que a lo largo de la historia de la humanidad han existido la tortura y las ejecuciones, y que la exhibición del cuerpo de un ejecutado siempre constituye un llamado de atención y una advertencia a quienes se sientan tentados a cometer la misma falta, para que lo piensen dos veces y desistan de ello o se atendrán a las consecuencias.
Joaquín Guzmán Loera
Volviendo al contexto contemporáneo de México, hay voces que dicen que hasta el salinato y el foxismo los cárteles de la droga se mantuvieron en relativa paz. Lo que sucedía en aquel entonces era que, al no haber mayor presión gubernamental, ellos se encargaban del reparto de plazas, ya fuera por la vía de la negociación o enfrentándose entre sí, y vale recordar que si había muertos y balaceras, era entre los estrictamente involucrados; si un funcionario o policía era víctima de una ejecución, se debía a que posiblemente estaba coludido; recordemos que los Arellano Félix, El Chapo, El Señor de los Cielos, el Cártel del Golfo y demás organizaciones arrojaban auténticos cañonazos de dinero a funcionarios, militares y autoridades judiciales y civiles a cambio de protección, información y cooperación; de otra forma, los imperios construidos por Juan Nepomuceno Guerra en Tamaulipas, los hermanos Arellano Félix en Tijuana, Caro Quintero en Jalisco, Amado Carrillo en Ciudad Juárez o Joaquín Guzmán Loera en Sinaloa, jamás habrían sido posibles.
Así estaba el país, repartido entre grandes cárteles que controlaban células y grupos locales a cambio de proteger los feudos y las plazas, y salvo por desaguisados como el asesinato del cardenal Posadas Ocampo a inicios de los 90, nadie los molestaba pues el gobierno sabía que no iba a poder contra grupos perfectamente armados, estructurados y con una capacidad económica y operativa que los hacía, y los sigue haciendo, rivales casi invencibles.
Aspecto tras un enfrentamiento
Pero de repente, en 2006 llegó un presidente de la República que a fin de legitimar su entrada a Los Pinos emprendió una cruzada contra el narcotráfico apenas pasados unos días desde su toma de posesión. Felipe Calderón, el mismo que no pudo ser gobernador de Michoacán y que llegó a la Presidencia por la vía del fraude, cometió el error que aún ahora ha costado alrededor de 100 mil vidas y decenas de miles de desaparecidos: irse a tontas y a locas contra grupos que, como ya dije, están bien organizados y estructurados, más que el mismo gobierno. Su estrategia consistió en mandar miles de soldados a las calles y saturar con policías federales el panorama.
Si a los palos de ciego de Calderón, a la corrupción en el Ejército y las procuradurías General de la República y las estatales, así como en los diferentes cuerpos de seguridad, le agregamos los reacomodos que en aquel entonces se daban al interior de las estructuras criminales por pugnas internas y entre grupos, el surgimiento de nuevas y más sanguinarias organizaciones y la laxitud de nuestro sistema penal, era lógico que el país estallara en la violencia.
Pero tampoco hay que caer en la irresponsabilidad de decir que el más infame de los michoacanos tiene toda la culpa de esta situación que vive el país, pues si la delincuencia organizada llegó a lo que ahora es, se debe a los años de corrupción, lagunas legislativas, crisis concatenadas y escasos valores éticos a lo largo del siglo XX. Así pues y dicho de manera vulgar, el hormiguero ya estaba, Calderón sólo lo alborotó.
Heriberto Lazcano Lazcano
Pero algo que se ha visto en los últimos años y que sí es más o menos nuevo, al menos en este rubro, es la sanguinaria forma de actuar de los delincuentes. A pesar de los cuantiosos recursos económicos que poseen, el poderoso armamento que pueden utilizar, con redes de intercomunicación tan sofisticadas como las del gobierno, con el entrenamiento que suelen demostrar en sus acciones y una capacidad operativa digna de cualquier ejército, llama la atención que sigan recurriendo a formas de tortura y ejecución que, aunque sanguinarias y variadas, no dejan de ser rudimentarias, prácticamente cosa de bárbaros.
Con la entrada de Los Zetas a la escena criminal, la sociedad vio atrocidades que en su momento sólo se habían visto, al menos en años recientes, en la forma de asesinar de los miembros de la Mara Salvatrucha: machetazos, decapitaciones, desmembramientos y un largo y macabro etcétera. Cierto, publicaciones como Alarma! ya daban cuenta de brutales asesinatos, pero eran casos aislados en los que un marido celoso, una mujer agraviada o un compañero de parranda incurrían en acciones cuyo calificativo más acertado es lo grotesco. Pero lo que sucedió a raíz de la aparición del grupo fundado por Arturo Guzmán Decena al servicio de Osiel Cárdenas Guillén constituyó una contradicción e inauguró una nueva modalidad de nota roja.
Ejecuciones como mensajes
La contradicción que se mostró con el antiguo brazo armado del Cártel del Golfo fue que siendo militares altamente entrenados, con una formación en lo más avanzado en técnicas de combate a guerrillas urbanas y grupos terroristas, con un adiestramiento altamente efectivo en materia de logística, comunicación, inteligencia militar, espionaje y contraespionaje, uso de armas, vehículos y explosivos, vaya, con la capacitación que sólo los soldados de élite poseen, resultó contradictoria la manera tan brutal y bárbara de asesinar y torturar a sus víctimas, y no es necesario describir las atrocidades que han hecho que este grupo criminal sea considerado el más sanguinario en la historia del crimen en México, incluso al grado de que el gobierno estadounidense lo considere una amenaza a su seguridad nacional. Cientos de publicaciones que inundan Internet y otras más de manera impresa, han dado cuenta de los colgados, desmembrados, decapitados, calcinados, cuerpos apilados en lugares transitados para mandar mensajes a sus contrincantes.
En busca de reclutas
Con lo que en 2006 era una ola de violencia pero que a estas alturas ya es un tsunami, pues los demás grupos han adoptado las formas de matar y mandar mensajes del también llamado La Última Letra, se instituyó una nueva forma de hacer nota roja. Hasta hace unos años, las atrocidades eran vistas con mayores cantidades de morbo pues eran casos extraordinarios que daban al imaginario colectivo el aliciente para sus más mórbidas fantasías. Por eso es que publicaciones como Alarma! o Semanario de lo Insólito se vendían, leían y sobretodo, se apreciaban con tal fruición, que casos como el de Diego Santoy (inocente, por cierto) eran masticados y comentados durante semanas, y no sólo por los medios de comunicación, sino por la propia sociedad que incluso planteaba teorías sobre lo sucedido, teorías que daban forma a la opinión pública en estos temas, que eran una suerte de postre a la hora de leer el periódico o ¿de qué otra forma se explica que la sección de política antecediera a la deportiva para rematar con la nota roja? Mi hipótesis es que el lector común hacía corajes con la sección política, se regocijaba con la deportiva viendo los resultados de su equipo de futbol y se daba un baño moral con la nota roja.
Alarma!, el diario de nota roja de más tradición
Eso era en los buenos tiempos de la información sanguinolenta, hoy todo ha cambiado. En primer lugar, ser reportero o periodista de nota roja se ha vuelto un oficio de alto riesgo, a menos que se haga lo que muchas agencias informativas hacen: reportar sólo el accidente automovilístico, la pelea de borrachos que acabó en un muerto y un prófugo, o la nota sobre el violador capturado o el asalto. En segundo lugar, de unos años para acá la violencia se ha democratizado de tal forma, que reportar un ejecutado o una balacera llama la atención del lector sólo si el suceso tuvo lugar en las cercanías de su domicilio o centro de trabajo, pues de otro modo ya no es novedad, sobre todo si el hecho se suscita en estados como Michoacán, Guerrero, Durango, Zacatecas, Sinaloa, Chihuahua, Jalisco, Coahuila, Tamaulipas, Morelos, Nuevo León, Baja California Norte o Veracruz, y ahí tenemos el caso Heaven, que llamó la atención porque los levantados y asesinados eran de la Ciudad de México, los levantaron en un bar de la Zona Rosa y sus cuerpos aparecieron en un rancho. Y aquí valdría preguntar por qué razón, los miles de casos de desapariciones a lo largo y ancho del país no se han resuelto de manera tan rápida y bajo tal presión televisiva; simple, porque en la Ciudad de México, un caso de esta naturaleza sí es un hecho aislado, extraordinario.

Lo anterior sirve para definir el nuevo estilo de la nota roja del que hablaba párrafos arriba. Si hace años estas notas eran la comidilla o el comentario ingenioso de la charla, la nota roja actual, cuando da cuenta de los hechos violentos relacionados con la delincuencia organizada, tiene además un uso estadístico, pues el lector asiduo a esta información o quien tenga un interés profesional o periodístico (que no es menos profesional) sabrá identificar las señales que la violencia da; por lo anterior, las víctimas dejan de cobrar importancia, pues rara vez se sabe quiénes son, por lo que el hecho violento se lee menos como un suceso extraordinario y más como el síntoma de una enfermedad social.

Bienvenido Fausto

El presente periodo de gobierno estatal se ha caracterizado por aspectos que apenas se atisbaban en el de Leonel Godoy: la incertidumbre, la ingobernabilidad, la violencia, la pésima economía, la inestabilidad política y social y el mal que ha venido a acentuar a los anteriores, el vacío de poder. En este sentido, omitiré recurrir a la ya tan trillada etiqueta de “Estado fallido” (recientemente utilizada por el obispo de Apatzingán, Miguel Patiño Velázquez), pues Michoacán no es un país, aunque ese epíteto se ha vuelto popular entre los críticos y los detractores de la actual administración; ergo, Michoacán no es fallido ni como Estado (por la aclaración anterior) ni como estado, porque, en tanto que entidad federativa, no hemos fallado los ciudadanos, lo que ha resultado fallido, ineficiente y hasta omiso es el aparato gubernamental estatal, tal como sucedió en el sexenio de Calderón a nivel federal, aspecto en el que sí se dio un auténtico Estado fallido cuyas repercusiones aún padecemos.
Sabemos de qué manera llegó Fausto Vallejo a la gubernatura, para nadie es nuevo que los poderes fácticos, como se les llama cuando se quiere ser diplomático y cuidadoso, negociaron con su equipo de campaña la gubernatura vaya usted a saber a cambio de qué, y eso se notó al ver una campaña que, a la mitad del proceso, fue de menos a más a pasos agigantados con un exorbitante gasto en propaganda y dádivas de esas que tanto gustan a los acarreados de los mítines de cualquier partido. No fue el mismo caso que el de la campaña de Silvano Aureoles, que fue de más a menos tanto económica como publicitariamente, o la de Luisa María Calderón, que en su calidad de hermana del presidente tenía todo el aparato gubernamental de su lado. Los señalamientos que Cocoa ha hecho hacia el gobierno de Fausto Vallejo no son descabellados ni se deben a que la senadora panista esté “enferma del alma”, y una prueba de ello es un audio reproducido a unos días de ese proceso electoral en el noticiero que conducía Ciro Gómez Leiva en Milenio Televisión; en esa grabación, un supuesto miembro del crimen organizado ordenaba a un operador político de Tuzantla instar a la gente a votar por el PRI. Falso o verdadero, actos como ese levantan sospechas y no se olvidan tan fácilmente.
Entre la incertidumbre ciudadana por el estado de salud del gobernador, éste se fue con licencia del Congreso y prácticamente seis meses estuvo separado del cargo. Durante ese tiempo, Jesús Reyna logró que las aguas mediáticas se apaciguaran un poco, aunque las ejecuciones y los levantones siguieron, con todo y un diputado muerto a machetazos. Pero sucedió algo interesante durante el interinato de Reyna, los autodefensas se fortalecieron, los grupos crecieron y se armaron más y mejor bajo el supuesto cobijo del Ejército y la Policía Federal. Durante ese tiempo, Reyna se dedicó a decir que no pasaba nada, que eran casos aislados.
Ahora que Fausto Vallejo vuelve al poder, la inestabilidad vuelve a imperar en Michoacán pues apenas se anunció su regreso al Solio de Ocampo, los índices de ejecuciones y enfrentamientos se dispararon, con lo cual se hicieron más obvios, toda vez que si en promedio, a nivel estatal los medios daban cuenta de uno o dos sucesos relacionados con el crimen organizado al día, ahora esa cifra se ha multiplicado, con lo que Agencia Esquema, por poner un ejemplo, diariamente da cuenta de un promedio de cinco o seis actos de esta naturaleza; y aunque los medios informativos no lo digan abiertamente, por el modus operandi, el lector fácilmente se puede dar cuenta de cuál fue el móvil, ya que al tratarse de uno o más cadáveres con rastros de tortura, maniatados, arrojados a un predio baldío o un canal o abandonados en un vehículo, con cierto tipo de vestimenta y muertos por balas de determinados calibres, es lógico pensar qué clase de asesinato se cometió, y estos rasgos permiten diferenciar entre un ajuste de cuentas o ejecución y un homicidio por intento de asalto o por viejas rencillas personales.
Lo sucedido el pasado fin de semana, cuando un grupo de comunitarios fue atacado en Apatzingán y varias gasolineras e instalaciones de la CFE también resultaron afectadas, no fue otra cosa que un mensaje al gobernador. Poniendo un poco de atención a los mensajes que el crimen organizado ha mandado al gobierno del estado a través de comunicados, panfletos y mantas, además de los videos en los que ha aparecido su líder haciendo señalamientos velados pero directos, es lógico pensar que el gobierno del estado debe favores que no ha pagado y acuerdos que no ha cumplido, ¿cuáles?, sólo los involucrados lo saben, mientras los ciudadanos vivimos en la zozobra, la incertidumbre y el miedo por no saber en qué momento habrá un ataque, una balacera o un bloqueo.

Frente a Fausto Vallejo se presenta un panorama más complicado que cuando inició su periodo, y eso se debe a diversos factores que entorpecen el ejercicio del poder. Por un lado, el descontento social por la falta de empleos y la mala economía del estado, por el otro, el hecho de que Jesús Reyna realizó cambios en la estructura del gobierno estatal, quizá pensando que alcanzaría a terminar el periodo. Pero también están los problemas con el magisterio, el hecho de estar en los primeros lugares a nivel nacional en cuanto a violaciones a los derechos humanos, las afectaciones que dejó la tormenta tropical Manuel¸ la incompetencia e indiferencia del gobierno federal para atender de forma eficiente los problemas de la entidad, los presidentes municipales que navegan solos ante la falta de recursos para detonar el desarrollo y la creación de infraestructura en los municipios que gobiernan, el Congreso local que predica en el desierto con sus exhortos, la presencia de los cárteles que se disputan el control del estado, los grupos de

autodefensa cuyos líderes han dicho muchas cosas, menos quién les proporciona armamento, vehículos y combustible o de qué privilegios gozan para andar armados con rifles de alto poder a ojos del Ejército y la Policía Federal, todo ello sumado a las sospechas y suspicacias que generó el que Jesús Reyna haya decidido abandonar el barco.
En fin, esperemos que la salud del gobernador esté plenamente restablecida, primero, porque como ser humano, obviamente que no se le desea mal alguno, pero también porque en su calidad de jefe del Ejecutivo estatal, los ciudadanos necesitamos la certeza de que hará su trabajo sin más interrupciones a fin de coadyuvar en la solución a los múltiples problemas que enfrenta el estado, que ni son pocos ni son pequeños.

25 de octubre de 2013

Ofrendas de Día de Muertos

Para Alejandra y Fer, la luz más intensa

Mientras le explicaba a mi hija de cuatro años el sentido de las ofrendas de Día de Muertos, me vino a la mente todo lo que tenemos que celebrar en esa fecha, cuántas ofrendas habría que instalar en honor a lo que muere y como aviso de lo que está muriendo. Cuántos muertos, cuántas pérdidas, cuánto qué lamentar en una época en la cual el egoísmo y la soberbia nos matan el espíritu, cuando nuestra única función en la vida debería ser buscar la felicidad, entendida ésta no como un fin, sino como un camino.
Vivimos una época funesta en la que padecemos la muerte de las más sagradas virtudes humanas: la amistad, la confianza en el otro, la fidelidad hacia nuestros principios, la congruencia, el respeto por los demás y por el entorno, la solidaridad que tanta falta hace en nuestra sociedad. Sí, quizás en casa pongamos una ofrenda para nuestros muertos humanos, para quienes ya no están; pero no ponemos una para la humanidad, no como especie, sino como conjunto de características que deberían definir nuestros actos y nuestros sentimientos.
Por un lado, hay quienes donan cinco o diez pesos para el Teletón y lloran durante la transmisión en que Televisa explota las emociones del público, horas y horas continuas de compadecer a esos menores que no han nacido o crecido en condiciones óptimas para desarrollarse, pero esa misma empresa jamás dedica un día de cobertura para transmitir los Paralímpicos; claro, con los deportistas llamados especiales no puede hacer negocio ni deducir impuestos pues no hay quién les done un centavo, ni siquiera para lavar la conciencia. Un ejemplo de tal incongruencia lo vimos recientemente en Morelia, pues mientras la primera dama de esta ciudad a diario sacaba una nota periodística tomándose la foto con los deportistas discapacitados que competirían en Morelia, nunca habló de apoyar a las familias de escasos recursos que tienen un miembro con alguna deficiencia cerebral o motriz, o con los múltiples amputados e inválidos que piden limosna en el Centro Histórico y en los muchos cruceros de esta ciudad, ¿para ellos no hay Suma de Voluntades? Una ofrenda para la congruencia.
Hace varios años, mientras buscaba un café a las 07:30 horas antes de ir a mis actividades normales de aquel entonces, a un costado de la Casa de las Artesanías, en la Plaza Valladolid, vi a una mujer de edad madura, notoriamente perturbada, descalza, semidesnuda y llena de lodo. Imaginando todo lo que le pudo haber pasado para terminar en tan lastimoso estado, llamé al 066 y pasé el reporte, pensando que las autoridades cuentan con albergues para indigentes con algún desorden mental; estuve ahí media hora y jamás llegó una patrulla, claro, era sábado por la mañana y el Centro estaba desierto. En otra ocasión, circulando a las 20:00 horas por la calle Guillermo Prieto casi en la esquina con la Avenida Nocupétaro, en El Triangulito pues, el amigo con el que iba en el carro y yo vimos cómo un hombre golpeaba a una mujer, incluso con la frente (un golpe muy doloroso, déjenme decirles). Decidimos llamar a Seguridad Pública pero al describir los hechos y la ubicación al operador, la respuesta de éste nos dejó atónitos: “¡Ah!, ha de ser de las prostis que trabajan en la zona; en este momento no hay unidades en el área pero en cuanto haya una, la mandamos”. Nosotros simplemente comentamos: “O sea que si es prostituta, ¿que la maten?”. Casos similares puede haber muchísimos, pero esos dos sirven para ejemplificar la indiferencia de las personas (sobre todo en las zonas urbanas) frente a las desgracias ajenas, pues es sabido que te pueden estar asaltando o golpeando en la vía pública y nadie, o casi nadie, hará nada; es más, acelerarán el paso y voltearán hacia otro lado con tal de no enterarse. En este tenor, siempre he considerado que ser solidario no es nada más donar víveres para los damnificados; ser solidario implica no ser indiferente hacia quienes podrían estar necesitando ayuda, desde el conductor con un neumático ponchado hasta quien perdió todo por un desastre natural. Pero hacemos uso de la solidaridad sólo cuando los medios de comunicación, sobre todo la televisión, nos dicen que ayudemos a “nuestros hermanos” de tal o cual parte, cuando en otras circunstancias no les daríamos ni agua, y entonces nos lavamos la conciencia con lágrimas de pobre. Una ofrenda para la solidaridad.
México es un país de terribles contrastes pues por un lado, tenemos al hombre más rico entre los ricos, y por otro, a muchos de los más pobres entre los pobres; lo que es peor, mientras a un asalariado del gobierno, sea enfermera, profesor o de otro rubro, la mitad de la quincena se le va en el pago de prestaciones, cuotas sindicales e impuestos, a los grandes evasores fiscales como Grupo Televisa, Grupo Walmart, Grupo Bimbo y muchas más se les condonan multimillonarias sumas de dinero cuando deberían ser los mayores contribuyentes. Es por eso que resulta insultante cuando los políticos hablan de combatir a la pobreza mientras viven con grandes privilegios, o cuando los diputados federales del PRD, comandados por Silvano Aureoles, se presumen de izquierdistas y de ser un partido cercano a la gente, pero que en realidad no son más que, como dijera Hugo Chávez, cachorros del imperio. Una ofrenda para la justicia social.
Que este Día de Muertos sirva para poner ofrendas a todo aquello que ha muerto y lo que agoniza en nuestra sociedad, incluso lo que ha abortado en ella: la equidad, el respeto, la justica en todas sus formas, la cultura, el diálogo, los derechos humanos, la democracia, la paz, la tranquilidad, la estabilidad económica, la familia como núcleo de la sociedad y como sustento emocional de los individuos, el entorno natural, la agricultura tradicional, las culturas originarias, la alternancia política, los valores de la izquierda mexicana, el derecho a estar informados, la memoria de los muertos de esta guerra entre cárteles, la ética de la clase política, la idea de mandar obedeciendo, el afán de vivir en un país donde sea posible que las personas exploten todo su potencial creativo, la certeza laboral, la espiritualidad (que no es lo mismo que religiosidad), la cortesía, la buena música, la política basada en ideologías y no en intereses de grupo o mercantiles y un largo, larguísimo y extenuante etcétera.

En fin, es tanto lo que muere en la sociedad actual que este Día de Muertos debería ser el más triste del año, pero mi hija sólo tiene cuatro y no le voy a explicar todo eso, ya lo irá descubriendo mientras crezca, lamentablemente.


18 de octubre de 2013

El poder del acarreo

“Nada es tan desalentador como un esclavo satisfecho”.
Ricardo Flores Magón



Dip. Juan Carlos Orihuela Tello
Lo decía Raúl Mejía en su columna de esta semana: “Podrá no haber método, estrategia, plan, ruta crítica, cronogramas con metas y logros precisos, pero una cosa no ha de faltar: echarle ganas”. Inicio citando a maese Mejía porque en el Congreso local (a juzgar por su página de Internet) hay una especie de contador de iniciativas, puntos de acuerdo, reformas, participaciones ante el pleno y demás actividades legislativas que cada diputado debe realizar para no pasar por holgazán, para no poner en vergüenza a su bancada o ya de plano para justificar la quincena y los privilegios con que el Legislativo dota a sus integrantes. Y es así como cada semana vemos desfilar propuestas de iniciativas o de nuevas leyes que rayan en la ocurrencia (salvo algunos casos plausibles y hasta necesarios), en el mero echarle ganas a eso de la legislada para pasar lista y cubrir la cuota de rendimiento y eficiencia que en todo trabajo se requiere para mantener el empleo.
Pues resulta que ayer vi una nota que me llamó la atención. El diputado Juan Carlos Orihuela Tello presentó una iniciativa para sancionar el acto de acarrear a menores de doce años a manifestaciones, mítines, plantones, marchas, protestas y actos públicos que atenten contra la integridad física y mental del menor. De acuerdo, totalmente de acuerdo pues yo no llevaría a mi hija a un partido de futbol que puede terminar en un enfrentamiento entre porras ya que podría salir lastimada, tampoco la llevaría a un concierto de reggaetón o una presentación de Espinoza Paz (bueno, ni yo iría) pues eso la marcaría de por vida y luego tendría que gastar en terapia psicológica para ella y para mí.
Pero el diputado no lo decía en ese sentido, él utilizó, según la nota que leí, el término “acarrear”. Para quienes no estén al tanto de lo que significa ese extraño y casi nunca visto fenómeno del acarreo, se refiere a llevar con engaños, promesas o remuneración de por medio a grupos de gente para que llenen plazas, calles, foros o urnas. Los engaños pueden ser tan simples como llevar contingentes antorchistas a una supuesta
Sofía Castro, hijastra de Peña Nieto
marcha de la organización que resultó ser el cierre de campaña de Fausto Vallejo cuando era candidato a gobernador, las promesas pueden consistir en ofrecer una torta y un refresco, la gorrita alusiva, la playera y demás afiches conmemorativos a eventos como los mítines de todos los partidos políticos, el pasado Grito de Independencia en el Zócalo o una función de El cartero, en Veracruz, puesta en escena en la que participa una hija de La Gaviota y para la que el gobierno de Javier Duarte dispuso a la plantilla laboral de la administración de ese estado a fin de cubrir las localidades vacías, que eran muchas. Por otro lado, la remuneración puede ser desde 100 pesitos por pararse y gritar un rato en el mitin, hasta una tarjeta de Soriana o 500 por voto o mil pesos en el caso de las familias de electores que sufragaran en favor de muchos que se han ostentado como legisladores, gobernadores o presidentes de la República. Todo ello utilizando como medio el acarreo.
Pero mi pregunta es ¿Por qué la iniciativa del diputado sólo incluye a menores de edad? Orihuela Tello también debería incluir el acarreo de adultos a los mítines y protestas y a los eventos presidenciales, si es que Peña Nieto se digna a venir a Michoacán para recibir el amor de su pueblo. Si yo fuera diputado propondría penalizar el proporcionar camiones, propaganda y refrigerios a los militantes de los partidos políticos con dos fines esenciales: uno, poder ver, a efectos de medición, qué candidato o qué partido realmente tienen poder de convocatoria sin dar nada a cambio, con militancia pura y comprometida para así saber realmente el peso social que la clase política tiene en este país, y para ilustrarlo pongo un ejemplo: cuando López Obrador vino a Morelia con motivo de su última campaña por la Presidencia de la República, desfilaron Lázaro Cárdenas Batel, Minerva Bautista, Raúl Morón y demás personalidades del perredismo estatal y moreliano, todos se llevaron sendas rechiflas por parte de una concurrencia cuya reducida minoría era la única que portaba banderas y playeras partidistas, pues el grueso de quienes ahí estaban lo hacían sin más consigna que el apoyo honesto al candidato presidencial, y era a quien deseaban escuchar, era por quien estaban ahí. El segundo objetivo de prohibir el acarreo en todas sus formas sería el considerable ahorro para el IFE y el IEM, y por ende, para el país y en particular para el estado, pues en México, los partidos políticos son un barril sin fondo en materia presupuestal por las partidas asignadas a cada instituto para pago de nómina, gastos, espacios en medios de comunicación y, cuando se avecina un proceso electoral, el majadero, insultante gasto en publicidad, propaganda, mapaches, operadores políticos y movilización antes y durante la contienda, lo que constituye acarreo puro.

Pero volviendo al tema de los menores acarreados aludidos por Juan Carlos Orihuela, no debemos olvidar que cuando un niño o adolescente está en un mitin político es porque sus padres lo llevaron, y ese es uno de los detonantes para que el futuro adulto adopte una postura de filiación política. Creo que el hecho de que un niño asista, siempre vigilado por los padres y sin poner en riesgo su salud, a un evento de esa naturaleza, también forma parte de su educación cívica para que desde la infancia o la adolescencia se forje con ideales que quizá se refuercen y tomen forma con el paso de los años, con la educación y la madurez que a veces da el tiempo, eso sólo si los padres son militantes comprometidos y convencidos y no cazadores de tortas y playeras.
El asunto es que, por mucho, esta iniciativa luce ocurrente, como una buena puntada de un legislador que, sin denostar su trabajo, le echa ganas a eso de legislar; y estoy seguro de que ésta, como muchas otras, pasará al archivo de las iniciativas curiosas que nunca se dictaminan aunque se pase de una Legislatura a otra, pues la mayoría de los diputados siempre tienen mejores cosas qué hacer, como lucir bien ante los medios, debatir sobre la decoración de su recinto y aprobar un presupuesto con el que los mayores beneficiados son los propios intereses de la clase política. Por lo pronto y si otra cosa no sucede seguirá existiendo la figura del acarreado de todas las edades y a cualquier precio, pues el candidato en turno debe mostrar el músculo a sus adversarios y detractores, aunque para ello gaste millonarias sumas de dinero de su partido y de simpatizantes que después cobrarán el favor, pues un político pobre es un pobre político.

11 de octubre de 2013

Parquímetros, necedad institucional

Hace una semana pensé que frente a la oposición de la sociedad y diferentes actores políticos, la iniciativa municipal de los parquímetros quedaría en una iniciativa malograda; me equivoqué. En estos días, el Ayuntamiento de Morelia ha dicho -a través de varios funcionarios- que la medida no es recaudatoria, que es para darle movilidad al Centro, que es para incentivar el uso de medios de transporte alternos, que es para quitarle el control de las calles a los lavacoches, que es para cuidar el medio ambiente, que es para mejorar la imagen del primer cuadro de la ciudad y toda una perorata que me recuerda a Jesús Reyna cuando dice que Michoacán está en santa paz.
Cristina Portillo Ayala
Vámonos por puntos. Que la medida no es recaudatoria. En una nota de Patricia Monreal publicada el jueves 10 de octubre por este diario, se citan las declaraciones de la diputada perredista Cristina Portillo, quien ofreció datos interesantes. Entre lo que mencionó la legisladora local, resalta que serían 250 parquímetros para tres mil 775 cajones de estacionamiento, cobrando diez pesos por una hora y operando durante mediodía, lo que nos arroja un saldo de 453 mil pesos diarios, doce millones al mes y la nada despreciable recaudación anual de 163 millones de pesos, sumando las infracciones a quienes se pasen del tiempo establecido en el dispositivo o se estacionen en lugares prohibidos, que ya de por sí son muchos, tomando en cuenta el posible arrastre de la grúa y el pago por el corralón. No sé en Wililandia, pero de donde yo vengo a eso se le llama recaudar dinero, y si no es así, quiere decir que la concesionaria se quedaría con esos millones anuales, tantito peor; quizá por esa razón la empresa Factiblidad Urbana Total no cobró por el proyecto y el pobre Ayuntamiento se dejó envolver, como cuando un constructor patito vendió a Springfield un monorriel; sí, hablo de Los Simpson.
Que los parquímetros coadyuvarían a dar movilidad al Centro Histórico. El primer cuadro de la ciudad es un caos por donde se le mire, excepto entre la media noche y la madrugada. La falta de movilidad en el Centro no es a causa de los carros estacionados que no pagan, pues con los parquímetros seguiría habiendo vehículos aparcados, sólo que estarían generando los ingresos mencionados en el párrafo anterior. El asunto de la movilidad se resolvería, en primera instancia, de tres formas: cambiando el tipo de unidades del transporte público pues muchas, como las combis, son bastante pequeñas, por lo que, así vayan saturadas, llevan pocos pasajeros en comparación con la capacidad de transporte de un camión. En segundo lugar, en vista de que muchas vialidades del Centro Histórico son demasiado estrechas como para la circulación de camiones, se volvería necesario sacar al transporte público del primer cuadro de la ciudad, al menos de las calles Guillermo Prieto, Galeana, Abasolo, El Nigromante, Ocampo, Allende, Virrey de Mendoza y Morelos, permitiendo el paso sólo a automóviles particulares y taxis, pero el Ayuntamiento se enfrentaría a un gran problema gangsteril: Pasalagua y similares. Y en tercer lugar, que los operadores de las susodichas unidades y los pasajeros que las abordan aprendan a respetar la paradas establecidas, evitando subir y bajar donde les pega la soberana voluntad.
Que con los parquímetros se incentivaría el uso de medios de transporte alternos. Vivo en la salida a Quiroga, si me pongo en sintonía con el Ayuntamiento y decido dejar mi carro para ir al primer cuadro, tendría que pagar el camión que me saca del fraccionamiento y la combi que me lleva al Centro, quince pesos por un viaje de casi tres cuartos de hora, nada más de ida. Ahora supongamos que voy con mi familia, 45 pesos por 45 minutos de lentitud, sumando los baches de los carriles laterales de la Avenida Madero Poniente; si agregamos el regreso, son 90 pesos. Mi carro se gasta 50 pesos en gasolina de ida y vuelta, y esos 45 minutos de trayecto se convierten en 25 minutos de viaje cómodo y seguro. Ah, pero el hache Ayuntamiento habla de la bicicleta como medio de transporte, y yo pregunto, si usted vive en la Zona Conurbada (ya en Tarímbaro), en la salida a Charo o hacia donde su servidor tiene su morada, ¿se arriesgaría a irse en bicicleta al Centro? Lo siento pero en esta ciudad hay demasiados cafres como para andar en bicicleta.
Que los parquímetros ayudarían en materia ambiental. Las unidades que más contaminan en Morelia son las de carga y los microbuses, no los automóviles particulares, al menos no en la misma medida. Si realmente se quiere hacer algo contra las emisiones de los automotores, deberían empezar mejorando el parque vehicular del transporte público, pues aunque hay rutas como la Rosa, cuyas unidades son seminuevas y en buen estado, hay casos lastimosos como las rutas Alberca, Santa María, Panteón y Ruta 1, carros que ya deberían ser dados de baja debido a las grandes emisiones que, con las de camiones de carga que circulan por toda la ciudad, inundan a Morelia de smog y ruido. ¿Por qué no mejor, en lugar de hacerle al wanna be, se buscan mecanismos para renovar el parque vehicular de estas rutas que rodean y atraviesan la ciudad?, ¿o con los 163 millones de pesos anuales que recauden de las tragamonedas van a apoyar a los concesionarios para adquirir nuevas unidades? Si realmente quisieran ya lo hubieran hecho desde hace mucho.
Que los parquímetros darán una mejor imagen al Centro Histórico. Si el edificio del Hotel Alameda ya desentona bastante con la arquitectura de la colonia Centro de Morelia, no entiendo cómo es que los parquímetros darán una mejor imagen a la ciudad, ¿tan bonitos están que además de dar dinero embellecerán la ciudad? Volvemos al tema de lo wanna be, al querer ser. Imagine el Centro Histórico luciendo sus 250 parquímetros, ¿se vería bonito?, no, se ve igual, con la única diferencia de esos artefactos incrustados en las banquetas.
Lo de los lavacoches no lo saco a colación porque de eso hablé la semana pasada; más bien atendamos lo dicho por el ombudsman michoacano: la calle es de todos, no del Ayuntamiento, así que no tienen razón para cobrar impuestos para estacionarse, y si las autoridades municipales pretenden implementar esa medida recaudatoria defendidos y justificados por los políticos del PRI, que hagan la consulta ciudadana como ya lo pidió el Congreso local para que desde ahora haya transparencia en el proyecto, la concesión y los recursos que genere, eso si los ciudadanos lo aceptamos y el Ayuntamiento no continúa en su necedad.

4 de octubre de 2013

Tragamonedas en el Centro

Si algo ha caracterizado a las actuales administraciones priistas, tanto a nivel federal como estatal, ha sido el afán recaudatorio. La Federación, utilizando como eslogan la recalcitrante frase “mover a México”, ha promovido reformas que van desde lo perjudicial a un gremio en específico hasta lo lesivo a la clase trabajadora mediante el gravamen en los impuestos, las restricciones contrarias a toda conquista sindical y a los derechos de los trabajadores, así como el sometimiento de Pemex al lenocinio de altos vuelos por parte del Estado mexicano, mientras cada mes pagamos más por la gasolina y el gas, entre otras muchas cosas.
El gobierno del estado, por su parte, inició el presente periodo bajo el mantra de la deuda de Godoy. De inmediato muchos presidentes municipales emanados del PRI, a fin de eludir el clamor ciudadano que demandaba cumplimiento a las promesas de campaña que giraban en torno a obras públicas y asistencia social, se cobijaron en la misma letanía, y ni qué decir de aquellos municipios cuya administración anterior había sido perredista. Cierto, durante el godoyismo muchos funcionarios estatales y municipales, proveedores y dueños de empresas constructoras enriquecieron de una manera que resulta un insulto a la ciudadanía, pero también lo hicieron muchos allegados al régimen calderonista. El asunto es que a estas alturas del periodo de gobierno sigue habiendo presidentes municipales y funcionarios de medio pelo que siguen diciendo “no hay recursos, es que Godoy dejó en bancarrota al estado”.
La primera muestra en el estado de ese afán recaudatorio de la administración priista lo vimos el año pasado, con lo desmesurado de los recargos a quienes estaban atrasados en el pago del refrendo y tenencia vehiculares, pues ha habido dueños de automóviles que han pagado más de cinco mil pesos para ponerse al corriente. Sin embargo, vemos que a nivel federal, las grandes empresas siguen gozando de grandes y majaderas exenciones fiscales, privilegios a los que usted y yo, ciudadanos comunes (que no corrientes), asalariados que trabajamos para vivir, no tenemos acceso.
Ahora el presidente municipal de Morelia, en una suma de voluntades vaya usted a saber con quién, ha salido con la puntada de querer instalar parquímetros en el Centro Histórico. Como si las dichosas cámaras de vigilancia que costaron muchos, pero muchos millones de pesos y que han servido para maldita sea la cosa fueran poco, ahora el gobierno moreliano quiere instalar dispositivos para los que seguramente hay un contrato millonario.
En estos casos, las autoridades tratan de vender a la ciudadanía las bondades del proyecto, y recordemos los famosos semáforos inteligentes de Salvador López Orduña, que resultaron ser una de las inversiones más estúpidas de su administración (recuerdo uno en pleno Centro Histórico, a espaldas de Palacio de Gobierno, cuya vida útil fue de un maravilloso -y pletórico de caos vial- día, y que ahí está, muerto como el recuerdo de Chavo López, pero de pie como un homenaje a la sandez).
Volviendo al tema de los parquímetros, independientemente de lo que el estudio de factibilidad arroje y de las consultas que el PRD, Movimiento Ciudadano y el PAN propongan y lleven a cabo, se ha omitido el detonante de esta iniciativa: los lavacoches.
Especulemos. Si le preguntamos a cualquier vallisoletano de esos que se sienten ultrajados por cualquier marcha, dirá que se implementen los parquímetros, que se corra a patadas a los lavacoches, pues se sienten dueños de las calles de la señorial Valladolid y despojan a los ciudadanos decentes del derecho a estacionarse donde les dé la gana. Otros, menos vallisoletanos pero más desesperados, dirán que no están de acuerdo con la permanencia de los lavacoches, pero tampoco con la instalación de parquímetros ya que la calle es pública y no tienen por qué pagar para estacionarse, sobre todo si consideramos las tarifas, a veces groseras, en los estacionamientos del primer cuadro de la ciudad.
Pero ninguna de esas voces ciudadanas, políticas, de los medios y gubernamentales se ha detenido a escuchar la voz de quienes, con cubeta y trapo en mano, trabajan en la vía pública para mantener a sus familias, y si han abordado el tema, ha sido para denostarlos y pedir que sean retirados de la calle argumentando que se han apoderado del Centro y otras zonas de gran afluencia.
El asunto es que no son bichos raros ni una parte más del paisaje urbano, son una muestra de los millones de mexicanos que laboran en la informalidad ante la falta de oportunidades para conseguir un trabajo digno, pues sabemos que en este país los empleos son escasos y en la mayoría de las ocasiones mal pagados, y algunos en el estado dirían que por la deuda que dejó Godoy, pero muchos más asegurarán que esta situación se debe a la incompetencia del gobierno para detonar el desarrollo en un clima de inseguridad y franca desaceleración económica.
Alguna vez, don Chava, quien trabaja a un costado del Museo del Estado, me decía: “Los del Ayuntamiento nos quieren quitar, que nos digan dónde hay trabajo y nos retiramos de la calle; pero si no hay dónde chambear, yo tengo que hacerle la lucha porque la familia come, viste y a veces se enferma… y el Ayuntamiento no me va a dar”, después de 20 años lavando coches en el Centro desde las 08:00 hasta las 22:00 horas, ya tiene una hija odontóloga. Una cuadra más adelante, El Güero, quien antes se desempeñaba como chofer de camiones de carga, sufrió una lesión en la columna vertebral y la empresa para la que trabajaba lo liquidó, así que en vista de la escasa escolaridad que posee y su incapacidad física para realizar trabajos pesados, no tuvo más remedio que agarrar su cubeta, su trapo y lavar coches por 25 pesos a un costado de las oficinas de la Secretaría de Salud, dado que tiene dos hijas cuyas necesidades no esperan. Ejemplos así hay muchos, pero los que yo he conocido son personas a quienes les puedo dejar el carro, incluso para que lo estacionen, y jamás se me ha perdido ni siquiera un disco compacto, quizá por lo que alguna vez me comentaba El Cantinflas: “Tengo quince años en el Centro, mis clientes son de todos los días, ¿qué necesidad tengo de hacer pendejadas?”.
Para concluir, ojalá la opinión pública tome conciencia de que la labor de los lavacoches del Centro no es para ser vista como algo nocivo, pues dudo que un parquímetro vaya a hacer lo que ellos hacen por los automovilistas que nos hemos vuelto sus clientes y quienes eventualmente acuden al Centro Histórico. Es por eso que prefiero dar una propina a cualquiera de ellos o pagar el lavado del carro que regalarle mis fondos al Ayuntamiento a través de una máquina tragamonedas diseñada para recaudar dinero, pues es sabido que las calles donde hay lavacoches son las más seguras para dejar el carro, ¿no me cree?, haga la prueba.
Postdata: Supongamos que se instalan los parquímetros, ¿cuánto tiempo da usted para que proliferen los yoyeros como en la Ciudad de México?

27 de septiembre de 2013

El desierto de los poetas

Pero como dijo Dios
cruzándose de piernas:
veo que he creado muchos poetas pero
muy poca poesía.
Charles Bukowski

La polémica de la semana en el mundillo literario local se suscitó cuando, en lo que considero un acto de honestidad, el jurado calificador declaró desierto el Premio Estatal de Poesía Carlos Eduardo Turón 2013. De inmediato las críticas cayeron como avalancha por parte de aquellos que en los últimos años han estado estrechamente ligados al ramillete de laureles y becas con que el Estado agasaja a los nuevos próceres de la literatura local.
El hecho de que ese certamen se haya declarado desierto es indicativo de lo que actualmente es la actividad literaria en Morelia, y no hablo del estado en general, pues este tipo de actividades está bastante centralizado. Esa convocatoria fue atendida por 20 autores (según datos ofrecidos por la reportera de Cambio de Michoacán asignada a esta fuente), y de esos, ninguno merecía ganar, por lo que, a decir del jurado, tampoco premiarían al menos malo. Aquí saltan a la vista varias cosas.
Si un certamen estatal sólo atrae a 20 autores, podemos hablar de que la convocatoria no se difunde como es debido; y si se difunde en todo el estado, quiere decir que sólo a 20 personas les interesa formalizar “ante el gremio” (aludiendo a Édgar Omar Avilés) su actividad poética; a los demás poetas los tiene sin cuidado participar en un concurso de esta naturaleza, y una razón de tal apatía puede ser resultado de lo amañadas que supuestamente han resultado ediciones anteriores. Con tales antecedentes, es lógico el recelo hacia el concurso, aunque en esta ocasión el jurado haya estado conformado por poetas de probada calidad literaria y solvencia moral, quienes, hay que decirlo, en esta ocasión no fungieron como jueces por invitación directa, sino mediante un proceso de insaculación. En este tenor, recuerdo que el año pasado, cuando la Secretaría de Cultura emitió la convocatoria, se lo comenté a un amigo narrador (excelente, por cierto) a manera de sugerencia de participación, su respuesta cayó como losa: “¿Para qué, si esos premios se rolan entre los mismos mercenarios de siempre?”. Ahora imaginemos esa idea en cada poeta moreliano.
Por otro lado, creo que un concurso debe mantener cierto nivel para ser considerado importante, sobre todo si se destinan a él recursos gubernamentales. Es como una escuela: si su estudiantado es un hato de burros, pierde renombre, y por ello nadie querrá inscribir a sus hijos. En este caso fue bastante atinada la decisión del jurado de no dar los 25 mil pesos a quien resultara menos malo nada más para que no se perdieran “importantes recursos económicos y sociales”, diría Édgar Omar Avilés, una de las cabezas visibles de la Semich y uno de los más críticos a la hora de la declaratoria. Y pongámoslo en la balanza frente a la edición del año pasado, en que ganó un trabajo (bueno o malo, no lo sé) que de entrada violaba una de las bases más elementales de la convocatoria, pues ni siquiera alcanzaba las 30 cuartillas de extensión, con lo que no se acercaba al mínimo requerido. ¿Sería que el ganador era íntimo amigo de un integrante del jurado?, ¿sería que en esas escasas 27 cuartillas se concentraba lo que la poesía michoacana del año pasado esperaba?, o una de las anteriores o se lo dieron al menos malo. Piensa mal y acertarás.
Lamentablemente hay creadores que han aprendido a vivir del erario y a expensas de los afanes gubernamentales de fomentar la cultura, y ejemplos hay muchos. Lo malo de esto es que en las bodegas de la Secretaría de Cultura hay libros buenos que no se distribuyen, pero también están atiborradas de pilas y pilas de libros malos que nunca nadie va a leer, que quizá sirvan para la egoteca de sus autores pero hasta ahí. Coincido con Raúl Mejía en la idea de que al declarar desierto el concurso no se perdió nada (bueno, uno de los participantes dejó de embolsarse 25 mil del águila, pero como no los tenía asegurados, en realidad no hubo pérdidas), pues dudo que entre esos 20 paladines del verso y la imagen haya estado algún sucesor de Ocaranza, de ser así, Ernesto Hernández Doblás, Jorge Bustamante y Marco Antonio Regalado lo habrían notado y ahora estaríamos celebrando la parusía poética michoacana.
Con lo anterior no digo que no haya poetas buenos en el estado, pues he leído a algunos que gozan de un aliento poético encomiable, pero mientras los literatos sigan escribiendo en función de la beca o el concurso, seguirán en la mediocridad literaria, ya que de poetas o narradores prometedores, pasarán a ser mercachifles de las letras, bandas de cuatreros haciendo grilla en las dependencias sólo para mantenerse bajo la ubre presupuestal del Estado.
Lo apuntado en el párrafo anterior significa que no debe perderse la noción de escribir como una forma de interpretar, deconstruir y construir el mundo, pues el oficio de escribir, primero, debe satisfacer, divertir, agradar y enriquecer espiritualmente al autor, incluso a los potenciales lectores, no sólo a un jurado; segundo, debe ser en función de lo que se tiene para decir, no de las cuentas que se tienen que pagar, pues al menos en México, esa pretensión es un castillo en el aire; y tercero, el oficio de escribir no necesariamente significa empeño en publicar libros o ganar concursos, pues sólo es una consecuencia del proceso creativo, no el sustento.

Para concluir, los premios literarios sirven para dos cosas: por un lado, reconocer a quienes han decidido encaminar sus pasos por la senda de las letras logrando con ello un nivel artístico destacable; y por el otro, incrementar el currículum -y hasta la vanidad- de quien se hace merecedor de tal distinción. Para lo que no sirven los certámenes literarios es para impulsar la creación, fomentar la actividad literaria o conseguir que los literatos locales tengan buen nivel respecto de los de otras latitudes, para eso están los talleres, la lectura que se vuelva hábito desde el nivel básico de la educación, teniendo siempre como factor primordial el oficio, la disciplina, la humildad para recibir críticas, la honestidad para, pasado el púber arrebato de los primeros versos, reconocer si se tiene o no talento, y por último, la sensatez para darse cuenta de que, a menos que seas amigo de tal influyente o miembro de tal grupo, la manutención está en otro lado.

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Clan Amaral

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