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7 de julio de 2007

Apunte mientras intercambio miradas con una mujer guapa.



Un ente femenino, al saberse observado con atracción o gusto, de inmediato puede tener una de dos posibles reacciones: la primera, reafirmar su entidad femenina hasta convertirla en identidad y ser la más mujer de las mujeres no importando si el susodicho ente tiene quince o sesenta años de edad. De esta reacción derivan otras subreacciones: la coquetería, la altivez, la fatalle sensualidad, la lúbrica concupiscencia (que llega a respirarse diez metros a la redonda), la risueña inocencia siempre susceptible y deseosa de ser pervertida, o bien, la extrema auto confianza que pone a la indiferencia como factor de tentación para los valientes y temerarios que decidan pasar al siguiente nivel: un “casual” pero tendencioso intercambio de palabras que encubre toda una variedad de pensamientos impuros.

La segunda posible reacción es la inseguridad, el saberse vulnerable y desprotegida. De esta sensación pueden derivarse diversos comportamientos: la negación de que casi cualquier mujer puede ser objeto de deseo, la irritación por ser asumida como algo­ bello (y digo “algo” en el sentido antifeminista de la cosificación), la recalcitrante torpeza oral, mental o locomotriz que es capaz de desvanecer el encanto de cualquier persona; y por último, hasta donde puede verse, el alarde de otras cualidades: el ancho y longitud de la lengua, la flexibilidad del seño, el amplio conocimiento de señas obscenas y un bastísimo acervo de palabras altisonantes y ofensivas.

El tipo de reacciones enunciadas en el párrafo anterior, por lo regular tiene su base en dos características principales: un alarmante déficit de autoestima y seguridad, o la plena conciencia del mal aspecto físico y no agraciadas facciones.

Por último, cabe señalar que con las mujeres las reglas de oro no existen así que siempre es probable una tercera y paradójica reacción: la total ausencia de reacción como “producto” de no percatarse de que está siendo observada. Es cuando más vale ser audaz y arrojado e ir directamente a la boca del lobo.

22 de junio de 2007

Nomás un puño de tierra

El martes 19 de junio a las 11:45 de la noche, los noticieros nacionales difundieron la noticia: Antonio Aguilar ha fallecido. A sus 88 años de edad y tras una lucha de dos semanas contra la neumonía, el Charro de México dejó una herencia musical y fílmica que ya forman parte del conciente colectivo y la identidad del México popular, ese al que durante cinco décadas cantó y que, un día después de su muerte, a las afueras de la Basílica de Guadalupe durante la misa cuerpo presente, ahora entona para él la que fuera una de sus canciones más representativas: Un puño de tierra.

Pascual Antonio Aguilar Barraza nació el 17 de mayo de 1919 en Villanueva, Zacatecas, de donde partió entrada la década de los 40 hacia los Estados Unidos, específicamente a Hollywood, lugar en el que durante varios años estudió canto y arte dramático para más tarde dirigirse a la Ciudad de México, donde estudió ópera.

A principios de los 50 y a la par de sus inicios como cantante, incursionaba en el cine con pequeños papeles y participaciones como extra. Fue en 1952 cuando interpretó su primer papel importante en El casto Suzano. En 1956 obtuvo un papel estelar en Tierra de hombres bajo la dirección de Ismael Rodríguez (culpable, entre otras cosas, de Nosotros los pobres y Ustedes los ricos).

A partir de ese momento, su carrera musical y actoral iría en ascenso hasta ser el intérprete de canciones tan representativas de la música ranchera como: La chancla, Y ándale, Albur de amor, Cuatro meses, Tristes recuerdos, Un puño de tierra, El charro Ponciano, La cruda, Lamberto Quintero, Gabino Barrera, Una aventura y muchas más que sería tardado mencionar en su totalidad. En cuanto a su carrera cinematográfica, Antonio Aguilar actuó (y muchas veces produjo) en importantes películas de la filmografía nacional: Gabino Barrera, Soy el hijo del gallero, El Moro de Cumpas, Caballo prieto azabache, En mi viejo San Juan (donde hace un soberbia interpretación de la canción que popularizara Javier Solís). En la carrera fílmica del Charro de México, dos cintas merecen mención aparte: Ahora soy rico, estelarizada por Pedro Infante como secuela de Rinconcito en el cielo (una de las pocas películas que, lo confieso, me han hecho llorar) y Emiliano Zapata, considerada por muchos críticos la interpretación de Antonio Aguilar como la mejor que del Atila del Sur se ha hecho (ni qué decir del churrazo de Arau con Alex Fernández, sabemos que es una mentada de madre y a ese Zapata-Caballero del Zodiaco ni el más ingenuo se lo cree).

México ha perdido a un icono de la cultura popular, un hombre que en sus filmes, material discográfico y espectáculos ecuestres se supo ganar la admiración de quienes ahora lo despedimos y honramos. El Charro de México ha muerto pero permanece un legado de más de 160 películas y alrededor de 170 discos, Antonio Aguilar se ha ido y por ello lo despedimos con la canción más adecuada para estos momentos:

El día que yo me muera

no voy a llevarme nada

hay darle gusto al gusto

la vida pronto se acaba

lo que pasó en este mundo

nomás los recuerdos quedan

ya muerto voy a llevarme

nomás un puño de tierra

2 de junio de 2007

Cicatriz

I’m moving on

and you are yours and I’m mine,

I’ll see you somewhere in my dreams.

I’m moving on,

so thanks for all the memories

B.B. King

I

Una mujer,

al escribir en su diario

las preguntas de la noche,

busca la luna entre sus piernas

y encuentra la súplica

de conservar el aroma.

Una niña,

en su manía de la nostalgia,

juega a suicidarse

porque la vida no es sencilla.

II

La pequeña mano

herida por el vacío,

la espalda donde las alas

se negaron a brotar,

la mirada impaciente

por el miedo en mis ojos,

ninfeta bajo mis sábanas,

escurridiza en el abrazo

para ir en busca de la tarde.

III

Hoy,

mientras eres una calle

donde me ahogan los ojos,

pienso en lo que fuiste:

origen de la memoria,

crucero donde vendí mi alma.

24 de mayo de 2007

Ginsberg's jazz


Flotando sobre las cimas de las
ciudades contemplando jazz.
Allen Ginsberg


Aullaste en el ocaso del mundo
para alertar a los perros
sobre el hecatombe cercano
Jazzeaste lamentos
mientras de tu mano
escurría la tinta
de una generación

Tu furia es la música
de los últimos días
la caída libre
hacia las cloacas
metralla de palabras
en medio de la guerra
bombardero sombrío
del Sueño Americano

Ginsberg el apaleado
el pateado el profeta
quien a pesar de todo
cantó a los muertos
como debe hacerse:
en un jazz de madrugada

19 de mayo de 2007

Apunte desde la ciudad donde no pasa nada.

En México no hay pobres, yo fui a Egipto

y ahí SÍ que hay pobreza.

Una estudiante de la UNLA, ya egresada.

Morelia es una ciudad ya tan acostumbrada a la presencia de indigentes y pordioseros, que uno más sobre la acera no llama la atención (a menos que sea el que huele terrible veinte metros a la redonda). ¿Qué sucede en esta ciudad que el Centro es un imán para el mercado de la mano estirada? Y es que el Centro está saturado de músicos callejeros, chicleros, minusválidos (unos reales, otros ficticios), ancianos, indigentes, “pediches” recién salidos del CERESO o de algún centro de rehabilitación pidiendo dinero para regresar a sus lugares de origen (por lo regulare son de Uruapan), gente que con una supuesta receta médica pide “cooperación”, etc., al grado de ser tan típicos como la Catedral.

Sábado, 7:45 a.m., Zona Centro en las inmediaciones de la Plaza de San Francisco. Hace frío, el viento es helado. Camino por la acera a fin de comprar un café antes de mis ocupaciones sabatinas. Voy con prisa y frío cuando, en la calle posterior al Templo de San Francisco, veo una imagen que ningún fotógrafo desperdiciaría: una mujer de entre treinta y cinco años y cuarenta años de edad, evidentemente perturbada, va por la banqueta con los hombros encogidos y los brazos sobre el pecho. Eso no es lo peculiar, lo que en verdad llama mi atención es que está en ropa interior: sostén y bóxer; además, la suciedad que presenta en brazos y piernas me asusta al pensar dónde y cómo pudo perder la ropa. Quiero ser optimista y creer que extravió la vestimenta por ser una de esas personas a las que, en medio de su desorden mental, les da por desnudarse sin importar el lugar y la hora… pero, ¿y si no? ¿Y si la atacaron para robarle la ropa a manera de “travesura”? ¿Y si durante el ataque fue violada? Digo, hijos de puta hay en todas partes y no tienen horario para ejercer la hijoputez.

Contrario a lo que Liz y Betty piensen de mí, aun tengo sensibilidad y confieso que en verdad me duele no tener con qué cubrir a esa mujer; si trajera dinero le compraría un pantalón, una playera y unas sandalias pero no, no traigo y no me queda otro remedio que llamar a Seguridad Pública para que la recojan y averigüen qué le pasó. Así, mientras creo que la operadora me tomó por un simple mocho escandalizado, debo seguir mi camino (voy retrasado) con una deshonrosa contribución al “no pasa nada”.

Claro, Morelia es una ciudad snob en la que los gobiernos estatal y municipal gastan enormes recursos financieros y humanos en aniversarios, restauraciones, conciertos, festivales de cine, ajedrez, música, órgano, cumbres de Centros Históricos (paradójico) y demás eventos de psudocultura en los que a los visitantes se les lame el culo y muchos asistentes locales pueden jactarse de ser gente culta e ilustrada. Pero, frente a esta situación, hay cosas urgentes que por obra y gracia de la indiferencia pasan a segundo, tercer o cuarto plano: indigencia, drogadicción, inseguridad, educación, vialidad, empleo digno (la lista es larga).

Señores López Orduña, Cárdenas Batel, subordinados y sucesores: dejen el snobismo para las universidades privadas y el Club Rotario que son quienes, a final de cuentas, de eso viven.

5 de mayo de 2007

Amsterdam Rondó

People are strange
when you're a stranger.

Faces look ugly
when you're alone.

The Doors

Soy el agua en el vaso,
no pretendo derramarme
ni hervir hasta la sequedad,
sólo quiero contenerme aquí,
preservarme del viento
que lastima al mundo.

No es extraño que el tiempo
baile frente a mí
sin quitarse el séptimoo velo:
desde el inicioi de los días,
la tarde es un culo abierto
cuyo húmedo calor
no puedo explorar con los dedos.

En este café soy un extraño,
una masa de apatía
derretida por la luz.
Al final, para no caer de la mesa,
me escondo en un vaso
del que nadie beberá.

28 de abril de 2007

Ídolos juveniles al rescate (Sorry por la imagen del negro nazi, pero no hayé imágenes del programa en cuestión y esto fue lo más estúpido que hayé)


El grupo de papanatas que conducen un programa juvenil en el canal 5 de Televisa, de repente fueron invadidos por un sentimiento Green Peace: vestidos como empleados de granja didáctica (de esas a donde los niños del Distrito Federal son llevados para aprender que la carne alguna vez perteneció a un ser vivo), se lanzaron a la aventura de sus vidas: darle un futuro digno a una oveja, salvar de la muerte a un cerdo y liberar animales en cautiverio.

Para el primer rescate, fueron a una granja (llegaron en su Hummer, claro) y supuestamente a hurtadillas, lograron internarse hasta el área donde las “pobres ovejitas son encerradas para luego arrancarles la piel –no wey, sólo las rapan dos veces por año”, corrige el que sí se tomó la molestia de averiguar de qué manera son masacradas las ovejas, mártires del invierno. Ya con la oveja en su poder, la llevaron a un exclusivo spa y en la estética del lugar se le dio una ducha, se le hizo pedicura, se le pintaron unos rayos y luces en la lana y, para darle aun más dignidad, le pusieron una gorra y un suéter (quiero ser optimista y pensar que dicha prenda era de algodón). Se preguntará, querido lector, cómo es que una oveja fue atendida en un spa, bueno, con dinero baila el perro y el encargado del establecimiento se movió como nadie con mil quinientos pesos de por medio.

El segundo heroico rescate realizado por los altruistas conductores de Wax: televisión ácida, tuvo lugar en un rastro, lugar que ellos prefirieron llamar “matadero, ya que los pobres cerditos vienen a que los maten”. En el rastro, el encargado fue sometido a una serie de inquisitivas preguntas tales como “¿los cerditos ya están muertos cuando los sacrifican?”, “¿siempre huele así?”, “¿usted come cerdo? Qué desgraciado”, “¿cuánto quiere por permitirnos rescatarlo (al cerdo (el otro)) de las garras de la muerte? ¿Mil? Con dinero baila el cerdo”. Después del rescate, al cerdito le fue otorgada la dignidad que se merece: igual que a la oveja, lo vistieron con una boina a cuadros y un bonito suéter a rayas. Una vez vestido como el más distinguido y elegante espécimen de caballero porcino, lo condujeron a un establecimiento donde venden tacos de carnitas y chicharrón; ahí, mientras lo sujetaban con una cadena, los conductores asediaron a los comensales preguntándoles si no les importaba que la carne que comían hubiera pertenecido a una animal muerto; claro, seguramente ellos sólo comen carne de animales vivos. Como los clientes del local no se inmutaron al ver al cerdito vivo y a más de alguno se le antojó la cochinita pibil, los conductores decidieron mandar a una sección del programa (previamente grabada) donde tradicionalmente son los seres humanos quienes pierden todo respeto por sí mismos, a eso sí estamos acostumbrados en este tipo de programas. En este caso, se trató de un torneo de calzón chino (otras veces ha sido de cachetadas con nopales, reglazos en las piernas, bofetadas, etc.).

La intención del tercer rescate, dada la osadía, fue verdaderamente un acto digno de la más alta condecoración militar: liberar a los animales de un circo. Obviamente, entre el rescate y embellecimiento y ropa de la oveja, el rescate y vestido del cerdo, la gasolina y las entradas al circo, se les acabó el prepuesto asignado para esa emisión así que, al ver que el mono era hostil y el elefante no cabía en el Hummer, desistieron, no sin antes exhortar a los televidentes a rescatar animales porque, y esto lo dejaron asentado como reflexión final, “no es justo que mantengamos animales en cautiverio, los sacrifiquemos y encima nos los comamos”. Tan sabias palabras me conmovieron tanto que después de escribir esto, le sacaré punta a un palo de escoba y me iré al cerro a cazar la cena, eso mientras aprendo a arrancarle pedazos a un animal para comer sin matarlo “tanto”.

Usted se preguntará lo mismo que yo me pregunté: si tan malo es el programa, ¿qué carajos hacía viendo Wax? La respuesta-excusa es simple: no sé, soy generación TV así que cualquier monitor o pantalla encendidos de inmediato llamarán mi atención; salvo en el caso del fútbol (que particularmente detesto), no importa si es una buena película o el tablero de llegadas y salidas en un aeropuerto.

Al ver este programa recordé cuando, por cuestiones de horario, prendía la televisión de la cocina para no almorzar en silencio puesto que a esa hora mi casa está sola. En aquel entonces, alcanzaba a chutarme casi una hora de Con sello de mujer. En ese programa, una vez las conductoras discutían sobre el sobrepeso y tiraban pestes de los hombres a los que nos gustan las mujeres delgadas; su argumento: el físico no importa ya que lo verdaderamente valioso es lo espiritual. Una semana después, invitaban a las televidentes con sobrepeso para que les enviaran su historia de vida como mujeres gordas, la mejor historia ganaría el premio en disputa: un tratamiento para adelgazar que incluía asesoría psicológica, ejercicio, el apoyo de un nutriólogo y visitas al spa para someterse a diversas técnicas de reducción de tallas y cuidado de la piel. La convocatoria surtió efecto y el programa se llenó de señoras con sobrepeso llorando frente a las cámaras, aquello se convirtió en Laura en América.

Lo he dicho y lo sostengo: la culpa no es sólo de las empresas, a final de cuentas dejan al aire los programas que alcanzan buenos niveles de audiencia; y aunque los detractores de la Ley Televisa pongan toda la culpa en los magnates del entretenimiento (por neoliberales e imperialistas, palabras que nunca faltan) y no lo quieran aceptar, la televisión es sólo es un espejo donde como sociedad nos reflejamos; así pues, tenemos la televisión que merecemos pero, pregunto: ¿acaso es mucho pedir un poco de congruencia, y lo que es más, respeto a la inteligencia del televidente?

26 de marzo de 2007

De vuelta

Viajar es descubrir, pero también es redescubrirse, toparse de nueva cuenta con la libertad de beber, comer y hablar sin la presión laboral, sin el hastío que a veces se posesiona del hogar. Viajar, estimado lector, es darse cuenta de que hay otras personas, otras rutinas y otras ciudades donde uno puede comprar un sombrero, usar lentes de sol, tomar fotos y ser, aunque sea sólo por tres días, un niño que se sorprende por cada nuevo descubrimiento.
Ahora bien, regresar del viaje es reintegrarse a la rutina con nuevas perspectivas, nuevos bríos y, más que nada, con una mirada actualizada para descubrir lo que de nuevo hay en el mundo que, antes del viaje, creíamos conocer.
Dos viajes en este mes: primero fue a Guadalajara, la urbe provinciana por excelencia. Ahí conocí personas realmente buenas que dan su hospitalidad y comparten su mesa con la más amplia sonrisa. Ahí brindamos con charanda, tequila, cerveza y hasta vino de mesa, todo en la grata compañía de personas que quisiera conservar entre el selecto grupo de mis amigos.
El segundo viaje de este mes fue Guanajuato: el tercero que hago a esta mágica ciudad que, desde que la conocí, me maravilló por su laberíntica arquitectura, su ecléctica industria turística y su amplia oferta cultural. Ahí probé lo que puedo cosiderar la mejor quesadilla de mi vida: a las casi 4 de la mañana, frente a un bar y por diez pesos. También ahí hubo gente que hizo del viaje una gratísima experiencia, gente que con honestidad supo decir en qué concepto nos tenían y cómo este cambió, gente con la que se pudo hablar de todo tipo de cosas y reir por todo tipo de chistes.
Quizá, querido lector, me estoy poniendo cursi pero es que ando crudo y laboralmente estoy pagando el precio de mis viajes. Total.

14 de marzo de 2007

Las Nalgas/ Por Ricardo Castillo



La mujer también tiene el trasero dividido en dos.

Pero es indudable que las nalgas de una mujer

son incomparablemente mejores que las de un hombre,

tienen más vida, más alegría, son pura imaginación;

son más importantes que el sol y Dios juntos,

son un artículo de primera necesidad que no afecta la

inflación,

un pastel de cumpleaños en tu cumpleaños,

una bendición de la naturaleza,

el origen de la poesía y del escándalo.

2 de marzo de 2007

Sentida y proyectiva apología de un hombre sensible a una mujer insatisfecha

Se solicita cirujano para atender
a la víctima de una castradora
Pido perdón, verdad de Quiencito que pido perdón. Sé que no he sido el hombre perfecto, sé que tengo los dientes amarillos por no cepillarlos cuando era niño, consciente estoy de que huelo a sudor si no me baño y de que después de comer carne, el alma de la vaca muerta sale por mi trasero. Sí, lo sé, soy un dechado de defectos.

Pero es que no fue por falta de amor que no arreglaba la recámara antes de que llegaras (siempre pensé que te haría el amor, no una misa negra); además, ¿no te preocupa que se extingan las rosas al usar tantos pétalos? ¿no tienes miedo a morir en un incendio por tantas velas en la habitación? Deberías ser consciente de que tanto vino tinto puede volvernos alcohólicos, sobre todo si lo usamos hasta entre las piernas. Además, ¿porqué el chill out tiene que ser más erótico que Led Zeppelin?
Sé que soy una bestia: te regalé flores sólo dos veces por semana, no pude superar el record de osos de peluche (uno diario) que Sensible Artista estableció cuando era tu novio, yo sólo pude regalarte uno cada semana. Los chocolates que te regalaba no eran de los que te gustan (con una perla en medio y envoltura de platino) pero es que entiende: mis documentos para ir a Alemania llegan hasta el próximo mes y aun debo encontrar al anciano de las montañas que los fabrica en su cueva. Me arrodillo ante ti para que me perdones por haberte lastimado tanto cuando te dije que no podría ir a la fiesta de tu amiga puesto que mis dos empleos (uno para vivir y otro para hacerte feliz) no me lo permitían.

Perdón por no estar ahí las veinticuatro horas, siempre dispuesto a ser pisoteado; perdón por tener amor propio (nunca entendiste que tenía amor para los dos); perdón por creer que la luna es aburrida y que los gatos sólo son gatos; perdón por ser tan ciego como para no ver la gravedad de las cosas que a ti te conmocionaban: una pareja tomados de la mano, un ebrio despeinado, un niño estornudando, mis ganas de orinar después de seis cervezas, el que Pink Floyd no me impresione, el que la danza sea danza, no dioses apareándose) ... soy un insensible, lo sé, hiciste bien en dejarme. Lo malo es que, ahora, ¿cómo demonios viviré si no hay nadie aquí para decirme lo malo que soy? Perdóname, dependo de tí para ser mejor persona, tú me haces mejor... no te conformarías con un simple mortal como el que ahora soy.



20 de febrero de 2007

Motel Blues

Al pasillo no le importan
tus ganas de acabar pronto.
No necesito tu piel,
sólo quiero cerrar los ojos
mientras la ventosa de tus labios
me dice que no estoy muerto.

















Lenta te desnudas
queriendo saber
que aún eres hermosa;
pero no me interesa verte
ni lamer tus cicatrices,
me basta tu estar aquí
con la luz apagada.

Si estuviera triste
me refugiaría en tus senos
para llorar toda la noche;
si estuviera enojado
te arrancaría la lengua
para dársela a los gatos.
Pero esta noche
no es una novia amarga
ni el cigarro un alfiler
clavado en las uñas;
no, hoy sólo tengo asco

16 de febrero de 2007

Chorizum Est

Hoy por la mañana:
amanecí despierto,
con el infantil deseo
de salir a lo nublado
y apoderarme del día.

Hoy no es martes
y ese disfraz de febrero
no le funciona a la mañana.
Hoy es todos los días,
hoy tengo todas las edades
y escribo sobre mí
porque me aburre la oscuridad.
Café caliente al despertar
y cigarro tibio en el camino;
hay vida en mis riñones,
mi hígado es la cosa negra
más bella del mundo,
entre mis piernas muge un toro
y es mi piel un libro
que cuenta mil historias.

Los días pasados
dejaron en mis ojos
basuritas que lastiman;
pero, más que olvidar,
prefiero aprender a recordar.


6 de febrero de 2007

Programas de revista: circo, maroma y teatro por un minuto de atención.

Domingo, diez de la mañana: despierto (me duelen las costillas de tanto estar acostado), me levanto, voy al baño, me lavo la cara, me visto, bajo a almorzar. Mi madre y mi hermano ven Tempranito (programa de revista que los fines de semana engalana los hogares mexicanos con sus comiquísimas ocurrencias). No tardo en entender la dinámica: con tal de ganarse el premio (cinco minutos al aire), tres jóvenes actores de esos que alguna vez salieron en Lo que callamos las mujeres o La vida es una canción, deben identificar a una mujer con sólo verle los pies. Mi pregunta es “¿porqué estamos viendo esto?”, la respuesta: por que es eso o pelear con mi hermano porque yo preferiría ver Los videos más sorprendentes de América, donde los malos son atrapados y las mascotas recobran su salvajismo. Mi madre es más neutral: mientras no sea la hora de Montecristo, poco o nada le importa lo que sintonicemos.

¿Con cuántos programas de revista contará la historia de la televisión mexicana? No lo sé y eso sería como preguntar cuántas veces salió Yuri en Siempre en Domingo, de hecho, la respuesta sería la misma: a quién le importa. Lo que no dejo de preguntarme es qué tienen estos programas que, a pesar de todo, siempre acaparan la atención del público y algunos personajes llegan a ser verdaderos ídolos del pueblo, recordemos a Paco Stanley y su patiño Mayito (durante el funeral de Stanley, una señora gritó frente a la cámara “duele mucho ¡era la alegría de los pobres!”). Y es que no hay que ser un genio para saber que esos programas muchas veces son huecos y estúpidos y que eso acaba siendo una virtud puesto que, si a pesar de constituir un insulto a la inteligencia del televidente siguen teniendo rating, significa que están cumpliendo su misión: entretener.
Estos programas, igual que los noticieros de espectáculos y los del concepto Ventaneando, no buscan educar al televidente, no tienen el fin de aleccionar sobre nada; estos programas no tienen una intención didáctica o cultural, su objetivo es venderle tiempo al telespectador. Es fin de semana, domingo para ser precisos; es obvio que mucha gente está descansando de la rutina diaria: jornadas de ocho o diez horas, tránsito pesado, regaños del jefe, levantarse temprano, trabajo físico o en la computadora, mal dormir, mal comer y mal coger. Es lógico que en tales circunstancias, el ciudadano común no está para complicaciones, lo que quiere es descansar y relajarse y qué mejor que en actividades cuyo esfuerzo requerido sea únicamente tener la fuerza necesaria para subir el volumen y dos o tres neuronas para entender el idioma que se supone conoce. Tal es la razón de que estos programas (que también hay entre semana y uno por casi cada canal nacional, extranjero o local) tengan elevados niveles de audiencia: son fáciles de ver y no hay mucho qué entender. Mucho se ha dicho que cada sociedad tiene el gobierno que se merece, yo prefiero decir que cada sociedad tiene un entretenimiento a su justa medida. Por esta razón es que, más que quejarnos de la tele basura, preguntémonos hasta qué punto no sólo lo aceptamos, sino que lo pedimos.
En una sociedad consumista debe haber toda clase de productos para satisfacer la necesidad de cada cliente y entre más oferta haya, más consumirá pues los costos serán menores (no soy economista, es cosa de sentido común): al final, el consumidor tendrá tantas opciones que forzosamente deberá elegir una. Para la sociedad urbana y en sectores que están en la frontera entre lo rural y lo urbano, no basta tener un canal de noticias y telenovelas y otro con caricaturas y programación juvenil, no, ahora –y desde hace más de una década– es necesario contar con un mínimo de cuarenta canales, los cuales se pueden dividir en grupos de seis o siete parecidos entre sí: películas, deportes, caricaturas, noticias y entretenimiento juvenil; eso sin contar a los colados: cultura y religión.
Es domingo y Tempranito aún no termina. Bisogno ya se disfrazó de mujer, de conductor de noticiero y de maestro de primaria (patética y burda imitación del de por sí vomitivo Cero en conducta), una de las conductoras no se cansa de decir una barbaridad tras otra, la otra mujer sabe que su mayor talento está en sus piernas y el grupo musical toca cada vez peor. Recuerdo un capítulo de The Simpsons en el que Bob Patiño hace que las televisoras dejen de transmitir, así que Krusty va a una cabina de transmisión que el gobierno tiene en el desierto para casos de emergencia. Su sueño se ve realizado: es el único show man transmitiendo desde el único canal al aire así que tiene a toda la audiencia para él solo. El resultado es de esperarse: se le acaban las ideas y no haya qué más hacer para entretener al público. Lo mismo pasa con los programas de revista: demasiado tiempo al aire, muchos conductores, subestimación a la inteligencia del televidente y poca imaginación.
Por fin acaba Tempranito pero no hay motivos para alarmarse: mañana Paco de la O (más payaso y fantoche que Alfredo Adame) e Ingrid Coronado (flamante ex-Garibaldi) deleitarán al público con su singular entusiasmo en Venga la alegría; más tarde, la cosmopolitan crew de Con sello de mujer engalanará la pantalla con sus tips de belleza y la dignificación de la mujer banal. Por cierto, ¿quién cantaba esa canción que decía "chicas de hoy, tururú, tururú"? No sé, de repente me acordé.

Desde el 12 de marzo de 2009, eres el visitante número...

Clan Amaral

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